Fotografía de Pati Gagarin |
No es el cuerpo, ni la memoria, ni esa hierba que pisas, ni el barro que modelas bajo la pérgola. Los niños recogen las astillas y, en las brasas, aún arde lo que quedó del árbol, árbol invisible, árbol de los frutos rojos. Crecemos y la lentitud de nuestros movimientos es semejante a esa noche que duerme sobre las aguas. Hemos visto caer a nuestros padres y esa contundencia del dolor no es comparable a nada, ni a la nieve, ni al cuerpo, ni a la memoria del cuerpo amado, ni a la hierba que pisas y donde jugábamos. Semejante y curvada forma que añoras en el viento. Nuestro cuerpo se arroja a la vibración de la luz inmóvil. Restos del animal, huellas en el lodo. Las puertas no se cierran y me esperas en los umbrales.
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