viernes, 31 de enero de 2014

Caravana

  Lo que más deseo es la lentitud que el viento produce sobre la hierba. Me empujas a la autopista. Una caravana de hombres debe alzarse contra otro ídolo. Arrastras cenizas en tu boca y el sol es una argolla de fuego que ciega a los seres. Un zorro desciende por la pendiente. Será presa de mi alucinación.

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jueves, 30 de enero de 2014

Lo eras

  No eras la luz enojosa que sostiene el mundo, ni el lenguaje de esas esporas que urgen con la inclemencia. No eras nada. La palabra inscrita tras las rocas, tras la expansión de la luz hasta los vientres. Eras todo; lo que transmite el viento al acabarse.

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miércoles, 29 de enero de 2014

Lumán II

 A Miguel Veyrat

  La mujer es la imagen de un dios pagano que no es temor de los hombres. Lumán se descalza ante el altar de los beatos y los tullidos. Arde el bosque de la ínsula; lo penetra un ocelote en llamas, ferozmente trazado por el escriba. Quien se arranca los cabellos no heredó la paciencia de los orfebres ni de las termitas azules. Exhalan sulfuro el perro Argos y un percherón. Lumán espera su poniente antes de devorarse a sí misma. Somos la alucinación de Lumán, el atardecer de Lumán y, a la deriva de los hielos, no quedan otros signos escrutados.

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martes, 28 de enero de 2014

Lumán

   La mujer del diván se llama Lumán. Le trajeron un vaso de aguardiente y los restos del profeta sobre la pátina. Abrazó el reposo de la luz sobre la espalda del esclavo. Quiso el libro arder de repente y, en el laberinto escandaloso, se cerraron todas las puertas. La mujer del diván se llama Lumán y Lumán se parece a Luzbel. 

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Top Ventas, Librería Códex

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domingo, 26 de enero de 2014

La muerte del 9, de Paz Castelló

Mi reseña en MinutoCero sobre La muerte del 9, de Paz Castelló, ediciones Turpial.


    Llegó a mis manos la primera novela de Paz Castelló, con quien he hablado varias veces a través de las redes sociales sobre literatura y la manera de afrontar la composición de un texto. Extraviado entre novelas de amigos y clásicos imborrables, comencé a leer La muerte del 9 y puedo destacar especialmente que su estructura ágil y los motivos temáticos de su trama me entretuvieron durante unas horas, sugiriéndome que algo muy podrido se está cociendo en los clubes de fútbol, un pufo latente que parece ya inexcusable y difícil de ocultar cuando los prestamistas presionan.

   La novela de Paz Castelló sigue el modelo tradicional de novela detectivesca, pero ambientada en un club de fútbol, el Real Triunfo, con el fin de revelar la podredumbre y las miserias de los trasfondos que persisten tras el espectáculo del deporte. Con notable sello autobiográfico por la verosimilitud que adquiere en determinados momentos el relato, la novedosa iniciativa de la autora es lo que depara el entretenimiento, pues el marco del fútbol, como motivo para reflejar las complejidades maquiavélicas de los personajes que ocupan cargos directivos, hace que La muerte del 9 se involucre valientemente en el análisis de las corruptelas y de los instintos que priman en esa clase de conductas.

  Sobrecoge la actualidad de la narración por los últimos descalabros institucionales y económicos en clubes de Primera para darnos cuenta de que la novela de Paz, aunque no apure en matices literarios o poéticos, declara que estos clubes se han convertido en estructuras de poder y de una influencia envenenada. La narrativa de Paz se encauza en esa doble intención: una denuncia evidente de la decadencia institucional y moral de la Liga así como una novelización del asesinato y sus indagaciones a modo de novela negra.

   Destacaría la acción de los personajes femeninos, a través de los cuales se evidencian el machismo y la homofobia que rodea la psiqué del corrupto. En algunos momentos, se descubre en el relato un trabajo de campo pormenorizado donde voz narrativa y autora coinciden, donde no hay posibilidad de distanciamiento porque el trasunto de la corrupción que conlleva el crimen de un jugador de fútbol, rezuma un realismo atroz y preocupante, si parte de lo dicho aquí, en esta novela, es cierto o se acerca a la realidad. Aunque Paz Castelló, en este primer trabajo, no adquiera un uso poético o intenso del lenguaje, creo que la novela se resuelve bien por esa secuenciación fluida, sin digresiones, tratando con madurez y resabio crítico un escenario donde la autodestrucción del ser humano queda patente.
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El pasillo de los niños de cera

   No temas a los piadosos que se enfrentan a sus ídolos. Hemos visto caer a una docena entre los vivos. Los niños de cera avanzan por este pasillo cogidos de la mano. Mira que ella te vigila como si fueses el delator más importante de esta región. A lo que temes es que suelte la rueda y acabe de inyectar toda la savia en la carne. Las anguilas devoran los despojos y hasta la sombra parece que, hundida en el foso, acaba en el estómago de estas criaturas. No te escondas en esa habitación; te confundirán con uno de esos niños de cera y serás consumido como otra alucinación.

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La cuerda Lewis

 Me sometes y estiras la cuerda hasta que se vence este brazo y queda al descubierto el músculo. El piano que teníamos en casa flota en esas aguas desde hace varios años. Los grajos, como tiznajos en la boira, ocupan el espacio de luz blanca. Las cuerdas que muerdes fueron hechas por la misma mujer que bendijo a los tullidos. Has leído el opúsculo sobre los fármacos que agujerean cada órgano. No podrás entrar al portal con esa llave recién fundida y que se enfría en tu vientre. Allá cada cual con lo suyo mientras camino en busca de la pared por la que ascendió el perro de los Lewis.

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Los perros de Hine

  Los perros velan los juguetes giratorios. Ha escampado sobre las cúpulas. Los fanáticos de Hine rezan bajo el templete. Una orquesta fantasma allana los caminos por donde estos perros deambulan con sus collares de acero. Las hojas de los cuchillos se hunden en las pozas, en los lavabos de los centros comerciales. 


  Estos perros jamás se reflejan en los charcos. Una madre avanza hasta el círculo de álamos. Los fanáticos de Hine escriben en la arena y algunos moribundos repiten una y otra vez: "No dejéis que los perros se acerquen a los niños".

video
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El hombre de nariz quemada

  Han cruzado la hierba. Coleccionaban mariposas detrás del invernadero. Un perro los atrajo en el parque y se miraron a los ojos. Contentos de haberse conocido, decidieron quemar el primer bosque y un árbol genealógico que colgaba un vestíbulo de terciopelo. Han cruzado la hierba. Caen rendidos sobre el tapete y las cenizas entre sus dedos son las cenizas de sus antepasados, quienes plantaron un árbol de hoja caduca en aquel vestíbulo, junto al hombre de nariz quemada. Han cruzado la hierba para olvidar la pubertad de sus hermanas y pasear al mismo perro de hocico amarillo.
Breaker boys, fotografía de Lewis H. Hine
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El hombre del quirófano

  Reprendes a la misma mujer inmóvil. Los niños resisten en el patio. A cada cual lo suyo y los perros exclaman por primera vez. Un hombre decente entra al quirófano. No encuentra manera de malgastar su tiempo. Las mariposas caen carbonizadas sobre el hule, pero unos ojos admiran su trayecto humoso. Los coches arden en las orillas. Hay animales pútridos sobre los capós y quienen miran desde su ventana han olvidado los nombres de sus hijos. No mires esos rostros, no los mires.

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El hombre que vendió la piel del oso

  Has vendido a la madre y la piel del oso. El mercader ha condicionado cada acuerdo antes de llegar a los postres. La mujer de ojos vacíos ha escrito sobre la piel de tu hombro: "Descanse en paz el clan de los Moore". Ni la has mirado siquiera. Estabas pendiente del trato y de tus cosas. Las ardillas han heredado el bosque y los mendigos, la tierra y la esclavitud del mármol, de los polvos. Resuenan pasos más allá del comedero. El legendario hipocampo acaba de perder la cabeza en un accidente de tráfico.

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sábado, 25 de enero de 2014

El hombre de los peces

  No quieres indagar en la boca del horno. Los peces han sido devorados sobre las mesas. La espuma escapa de estas bocas inservibles. Durante un tiempo hemos amanecido para contar las navajas y luego la misma luz nos ha arrebatado del asfalto. Has querido entrar en la odiosa pubertad de esa muñeca vestida de cuero. Has lamido la punta de sus tacones y alguien finalmente te ha dejado arder.

Fotografía de Philip Lorca DiCorcia
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Bacon III

   Perros que muerden cabezas de perro. Estremecen ramas. Sal en los ojos y velando los animales giratorios. Los increpantes han callado en el espacio circular. Todas las noches muere el mismo pájaro y la mujer queda postergada. Allá donde no quede nada, salvo el traje recién tintado, encontraré la puerta que da a otro cuadro.

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lunes, 20 de enero de 2014

Principio y fin de la soledad, de Ada Soriano

Alicante. Cátedra Arzobispo Loazes. Universidad de Alicante, 2011.


    La escritura (no es la primera vez que lo manifiesto) tiene una tendencia autodestructiva. Subsiste en la búsqueda de un lenguaje privado, capaz de comunicar sentimientos más allá de lo traducible, inconstantes e inaprensibles. Todas las veces que he conversado con Ada Soriano, junto a su esposo y gran amigo, José Luis Zerón, me ha transmitido sentimientos contradictorios; una aparente serenidad investida por una fragilidad física en un primer momento que, progresivamente, se iba tornando en una ansiosa forma de expresar sus inquietudes, sin matices, deseosa de expulsar con cada frase una angustia tenaz, apenas comunicable, que subyacía en su interior. 

    En su último poemario, Principio y fin de la soledad, esa fragilidad física, expresada en una solitaria meditación sin exposición al mundo exterior, salvo la que consiguen determinados símbolos (luna, viento, pájaro, estrellas, lluvia, noche o gato), y sumida en la determinación asfixiante de pertenecer a la realidad, inaugura, sin embargo, unos cantos que ansían todavía la luz, algunos resquicios de vivencias dichosas por las que merece la pena sobrevivir pese a las limitaciones de la propia escritura: “Aunque me sintáis encerrada/ deambulando perdida entre tanta estrechez/ debéis saber:/ que sólo una ventana,/ tan sólo una es suficiente/ para oxigenarme”. 

    Como manifiesta el personaje de Adrian en Doktor Faustus, de Thomas Mann, esa negación de la vida, la apropiación de fuerzas oscuras e indescriptibles que van minando los momentos felices, parecen, sin embargo, engendrar la materia lingüística con la que está hecho cualquier viviente orden de cosas, su apolínea expresión en el texto, la belleza formal de unos versos que admiten el naufragio del ser humano, la nostalgia como una pulsión destructiva, pero donde vibra también una emoción inmediata de plenitud que nos rescata finalmente de ese desamparo infinito: “Se ha instalado en mí una huella/ de la cual no puedo evadirme/ porque la humanidad y la fortaleza/ que de ti emanaban/ lograron que la soledad/ no fuese un comienzo azaroso/ sino un final, una victoria/ en la lucha por la vida”. 

    La sensación de acabamiento converge entonces con una resplandeciente iconografía y, en ese contraste, la inquietud ante los significados de las costumbres, ante los familiares ausentes, la existencia de los hijos, la contemplación de un paisaje boscoso, en ocasiones, en otras, lunar, transforman esa sensación de acabamiento en un canto elegiaco: “Hay quien quiere ser pez abisal/ para gozar la dicha de la profundidad./ Mar, mar o poema./ Estar ahí y no abarcarlo todo, tan sólo rozarlo sin descubrir su misterio./ Un cangrejo huye hacia la roca socavada,/ pero las manos de un niño intentan atraparlo”. 

    Imagino a Ada, ahora que conozco su nueva casa, frente al enorme ventanal que mira hacia los cañaverales y el matorral oscuro más allá de la estación. Imagino su quietud, sus ojos de lechuza, su pálido perfil, y después, esa tinta que traza signos en lo blanco, que re-escribe un mundo que necesariamente trasciende la realidad, pero que no deja de ser realidad, un conocimiento chamánico sobre la misma -diría hasta concluyente- y, con todo, inmerso en una profundidad insondable, intuible por una re-lectura de experiencias con las que coincidimos y de las que nos alejamos: “ Pero yo soy la duda/ y mi cabeza un hervidero,/ un enjambre de venas enraizadas./ Ante el temblor de mi conciencia/ giran las palabras,/ gimen con el rumor del viento/ y gritan con el azote de la tormenta”. 

    En su ensayo sobre el silencio, Xavier Audouard declara que “más vale percibir que ese más de palabra tiene otro nombre: se llama realidad. Ese más-de-palabra es igualmente un más-que-la-palabra que arroja a esta fuera de las matrices de la lingüística, en ese encuentro de lo imaginario y lo real –esto es la realidad- que espera siempre el rebasamiento de la palabra”. Nada es azaroso, nada puede ser azaroso en la escritura poética de Principio y fin de la soledad, cuando, después de tantos años, lo escrito explora márgenes del bien y del mal, cuando, después de todo, es inútil nombrar a las cosas por su nombre. Escribe Ada Soriano: “Me asomo a las palabras/ que brotan de mi pluma/ de tinta incendiada. / Después agarro las riendas/ y cabalgo hacia mi interior./ Afuera/ el fulgor de un relámpago/ rasga la noche./ No encuentro estrellas/ en el cielo enfurecido/ pero sí palabras rojas que mi papel retiene”. 

    Todo exorcismo necesita la liturgia, la ofrenda, el riguroso oficio de mutar la semántica de todas las palabras. En ese trance mismo, tan hipnótico y sugerente para el lector, subyace el deslinde entre lo racional y la visceralidad de los sentimientos, difícilmente expresables, y ahí es donde un poeta comienza a saber de su don chamánico según escribe cada verso (como en estas palabras de Ada Soriano: “El alba blanquea/ la oscuridad de mi insomnio. / En la quietud de la piedra/ se comprime el silencio./ Yo permanezco recostada/ abrazando a un niño inexistente”). 
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Música más allá del cine

BSO: Armengola, la leyenda, por Francisco J. Mora García


    La forma tan personal de interiorizar la tradición es lo que dota de consistencia y solidez a la BSO de la película Armengola, compuesta por Francisco J. Mora García, convirtiendo esta creación musical en una obra que trasciende a la propia narración de la película dirigida por Pablo Riquelme. 

   Los diferentes movimientos sinfónicos que componen esta banda sonora (y enfatizo lo de “sinfónicos”) revelan un alcance metafórico que, más allá de su valor escenográfico en lo que al film se refiere, relacionamos enseguida con el culto tribal a la muerte, a la esclavitud y a la guerra como escenario cultural en la evolución de las sociedades. 

    Pese a la necesidad de recrear el erotismo, el vigor masculino y el lirismo de la cultura árabe en diversos momentos, predominan siempre unos referentes clásicos que han formado parte de la educación musical e interpretativa de este creador y a los que no renuncia hasta en los temas de carácter más exótico –con sus hipnóticas atmósferas -. La riqueza instrumental de algunos pasajes melifluos contrasta con la sensación de debacle y desánimo que este músico logra -con contención- a través de una percusión sobria. Premonitoria. 

   Porque ese sustrato romántico es lo que define a esta banda sonora como una creación potencialmente sinfónica, con una gran calidad descriptiva, más que argumentativa, y con matices rotundos que el tono épico de los coros va subrayando lejos, incluso, del contexto histórico que pretende recrear el film. De hecho, en la concepción de la obra (ya desde el primer movimiento) existe una admiración innegable por grandes creadores que han compuesto música para el cine, pero más allá del cine: Maurice Jarre, Howard Shore, Gabriel Yared o James Horner. 

Imprescindible. Enhorabuena, Paco.

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Margen Harmónico, de José María Piñeiro

Contemporáneos a mano 2. Biblioteca Hernandiana.
Fundación Cultural Miguel Hernández.

“ (...) que las vendas que amordazaban 
mi boca sean desatadas (...)” 

Libro de los Muertos

    Durante muchos años la obra del poeta José María Piñeiro ha permanecido latente en diversas antologías y revistas de creación literaria tan destacables como Poezia, Salamandra o la propia Empireuma, de la que fue hacedor junto a José Luiz Zerón y Pepe Aledo, entre otros. Su vida ha estado condicionada por una dedicación extrema al estudio y a la creación artística, no sólo a través de la escritura, sino también por medio de un culto exacerbado, desmedido, - en continua experimentación - con la fotografía y el collage. 

   Mis encuentros esporádicos con José María Piñeiro a lo largo de estos años describen una personalidad silente aunque reaccionaria, celosa por tanto de una compulsiva actividad literaria, que remite más al placer del proceso de la experiencia artística más que al protagonismo de la publicación. 

   El poemario que edita ahora la Fundación Cultural Miguel Hernández de Orihuela, Margen Harmónico, es una representativa compilación de esta fragmentaria obra que Piñeiro ha ido reformulando a lo largo de una trayectoria aparejada a la heterodoxia de creencias religiosas y corrientes vanguardistas. Se advierte una predilección por la conceptualización de formas antes que una intuición espontánea de la realidad presentida, - en este caso, la ficción gramatical sostiene las significaciones-: “La luz impide ser minucioso, / detenerse en la descripción de los detalles./ Bajo la rotundidad de esta luz no hay nada accesorio,/ no hay imagen que destaque o destruya/ la unidad de la visión (...)”. 

    El figurativismo de su poesía no está deslindado de esa instintiva comprensión del mundo que aloja el don genesiaco de la creación, sin embargo, la poesía de Margen Harmónico configura voluntariamente la preeminencia semántica de lo interiorizado, de lo modalizado desde nuestros pensamientos, que queda después de un tiempo de hibernación por el que transcurre todo lo que el poeta ha vivido y no ha manifestado todavía. Lo aprehendido se transforma entonces en cosa aprendida y significada: “Toda partícula de tu verbo/ está ya depositada/ en el armazón que sostiene al mundo./ La esperanza se llama: nosotros”. 

    Ahora que la realidad significada prende en sus versos (como una clase de metalenguaje para conocer la mismidad de las cosas y el yo que penetra inútilmente la frondosidad de las existencias) queda el aforismo, la fragmentación del ritmo, la atonalidad intencionada, los conceptos que predominan sobre lo adjetival o lo adyacente: “Busco el libro que contenga las leyes secretas de la analogía, / el códice que guarde los mágicos pentagramas/ de las asimetrías y las convergencias; (...)”. Son los mecanismos formales de recurrencia formal para extrañar el lenguaje; su reverberación de significados formales y culturizados no ocultan su disfemia y su polisemia: “La belleza que se ve/ y no se descifra”. En Margen Harmónico lo dicho no es mímesis, ni siquiera resonancia frugal de experiencias extasiadas, sino un simbolismo de lo escrito que se regenera continuamente como tributo a la categoría del sentido conceptual, aquel que aún vibra lejanamente como el azaroso fluir de las sustancias: “Las imágenes se precipitan. / La creación arrolla su floral guijarro./ Espacio deglutido por las veloces escrituras”. 

    El lenguaje de José María Piñeiro es, por lo común, reflexivo - ya que no refleja la vastedad sentida – pues instrumenta el reflejo presupuesto de las cosas como consideración teórica del propio lenguaje poético. Su estética expresionista revive en lengua el ser que piensa sobre el ser y ahí radica la fructífera lectura de tantas expresiones poetizadas que tientan realidades recónditas, febriles, pero impregnadas eminentemente de una aparente, envanecida, racionalización: “Y he detestado el patetismo de la poesía/ cuando era yo quien no estaba a la altura de su verbo,/ y repetía el error de querer consignar agitadas vaciedades/ de un estado del que sólo el caos/ era tanto su nombre como su adjetivo.”
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El mito de Orfeo en la prosa de Álvaro Cunqueiro

Fábulas y leyendas del mar y las crónicas de Sochantre


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Las pinturas de Bacon

Revelan la vanidad que encierra el miedo a morir


Mi artículo en Mundiario sobre las pinturas de Francis Bacon.


    No se puede desentrañar aquello que convulsiona. Acabo de leer el ensayo de Michael Peppiat sobre la obra de Francis Bacon. Desde mi adolescencia, me han acompañado sus pinturas sin evitar el recelo al miedo que sus texturas procuraban. Soy consciente de mi muerte cada día, reconociendo que cualquier intento de buscar una posible trascendencia a mi existencia es inútil y una pérdida de tiempo. Pero la lectura del magnífico discurso de Peppiat me ha obligado a revisar litografías y fotos del pintor irlandés y ha reavivado en mí un inusitado pavor hacia la finitud de mi vida. La violencia de sus lienzos manifiesta una aberrante fuerza que emana del interior de sus figuras, devoradas a sí mismas por una apasionada mezcla de necrofilia y canibalismo. La consideración del hombre como un objeto demasiado sencillo, instintivo, que necesita la inmolación para escapar al sufrimiento, a lo que depara la vida en su mismidad, es siempre reciente una vez que te enfrentas a sus retratos y crucifixiones.

    Lo que me conmueve de Bacon es esa execrable dependencia de la pintura para exorcizar sus demonios, su cordura para reinterpretar cada obra, el parasitismo hacia sus amantes, su admiración hacia Velázquez y Picasso. Lo que me transmite su lenguaje es esa certeza de cuán inútil e insignificante llega a ser la perdurabilidad al lado de los tuyos y el exceso de vanidad que representa el miedo a la muerte. Y, sin embargo, ante estos terribles presentimientos existe un vitalismo inherente en la proyección de sus trípticos, en su forma de concebir al ser humano, como si la pintura de Bacon fuese demasiado sincera, hasta el punto de decirnos que el arte es un fraude para olvidar que vamos a morir.
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domingo, 19 de enero de 2014

De los rostros

    De los rostros que esperan se encuentra el del padre. De los rostros que esperan al otro lado, confusos, recuerdo el de un niño. Una canción de Jacques Brel repite el mismo verso una y otra vez. Me esperan en las habitaciones y las fanfarrias, afuera, se detienen al paso de los vigilantes. De los rostros que esperan poco más sé, salvo que se ofrecen como roedores suicidas.
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Breve apunte sobre la pintura de J.M.W. Turner

   Sobrecoge la extensión de aquellos espacios que nuestros ojos descubren parte a parte. Entregados a un mundo que el lenguaje ni siquiera puede concretar, los lienzos de Turner, ya desde sus comienzos, inciden en esa incapacidad de construir la totalidad desde nuestra percepción. Sus texturas y mezclas, los difuminados y trazos sin contornos, proponen un modelo de mundo que advierte de su completitud, de su vastedad inexplorable, de su inacabamiento.

   Quizá en ese reconocimiento de la derrota, la pintura de Turner exhibe su renuncia a la figuración, como un tributo al caos donde, sin embargo, surge un orden cuya promesa en el cuadro refleja que la realidad existe desde nuestra construcción imprecisa, por mucho que busquemos referentes y significados para sobrevivir y sobrellevar nuestra existencia.

   El vacío, la albura, la oscuridad y el origen como acumulación imposible de la materia participan de unos trazos inconstantes, sin aparente figuración, salvo algunas pistas delebles que Turner cita vagamente. Quizá sea esa indeterminación la que prospera en la belleza incierta y amenazante de su cosmovisión. El hombre, precipitado al lienzo, a los escollos de la nada, incontable, indecible y eterna, está sobrecogido porque asume su indefensión y el mundo que esta ahí fuera es siempre más poderoso, versátil e impredecible que cualquier sentimiento.

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sábado, 18 de enero de 2014

Un lienzo

    Escuchas la letanía. Bailas y bailas hasta que el perro persista en el círculo de hombres. Las sogas cuelgan del perchero. Las flechas y los vidrios sobre el suelo azul distan del amante con taburete. Hay un gato dormido en la oscuridad de la alcoba donde nunca entra ni la luz ni la dama. En un burdel, no se sirve café y los hambrientos corazones se desangran detrás de los lienzos.
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Muchacha que espera autobús

    Recogiste las pavesas que la noche emprendió cuando el incendio. Las manos que se echaron atrás esperan otro cuerpo, más sencillo, tocarlo, más que el silencio, que la luz.

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jueves, 16 de enero de 2014

Turbador

    Es turbador que aparezca por entre los álamos. El perro que es gato y hombre. Los trapos arden frente a nuestros ojos. Se inclinan los juncos. Serán cercenados y el crepúsculo eclosionará. Caen a las aguas. Los pedazos y las astillas. Alguien ha respirado el polvo de las esporas.
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miércoles, 15 de enero de 2014

La entrada

    Entrabas en ese espacio y era fustigante el eco. Los hombres eran expuestos y, en las paredes blancas, alguien quebraba los pájaros. El amante nos vigilaba y, detrás del cuarto verde, las cortinas oscilaban. La lengua roja del perro bañaba el claustro. Alguien lo exhaló y las piezas de carne fluyeron hacia la desembocadura.

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martes, 14 de enero de 2014

Breve luz


    La voz que descarta cada cosa que nombras es la misma voz que nos engendró. Bajo la cúpula de hojas, duermen el vagabundo y el emisario. Llegaron pronto a por nosotros. A partir de ahora el silencio que nos acoge será lo único que quede antes de entregarnos al fin. Breve luz.
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domingo, 12 de enero de 2014

La sed

    Entre los naranjos encontré el pozo. En sus aguas, el mismo reflejo persistía como en el filo del cuchillo. Éramos unos cuantos los sedientos. Vibraba una luz hiberniza y, en los ojos de algunos, una preocupación insana. Hervían renacuajos y nuestros pies se hundían en la marga. Callé antes de que el más alto se arrimara a la superficie y besara la humedad. Los otros y yo obedecimos. La luna, por primera vez, nos ocultó.

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El pozo

    Transcurres por esta senda. Las ramas se inclinan y se sumergen las bestias. Aún permanecen ahí las ristras y otros alimentos. Nada queda, sin embargo, de aquella orilla cercana donde nos bañábamos. Era todo azul y rojo. La polvareda de semillas llegaba previsible hasta nuestros bártulos. No nos preocupaba nada y así era siempre en las aguas de los azudes. Bajo las palmeras, algunos perros y el pozo.

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Imágenes con las que sobrevivo II





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sábado, 11 de enero de 2014

El solar

    No tienen la fuerza del hombre que pesaba los hierros. Tras la casa azul, los muchachos se reúnen para romper las botellas. Una hoguera perfila sus macilentos torsos. Han comprado calaveras en un bazar y ahora cuelgan de su cuello como colmillos. El aire es blanco por todas las calles como si la luz se hubiese detenido al amanecer. Las norias giran en las aguas y los pastores, junto a otros monumentos de madera, almuerzan centeno y talco. Los muchachos rezan sobre los cristales recién pisados. La tierra absorbe la sangre con la que caminan hasta el centro.

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No quiero escucharlo

    Retienes algo que no es la luz en tus ojos. Acampamos finalmente en esta vera despoblada. Arrulla la hierba. Me has dado una mano en la que no puedo leer: "Si la vida es el cansancio de Dios". En tu vientre hay un nido, lo sé, y otro estigma. Hemos naufragado y la niebla es otra deriva. Las maderas flotan en las aguas. Los hambrientos cachorros se acercan. Me quitas la mano y me tapo los oídos. No quiero escucharlo. No, no quiero.

Fotografía de Daido Moriyama
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Si pienso en Edmond Jabès

    Lo que El Libro de las Preguntas me reveló en su momento es que debo convencerme de que el lenguaje es inútil. Como la vida. Lo que prevalece no es el objeto, ni siquiera el significado, sino el sentido que otorgo a cada cosa y del que participo para resistir a la muerte. Ahí comienza la escritura, en ese convencimiento de que la vida fluye del símbolo que asigno a la palabra. La lucha incesante por indagar en cada una de ellas no corrige el sentido de ninguno de los destinos. La palabra siempre desaparece tras la palabra. Lo que leemos es una insinuación de cuanto existe para mí como sentido. Leemos el vacío que proviene del vacío, porque, en una palabra, no concluye el mundo. No.

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Bacon II

    Has querido que nuestra promesa se esfumara . Los nudos son firmes y la soga se tensa. Cae la luz y los huertos quedan sumergidos en una oscuridad premonitoria. Las alimañas acampan en los sotos, escrutan a los ausentes que ya caminan. No hay escapatoria. La luz nos reprenderá al alba y nos señalarán los que murieron.
Bacon,Triptych, 1974-1977
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viernes, 10 de enero de 2014

Nada es todo

    El mundo que restituyes con las palabras es un mundo perdido. Su sentido desaparece cuando sucede el nombre y, después del nombre, la cosa, lo sólido, lo opaco. Nada queda entre estos huesos de la ceniza, pero nada es todo y, tras los aluviones, mis ojos emprenden nuevos territorios por descifrar.

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jueves, 9 de enero de 2014

Cuando leo a Juan Ramón en clase

    Hoy, en clase de Primero de Bachillerato, he leído un poema de Juan Ramón. Su poesía desnuda me ha confirmado esa premonición que últimamente siento con más frecuencia. La existencia se reduce a momentos mínimos, a las cosas esenciales, a figuraciones en el paisaje que me rodean, de extrema sencillez, el árbol, un cielo lánguido, el pozo, las aves. 

    Parece que en mí existiese una fractura continua entre el mundo de los vivos, de los que se afanan y corren, y aquello que merece la pena ser vivido desde el sueño. Hay un apocamiento en mí que exagera, sin embargo, todo cuanto siento y, ante la necesidad de abandonar el ruido, tanto mundo y objeto, encuentro en la espontaneidad de mis hijos -y de estas palabras- razón suficiente para continuar sobreviviendo.

    A este viaje definitivo he llegado y de este viaje definitivo provengo. No es extraño pensar que cada clase con mis alumnos es un punto de partida hacia la literatura, hacia su forma intensa de consumir el ocio con las palabras que hasta ellos llegan. Como esa cortina de luz que prende en sus rostros casi por la tarde, antes de que suene el timbre. No es cierto que los hombres detesten las palabras de otros hombres. Hemos maldecido la edad de oro ahí afuera, pero, aquí dentro, al amparo de la visión de Juan Ramón, algo nuevo se presiente. La felicidad es el ahora y lo que se nos escapa es tan importante ayer como hoy -siempre que sepamos que el mismo árbol y esos pájaros seguirán ahí, esperando que mueran los que alguna vez nos amaron-.
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Víctimas

Una ilustración de Roberto Ferrández para mi novela juvenil de terror, La memoria del cuervo.

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Un cómic: Génesis, de Robert Crumb.

Barcelona, Ediciones La Cúpula, 2009.



    Quedé fascinado hace unos años por su relato biográfico y literario acerca de la vida de Kafka donde profundizaba sin ironía en el origen semita que atormentó al creador de La Metamorfosis como si fuese un estigma.

    En Génesis, la destreza del dibujante manifiesta una tendencia ilustrativa, casi pedagógica, fiel al relato bíblico, donde los personajes actúan en función de la alevosía y los inescrutables pensamientos de un dios que se manifiesta a los hombres para conducirlos a la destrucción o a la epifanía de una estirpe encomendada por los siglos al servilismo y al ritual de las costumbres. 

   Destaca el dibujo de Crumb esta vez, frente a otros trabajos como Realmente Patéticos o Chicas, chicas, chicas, por un mayor rigor realista en el detallismo hacia objetos, adornos y escenarios, evocando un preciosismo pictórico en sus primeras páginas que nos recuerda a los grabados antiguos de Guamán Poma de Ayala, de Tiepolo o del propio Durero. En la evolución del relato, con la aparición de Noé y Jacob, la visión pictórica de Crumb evoluciona a un mayor realismo, rozando en ocasiones el expresionismo que ha caracterizado durante tanto tiempo su inclinación underground. 

    La sensualidad de las mujeres contrasta con el hieratismo de los personajes masculinos, marcados por la senectud y un velludo rostro que los envejece prematuramente. Movidos por decisiones irracionales, por la culpabilidad y el arrastre de la violencia, Crumb logra que los hombres estén desprovistos de cualquier manifestación de sentimentalismo a través de esa búsqueda de la sobriedad en la proxémica. 

   Sin embargo, el rostro y la gestualidad de las mujeres se mueve por sentimientos pasionales, por la lascivia y por los celos, respondiendo a una tendencia marcada en sus ilustraciones de provocación y salacidad. Por otro lado, esta distinción no resta credibilidad a los motivos temáticos del sustrato judeocristiano cuando desde antaño la familia patriarcal organizó socialmente al grupo y consideró a Eva origen de los males que estigmatizan las desgracias humanas generación tras generación. 

    Como manifiesta el propio autor antes del desarrollo de la narración: “Si mi interpretación literal y visual del Génesis ofende a algunos lectores, lo que parece inevitable considerando que el texto es reverenciado por mucha gente, sólo puedo decir en mi defensa que me he aproximado a él como un trabajo meramente ilustrativo, sin intención de ridiculizar nada ni hacer bromas visuales. Dicho esto, sé que no puedo gustarle a todo el mundo”.
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Qué son las piedras

Fotografía de Luis García Pérez


No creo ya en las cosas que provienen de mis ojos.

Pero la luz nos unge, le dije.

Yo no soy la luz. Ni soy luz.
 

Su humeante voz se apagó 

cuando divisamos al enjuto hombre.

Gastadas manos temblaron. Contrajo los nudillos.

Nada que es humano

debería pertenecer a este mundo.

El ahorcado no nos reveló su rostro.



                    II


Vomito sobre los mismos lodos,

escapo a las alimañas que hieren los espinos.

Si volviera a habitar este baldío

sería ese búho untado por la ceniza

cada noche, heridas en los troncos de olivos

que no cauterizan.



                   III


No soy quien veis sobre la piedra.

Ellas, que circundan mi cadáver,

desconocen que acabo de emerger

del hediondo humus.

 

                    IV  


Su repercusión sobre la superficie

todavía persiste en el húmedo espacio:

bosques o lacerantes espinos esconden la quijada.


El hombre voluntarioso asestó el último golpe

y vibró el mamífero como en su primera exhalación

cuando sus ojos escrutaron la negritud de la sima.


No eran las informes materias, ni el efecto clarividente

de los opiáceos, sino excrecencias del recuerdo

que determinaron el sacrificio de quien tuvo por un hijo.



                   V


Eres un vencido,

la pisada es cada vez más profunda.

No quieres salvarte.

Te abriga la luz y meditas:

¿Por qué han muerto estos animales?

No hay nada tras estos signos

que, como un vino salino, viertes a la profundidad.

Las lianas te encuentran y la seca maleza

todavía humea. Eres un vencido que rescata

en sus ojos la rotunda devastación.

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miércoles, 8 de enero de 2014

Silencio de las aguas

    El silencio de las aguas nos mantiene en vilo. Ebrios de la niebla, los gatos salvajes descienden por las motas. Alguien que exige tanto para respirar, como quien se oculta tras las cañas, no sabe cuánto nos aguarda. Hay plomo bajo el suelo. La noche ha tardado lo suyo para borrar nuestras apariencias. Quizá, nunca sabremos que la ceniza pudo engendrarnos para permanecer hasta ahora.

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Plomiza

    La atmósfera que respiramos no pertenece a este tiempo. Echamos de menos las mismas huellas y nos sobrecoge la luz del crepúsculo, una franja humosa sobre la línea del horizonte. Esa luz que nos atrapa es la que bebieron nuestros padres con las botas hundidas en el fango. Nuestras manos intentan recoger los frutos de aquellos días, pero la tierra ya es estéril y hemos preferido aguardar sobre la plomiza colina.

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El légamo

    Avanzamos contra la creciente. La sombra de un perro augura el final del círculo. Alguien se tensa contra la luz y su mirada nos desafía. Hemos recordado las manos que partían el pan y el adusto gesto que lo confirma. Las cenizas flotan sobre las aguas y los cadáveres están inmersos en el légamo. Nos quedan las huellas y cuanto se extingue del polvo hacia el polvo.

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lunes, 6 de enero de 2014

Bresson y los barrancos

    Rechazaste la claridad que disolvía aún los restos del alud. Eran los despojos últimos que avistaron nuestros padres. Los animales trepadores encendieron sus fauces. Odiabas huir de aquella escena. Preferiste que la sombra nos cobijara, no la luz, la expectante luz que fundía los hielos y los derrumbes.

Fotografía por Henri Cartier-Bresson
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domingo, 5 de enero de 2014

Fotos del interior de Rostros de tiza

Fotografías realizadas por José Gálvez.


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La prueba

    Hemos probado el vino amargo. Mis labios se endurecen y lo que el fuego no devora, lo devoran otros ojos. Caminamos hasta la carretera. Algo nos ha cegado antes de llegar. Rutilantes cruces sobre los barbechos. Un hombre lo exclama una y otra vez: No vendáis la piel del oso. El resto de los que caminan embozan su rostro. Sus facciones son borradas por la niebla.

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Ronin, de Francisco Narla

Una novela que rinde tributo a la epopeya y a la oralidad


Mi reseña en Mundiario sobre Ronin, de Francisco Narla.

    En ocasiones tengo en cuenta el valor narrativo de una obra cuando, al leer en voz alta alguno de sus párrafos, descubro esa letanía subyacente en el ritmo de su lenguaje, una marca de oralidad que me recuerda a la tradición como una ofrenda ancestral, como una epifanía que rinde culto a la palabra en sí misma. La palabra como origen del mundo y de la historia de cada uno de nosotros en ese Libro Infinito que es el universo, parafraseando a Mallarmé.

    Ronin tiene esos visos de epopeya y de epifanía. Ronin, publicada por TH Novela, nos descubre otra reinterpretación del mito iniciático del samurai que se enfrenta a su solitaria condena errante para lograr que la hazaña sea valedora de una salvación personal y de toda una comunidad. Sobre Assur escribí lo suyo en su momento y, sobre Ronin, mantengo las siguientes virtudes que la novela ofrece para aquel lector que quiera adentrarse en una historia de aventuras, acorde con una tradición anglosajona que Narla ha asumido con un lenguaje preciosista y abigarrado: “El sol se ponía por la popa y Hasekura Tsunenaga observaba fascinado los telones de agua que se abrían reverencialmente ante la roda. De todas las órdenes que había recibido en su vida, aquella encomienda de viajar al país de los nanbanjin era, sin duda, la peor de todas. Echaba de menos sus humildes tierras, añoraba a su familia” (pág. 630).

    Es precisamente ese culto a la palabra lo que manifiesta su carácter oral, su capacidad para ser entonada en voz alta, siendo Ronin una novela que profundiza, en algunos momentos, más en el lenguaje que en la aventura. Pero es precisamente esa cualidad tan significativa la que diferencia a un narrador sincero como Narla de otros meros imitadores de novela histórica que apenas aportan su personalismo y su visión literaria de los asuntos en sus obras: “La lluvia le fue calando la lana prieta de la capa y humilló las alas del sombrero. Echaba de menos a Martín, aquel loco bromista dispuesto a sonreír siempre que se hablase de mujeres o vino, en él hubiera podido confiar. Aquel largirucho que se había pasado la vida escapando del hambre sufrida de niño lo había demostrado arriesgando la vida por él y, cada vez que pensaba en ello, sentía una verdosa amargura que le hurgaba en las entrañas” (pág. 683).

    Narla no deja de construir una novela de aventuras, propia de un género de iniciación que acometen héroes que se decantan por el bien o por el mal, pero, al igual que en Assur, el lenguaje fluye, con sus complejidades descriptivas, con una notable densidad conceptual, fluye hacia la aventura, hacia las acciones intrépidas que comprenden una arquitectura inspirada en diversos tiempos y voces. Ronin es un pre-texto para elaborar un discurso propio, cautivador desde el principio por esa adherencia a la aventura como proceso personal de descubrimiento de la verdad, de la verdad de la muerte y de aquellos espacios inexplorados para un samurái como Saigo Hayabusa: “Le pedían que renunciase a todo aquello en cuanto había creído. Torii leyó comprensivamente el rostro del hombre que tenía enfrente, sabía que le estaba solicitando algo terrible. Saigo Hayabusa había aprendido a vivir como un ashigaru, un simple campesino que había llegado a su posición desde los arrozales, y lo único que tenía era la prez de su honra” (pág. 50-51). A diferencia de novelas históricas que plagan el mercado editorial con inflación de datos, a veces mal contrastados, para recrear momentos narrativos de personajes emblemáticos, Ronin descarta ese vicio exasperante y se adentra en la vicisitud, en la pericia, en el sentimentalismo romántico que desprenden los personajes y sus desafiantes retos.

    El encuentro de dos mundos culturales completamente diferentes, Japón y nuestra Península, ocasiona la extraordinaria vivencia de dos caracteres, predestinados a la hazaña para consumar el honor de un destino, y arbitra todas las secuencias de una novela río que pone en crisis -y al límite de la supervivencia- al ser humano que debe cambiar cuanto le rodea para que los suyos no sucumban: “Y bajo el riesgo de aquella ominosa premonición del piloto, el San José y sus hombres llevaban casi un mes de aguardo; mientras, los rumores de que había llegado hasta el Guadalquivir un barco de La Habana con extravagantes hombres procedentes del misterioso Japón se extendieron por tierra firme como la llama en la yesca. (...) Acodado en la borda del galeón, Dámaso miraba hacia los pinos que jugaban a ser tentetiesos en las lodosas marismas en las orillas. (...) apretaba las manos en la regala hasta que los nudillos se le volvían blancos, porque aun cuando quería verla a ella, a él acudía la amplia sonrisa de Horruño el día que se habían despedido” (págs. 704-705).

    Narla no indaga sobre el valor histórico del acontecimiento; es el trasfondo sobre el que coloca la estructura y los hechos. Nos equivoca el resumen de la contraportada, pues la narración, personalmente, destaca por el estilismo, concienzudo, aplicado al destello, al rasgo nimio, a la gestualidad, siendo los personajes los que mueven la historia de ese mundo increíble y mítico. Mítico porque, pese a los esfuerzos del creador, nos resulta remoto y desconocido. No importa si fue real o no lo que sucedió. El lector asume como veraz la ilustración histórica de la época, porque se interesa por Saigo desde el primer capítulo, cuando, in media res, el samurái está inclinado a morir y a sacrificarse ante su daimyo antes de asumir la derrota de su clan. Hay una herencia de Dickens tangible en la combinación de historias diferentes que al final se encuentran y en ese regusto por apostillar los matices descriptivos en cada intervención.

    Esos efectos retóricos hacen que la obra merezca el rango de modernidad a la vez que el de apropiación de epopeya, de canto bárdico, como esencialidad de su hipnótica lectura. La brevedad de los capítulos es un acierto porque Narla apura esa esencia narrativa y formal en cada episodio, otorgándole un dinamismo acentuado a las historias de los diferentes personajes. Ronin consigue crear una ucronía, un no lugar en el tiempo histórico, pero resulta finalmente irrelevante cuando la fuerza del lenguaje, su concreción y su tono épico, puede con todo lo demás.
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Ilustraciones de Pepe Aledo

Las ilustraciones que este gran pintor elaboró para mi libro de relatos de terror en mi obra juvenil ¡No voy a convertirme en un vampiro, ni en nada que se parezca!, Germania Comunicació.

 
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La piel que habito, de Pedro Almodóvar


    Cuando la polémica mediática a propósito del cine se ha convertido, por su subjetivismo, en un género, cualquier película, más allá de sus formalismos y contenido, se convierte en una apología del victimismo. Y hoy voy a ser subjetivo, prosaico y pelotero, en pos de un director de mis desvelos cuando todavía yo, siendo un infante, no había descubierto más virtudes fálicas ni ningún réquiem. Ante el alud de malas críticas que ha recibido La piel que habito, parece mentira que reputados columnistas insistan continuamente en cambiar a Almodóvar y convertirlo en un discípulo de Orson Welles. 

   A mí me gustó la película y a mi madre también. Nos gustó porque sigue penetrando en conceptos de una controversia moral que la posmodernidad todavía no ha superado y nunca superará, y no me refiero al transformismo o a la transexualidad, sino a la culpa y a la condena hacia uno mismo y hacia el otro. Almodóvar toca las teclas que sabe que gustan al público de pose izquierdista, que no de izquierdas, y al intelectual ególatra y afrancesado: citas explícitas a escultores y pintores, estilismo frente a decorados, personajes melodramáticos que se repiten en su cintas y en las de la comedia americana, digresiones que dejaron de serlo hace mucho en su cine y un largo etcétera. Claro está. Me sigo quedando con la película de Georges Franju, Los ojos sin rostro, me parece más creíble, abismal y poética. Lo de Almodóvar es un sucedáneo en celofán, bonito y resuelto que, para lo que hay en las salas, demasiado bien está.

    En la peli de Almodóvar, hay falta de profundidad y de verosimilitud en los personajes, sí, es cierto, y con toda la intención; al igual sucede con el efectismo gratuito y explícito de planos, encuadres y flash-backs. No hay puntos de inflexión en la carrera del director, ni siquiera con Todo sobre mi madre, pero, en el caso, de La piel que habito, nada nos deja indiferente y esa gratuidad de excesos y la frivolidad de los sentimientos más pasionales y trágicos son una necesidad en esta clase de argumento.

    Pero es que el esperpento, como la realidad, es eso, la muerte con miriñaque, un cadáver en el maletero de un coche y un hombre condenado a ser mujer en manos de un médico que no acepta el suicidio de una hija. En la vida las cosas no salen como uno quiere y esta película lo demuestra, y el asesinato y la venganza tienen más de paródico que de obra cumbre y culminante. La tramoya, el diseño futurista de los espacios, la vanguardia de la estética que presenta Elena Anaya con sus semidesnudos y sus ejercicios gimnásticos brindan con la opereta, con el cine de Lynch y Cronenberg, y con muchos tebeos que he leído y que ahora no recuerdo.

    Y quiero ir más allá; la película ha sido configurada para no gustar al crítico, para que el crítico regurgite tristemente sobre lo indecoroso y la falta de perfeccionismo del creador, y ahí radica la grandeza de Almodóvar, que, al ser tan genuino, tan artificialmente genuino, se copia a sí mismo para joder a Boyero. Que nadie espere que Almodóvar cambie con los tiempos, Almodóvar no es David Lean, ni Wyler, ni Camus. Es, como mucho, Almódovar, casi Almodóvar.

No se pierdan este folletín con esmalte permanente.
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Un libro sobre la música

Mi reseña sobre Miles Davis: Kind of Blue. La creación de una obra maestra, de Ashley Kahn.
Barcelona, Alba, 2011.

Miles Davis, Kind of Blue Sessions, 1959.

    Hace varios años que llevo reconociendo en Miles Davis ese sentido indescriptible de quien, sabedor del oficio, alardea de inconformista, llevando la música a una clase continua de clímax, a una atmósfera turbia donde la luz apenas transpira, y, sin embargo, todo es demasiado hermoso, al mismo tiempo que desesperado. 

    El trabajo publicado por Ashley Kahn sobre las sesiones de grabación de Kind of Blue nos sumerge en la tensión creativa de técnica e improvisación que mantuvieron tanto Davis como Evans a la hora de producir y mejorar los esbozos de la que sería una obra máxima por su control de los tiempos, por sus hipnóticas melodías y silencios, y por una nostalgia eterna en cada tema que te permite olvidar la realidad y rozar la decadencia de aquellos recuerdos que te han ido modelando. 

    Kind of Blue no fue una obra tan relevante para el propio Davis como se ha escrito tantas veces. El discípulo de Parker comprendía el jazz como un trance, como una forma de aprendizaje excitante, sin desenlace, que inspiraba continuamente a sus músicos y al propio creador para otras sesiones en estudio o en directo. 

    El ensayo de Kahn es un estudio minucioso de la interpretación, de la orfebrería que se acumula tras toda una tradición junto con la genialidad espontánea, surgida solamente a través de la música, a través de partituras intemporales, sin olvidar la influencia social y el propio perfil psicológico de todos los músicos que allí se dieron cita (Cobb, Evans, Adderley, Coltrane, entre otros); en el estudio de Columbia de la calle 30, una mañana de 1959. Qué puedo decir de Kind of Blue. Confirmo la sentencia de Kahn sobre la escritura de Davis: “Kind of Blue tiene vida propia y prospera más allá de los confines de la comunidad jazzística. Ha dejado de ser posesión exclusiva de una subcultura musical para convertirse en música en mayúsculas (…)” (pág. 23).

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El país del silencio y de la oscuridad. Werner Herzog

   La concepción fílmica de Herzog se basa en un intento por comprender la naturaleza demoníaca y fáustica del ser humano: hay una contundente radicalidad expresiva en todo su cine a la hora de mostrar la caducidad de un modelo sociocultural sectario, hipócrita y destructivo como es el del capitalismo occidental. 

  Sin embargo, la reflexión ética del cineasta va más allá; seguramente, la racionalidad del lenguaje obliga a una perversión moral congénita donde se reprime lo instintivo para crear estereotipos culturales donde no hay decisión propia por parte del individuo, ni posible revelación de las emociones. 

   La palabra desafortunadamente envenenó el atavismo del grito. Las convenciones morales y religiosas ocultan y reprimen otras posibilidades de comunicación - la soledad indecible e intransferible ante la muerte cercana, el silencio inquebrantable, o la función creativa locura- como si jamás hubiesen pertenecido al hombre.

FILMOGRAFÍA
Fata Morgana (1971).
El enigma de Gaspar Hauser (1974).
Corazón de Cristal (1976).
Woyzeck (1979).
Fitzcarraldo (1982).
Donde sueñan las verdes hormigas (1984).
Cobra Verde (1988).
Grito de piedra (1991).
Invencible (2001).
White Diamond (2005).
Grizzly Man (2005)
The wild blue yonder (2005)
Rescue dawn (2007) 
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