domingo, 31 de enero de 2016

Las palabras son un narcótico y George Steiner me suplica desde la escritura


  La escritura es adentrarse en el nihilismo, estar desprotegido de toda fiabilidad, quedarse en el umbral de la inconsciencia, en el letargo que confunde narcosis con realidad.

  Confiesa George Steiner: "Crecí poseído por la intuición de lo particular, de una diversidad tan numerosa que ningún trabajo de clasificación y enumeración podría agotar. Cada hoja difería de todas las demás en cada árbol (salí corriendo en pleno diluvio para cerciorarme de tan elemental y milagrosa verdad). Cada brizna de hierba, cada guijarro en la orilla del lago eran, para siempre, "exactamente así". Ninguna medición repetida, hasta la calibrada con mayor precisión y realizada en un vacío controlado, podría ser exactamente la misma".

  No hay lenguaje como tal, sino su fingimiento, una tergiversada forma de denominar a las cosas a través de un simulacro. Porque, si no podemos nombrar la complejidad del mundo, ¿de qué sirve nuestro discurso? Solamente para creer que lo logramos, para mentirnos a nosotros mismos porque tememos ser conscientes de esta carestía, de no ser autosuficientes, de no querer amar la escasez. La poesía, la literatura, es la manera más cobarde de resistirnos ante esa evidencia. Luchamos transformando la realidad y la irrealidad, creyendo que es preferible la máscara a la derrota.

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