lunes, 23 de diciembre de 2013

Insatisfacción y dicha en los versos de Ángel Rupérez

Mi reseña en Mundiario sobre la poesía de Ángel Rupérez, Sorprendido por la alegría. Bartleby.


    Es inexcusable. Hay un tono machadiano en los poemas que comprenden el nuevo libro de Ángel Rupérez, "Sorprendido por la alegría", editado por Bartleby. Esa nostálgica determinación de los espacios que no regresarán jamás parece confinar al poeta a un exilio voluntario como manera de comportarse en la realidad. Un impulso ascético mueve a la palabra a profundizar en los recuerdos para retirar al hombre de las actuales complejidades de nuestro entorno: “Solo hay eternidad y humo de casas, / y un yermo convertido en esencia” (pág. 27).

   Parece que el hecho de ausentarse del mundo a través del recuerdo necesitaper se la palabra, el símbolo, solamente reproducido en la evocación del poema, en la sugerencia donde lo objetual se ha convertido en una representación del lenguaje, en intuición de una realidad ya transformada: “En la lejanía en la que se pone el sol,/ en ese indescifrable crepúsculo,/ donde las dulces venas pintan de sangre/ la bondad del cielo,/ allí no hay tiempo,/ ni siquiera conciencia,/ ni silenciosa queja”. (pág. 27).

   La polisemia de lo crepuscular, el orfismo del paisaje, la sucesión de escenas costumbristas corrigen el presente que se caracteriza por su escaso refugio para la reflexión y, por tanto, para el flujo de la propia escritura. La memoria narrativa -que el verso de Rupérez fija- evita que el pasado sea un estadio de la conciencia inmóvil, más bien todo lo contrario, el pasado es impreciso, insólito e inédito. Las palabras se convierten en una suerte de clarividencia para asegurar que el símbolo reconstruya un referente que el autor necesita para huir del acá y para manifestarse allí como un visitante nunca extrañado con todo lo que lo circunda, absorto, sin embargo, por la vehemencia de cada cosa que acontece ante sus ojos y por la fuerza telúrica de ese espacio que considera propio y al mismo tiempo irrecuperable, salvo que el símbolo sostenga el significado en una especie de estabilidad de sentidos, pero eso es impredecible en poesía: “Qué sensación más rara ha sido preguntar al portero/ y que me dijera que mi alma se había ido/ como las golondrinas en el último otoño,/ cuando las vi desaparecer desde el ventanal” (pág. 60).

    El orfismo del paisaje que acontece en la irrupción de animales, en la descripción idealizada de sendas o en el abrazo a la frondosidad sostienen un tono elegiaco cuando el autor reconoce que el lugar hallado no es el lugar imaginado, sino que la palabra ha minado la realidad ensoñada y que el símbolo sobrevive al objeto. El símbolo es más poderoso que el acto de recordar aquello que necesitamos recordar a través del lenguaje: “La iluminación del cielo es su pura presencia/ y cierta memoria que no sé comprender./ ¿Hasta cuándo? Un conjunto: no te vayas,/ quédate, no desaparezcas, tiempo fijo/ ojalá fueras, y yo también duración incansable,/ y los dos sujetos al encuentro de una mirada” (pág. 74)

    El tiempo cíclico se desprende de la lectura de cada poema porque la naturaleza que el símbolo impregna es sucesiva, duradera en un espacio inexistente en la realidad: “Conozcamos el vértigo y toquemos con los dedos/ tranquilos una hoja del más sereno chopo” (pág. 51). Las irrupciones, las sombras que van y vienen por los derroteros que bordean las casas, el silencio mismo o la mirada escrutadora de aquello que conmueve, porque nos recuerda lo que ya no somos, confirman la extinción del yo que ha buscado la inocencia en un pasado dichoso, la apaciguadora sensación de pérdida para resistir la rutina, su materialidad sin ambigüedades ni proyecciones simbólicas.

    Pero la palabra transforma lo deseado, enuncia otra clarividencia de un mundo que ya se ha ido para siempre y ser consciente de ese hecho puede ser frustrante: “La duración es costumbre pero también aguante, resistencia al desgaste de la casualidad fugitiva” (pág. 55). Vivimos lo que añoramos, pero lo que se añora fue también alguna vez un insatisfecho presente y, por esa razón, las palabras re-escriben las apariencias que se involucraron en el proceso de creación. La apariencia, su mera vibración como una imagen difusa, es lo que recuperamos. El lenguaje ya es otro: “Creemos que las cosas se pierden como las hojas/ y que nunca volverán, como las hojas. / Pero, ¿y si regresaran, como regresan las hojas?/ ¿Cuándo? Ahora mismo, en la muerte/ de lo que muere en este otoño radiante/ donde vuela el viento con las semillas de la vida” (pág. 22).

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