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domingo, 18 de junio de 2017

El mercado de la memoria, una novela de frontera, de Enrique Sacerio-Garí

Portada de El mercado de la memoria/ Endymión



El título ya es una clase de revelación y, sin duda, el argumento de esta novela de Enrique Sacerio-Garí profundiza en el desenmascaramiento de la mayor de las manipulaciones mercantilistas: el propio conocimiento de la Historia.
Lo que comprobamos en esta novela, publicada en Endymión, es un análisis riguroso y pormenorizado de la evolución política cubana a lo largo del último siglo. La ficción se convierte en una clase de pacto comunicativo, lleno de certidumbre y de estudio, en el que el lector indaga no solo en la biografía de una serie de personajes, sino también en un conocimiento de las claves que definen la evolución histórica y cultural de una comunidad que vive continuamente en la paradoja del nacionalismo y el exilio.
Todas las biografías de los personajes de esta novela giran en torno al Instituto San Carlos, fundado por exiliados cubanos en 1871 como un centro educacional y patriótico, claro ejemplo del alcance de la manipulación de los datos históricos, de las consecuencias sociales que conlleva un pensamiento monolítico, por intereses lucrativos y corruptelas, alrededor de un conflicto político y cultural como es el exilio y los exiliados de Cuba en Estados Unidos.
Sin duda, podemos calificar esta novela dentro de ese atrayente y revelador género de la novela de frontera, un análisis del bien y del mal a través de dos espacios, a través de una confluencia en la que Estados Unidos y Cuba se convierten en escenarios geográficos y políticos que elevan y someten a sus personajes. La frontera no es solo la geografía, sino esa frontera moral en la que viven los personajes, relegados a moverse continuamente bajo la sospecha y el recelo, presionados por sus propios conflictos internos como consecuencia de su posicionamiento ante el régimen cubano.
 Recuerdo todavía una ponencia que tuve que preparar hace unos años sobre la obra de Reinaldo Arenas, escritor irreverente y magnífico que tuvo que exiliarse una vez que la dictadura de Fidel echó raíces, y he sentido ese mismo sobrecogimiento al leer la obra de Sacerio-Garí, la voz narrativa que surge por la necesidad de hacer visible lo que mediáticamente e históricamente conviene que permanezca invisible, especialmente en estos momentos de aparente apertura en Cuba.
Los personajes masculinos, pero especialmente los femeninos, son víctimas de la persecución del pasado, de la mentira, de un trauma inyectado en sangre, que se hereda de generación en generación, un estigma que los doblega y los conduce a su elevación o a un definitivo hundimiento a lo largo de la novela.
Dentro de esa insurgencia que representa el enfoque crítico del relato hacia la malversación de datos con fines políticos, la heterodoxia de discursos también es otra de las cualidades de esta novela marco: documentos históricos, textos expositivos, narraciones costumbristas y un lirismo evidente en las descripciones contribuyen a que esta novela coral transcienda la propia verosimilitud de ese pacto comunicativo del que hablábamos, para convertirse en testimonio, en una clase de protesta verídica, no verosímil, por la memoria de los exiliados,de los invisibles exiliados. 

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jueves, 27 de octubre de 2016

Mi nueva novela a la venta. Octubre de luciérnagas.


Gracias a Raquel Caselles por ser la editora de este trabajo y de muchos que vendrán en poco tiempo. Gracias a los fotógrafos Jose Luis Gea Arques y a Pedro Díaz Molins por las fotos de las portadas. Gracias a los lectores por confiar en mí.


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lunes, 4 de abril de 2016

Álvaro Giménez García gana el XXXII Certamen de Poesía 'Ángel Martínez Baigorri'



Álvaro Giménez/ Auralaria

  Este reciente premio de Álvaro Giménez nos permitirá disfrutar del primer poemario de un prometedor autor al que hemos citado más de una vez en Mundiario. El Ayuntamiento de Lodosa (Navarra) comunicó el pasado viernes 11 de marzo que el autor alicantino, residente en Orihuela, ganaba el XXXII Certamen de Poesía 'Ángel Martínez Baigorri', correspondiente a la convocatoria del año 2015.
  El premio está dotado con 1.000 euros, además de la publicación de la obra ganadora con entrega de 200 ejemplares a su autor. El jurado destacó que "Atópica" rompía con el tono general del certamen, pues se introduce en la cotidianeidad con un lenguaje prosaico, suelto, diáfano e irónico. Sin embargo, la poesía de Ávaro Giménez se caracteriza también por no renunciar a la nostalgia como motivo inspirador de un tono elegiaco que subyace en su aparente tono crítico y humorístico.

  Álvaro Giménez García (Almoradí, 1974) es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia y profesor de Lengua Castellana y Literatura de Secundaria en la ciudad donde reside, Orihuela. Colabora asiduamente con la prensa, especialmente con el Diario Información de Alicante. Ha realizado publicaciones en distintas revistas como Letralia, El Coloquio de los perros, Caxitán o Realidad literal.

  Destaquemos que su actividad de escritor se desarrolla especialmente en el campo de la poesía, donde ha obtenido diversos galardones (VIII Certamen de poesía de Miajadas, XL Certamen Literario de Cheste, Accésit VI Certamen de Poesía Joven “Florencia Quintero”, Finalista XII Certamen Internacional de poesía “Dionisia García” y del XVII Certamen Nacional de poesía “Adolfo Utor Acevedo”). De igual modo, ha obtenido reconocimientos en la parcela del relato (accésit del XXXII Certamen Literario de San Fulgencio o el XXII Certamen Antonio Sequeros de narrativa) y del microrrelato, (ganador del VI Certamen Internacional Microtendencias del Ayuntamiento de Madrid y del XIII Certamen Literario Los Alcores).
  Junto a su esposa, Luisa Pastor, escritora y profesora de Literatura, ha formado el grupo de poesía audiovisual, Auralaria, cuyos trabajos podemos disfrutar en la siguiente dirección: http://auralaria.blogspot.com.es/
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lunes, 1 de febrero de 2016

La lectura es un ejercicio que está sobrevalorado fuera y dentro de las aulas


  Estoy harto de escuchar la frasecica: "Lo importante es leer". Pues no. Leer cualquier cosa, leer bazofia, no lleva a ningún sitio. Es la peor de todas las acciones humanas después de los crímenes más viles o firmar sentencias de muerte.

  Los alumnos deben leer en clase y en casa para que sepan escribir, para mejorar su ortografía, para ordenar un relato de sus propios pensamientos. Pero son pocos los alumnos que leen con una motivación voraz, porque leer como escribir literatura nacen del azar, de una misteriosa confusión con el mundo que no comprendemos en algún momento de nuestra adolescencia, de la mala suerte de encontrarte repentinamente con Dostoievski y volverte adicto a la literatura rusa. Como sucedió conmigo.

  Pese a los malos profesores de lengua que se tengan, pese a las malas companías, pese a la infelicidad, leer literatura y escribirla tienen su propia biografía contracorriente, contra todo lo previsible en una vida. Saber comprender un texto es necesario para desempeñar cualquier oficio y para defenderte el mundo real donde los presupuestos para el nuevo ascensor de la comunidad los carga el diablo, como la redacción de algunas cartas que llegan de tu banco.

  Pero leer literatura es otra cosa y no beneficia nada que un adolescente lea a Harry Potter si luego a los cincuenta sigue leyendo Juego de tronos o Palmeras en la nieve. No. Más vale que se dedique a la pesca, a zurcir calcetines o a actividades de voluntariado.

  Leer malos libros puede ser una gran pérdida de tiempo, te puede hacer mucho más imbécil de lo que nos programa nuestra propia genética. No quiero que la gente se sienta orgullosa de leer libros que censuran las editoriales con finales felices y personajes infantilizados. No quiero que mis alumnos lean esa bazofia que se promociona con enormes inversiones en marketing. Es una de las formas de adoctrinamiento lobotómico que ha encontrado Gran Hermano.

  "Lo importante es leer". Una leche. Lo importante es saber hacer una buena fabada, cortar el pelo y cambiar un carburador. Leer literatura es otra cosa más peligrosa y arriesgada. Algo prohibido y, ahora que no se prohíbe nada, leer chorradas es un forma de sentirnos ilustrados, consumidores de un redil que gobiernan los de siempre.
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Cómo el sistema educativo español ha destrozado la enseñanza de la Literatura


  La pérdida de lectores tiene diversas causas que trataré de sintetizar en este artículo sin obviar que este desconocimiento de la literatura y de su cualidad creativa por los alumnos forma parte de un desastre global que son los planes de estudio en nuestro país. ¿Por qué nuestros alumnos leen menos? ¿Por qué perdemos lectores en la ESO y en Bachillerato? Una respuesta fácil sería que la aparición de las nuevas tecnologías ha pervertido el uso de la lectura y de la escritura, pero hay otras razones de las que somos responsables Administración y docentes.

1. Las continuas reformas educativas han convertido la enseñanza del castellano en un compendio de teorías y conceptos abstractos hasta el punto de que la creación literaria o las redacciones sobre experiencias cotidianas han quedado solapadas por un estudio en profundidad de la Gramática y la Sintaxis desde Segundo de Primaria. Esta dinámica, cómoda y nada eficiente, no se abandona hasta llegar a la universidad así que nos encontramos con diversas situaciones paradójicas: alumnos de Segundo de Bachillerato con excelentes resultados en los ejercicios de análisis sintáctico son incapaces de redactar un breve ensayo valorando críticamente un texto.

2. Ante los malos resultados de los informes PISA, la Administración puso en marcha urgentemente planes de mejora sin modificar nada de la estructura del sistema educativo y de las diferentes metodologías. A los contenidos gramaticales y sintácticos, se añadió un compendio de lecturas que el alumno recibió como otra tarea más por la que debía ser evaluado. El aprecio por una actividad tan inspiradora e ilustrativa como es el hecho de leer perdió su virtud creativa y seductora. Los alumnos siguen percibiendo la lectura como una tarea obligatoria, punitiva y que no tiene ninguna relación con la creatividad.

3. El buenismo y lo políticamente correcto han llenado las librerías de novelas juveniles "fabricadas" para que los alumnos accedan fácilmente a la lectura y no comprometan éticamente a padres y a profesores. Contenidos moralistas, melodramas estúpidos y llenos de infantilismo, y la desaparición de los clásicos, o sus adaptaciones, han convertido un descubrimiento azaroso y personal como es la escritura en puro mercantilismo que lleva a la literatura a una clase de suplemento del libro de texto, perdiendo su valor de objeto apócrifo, marginal y de reflexión sobre la propia identidad del lector. Laura Gallego ha desbancado a Poe y a Wilde, y eso ha hecho que los alumnos no sean exigentes con los contenidos de sus libros, sino que lo aprehendan como un objeto de consumo más, efímero e intranscendente.

4. La inflación de asignaturas en la ESO, la fiebre de los deberes y los exámenes semanales, y las actividades extraescolares han eliminado el tiempo de ocio que un adolescente podría a dedicar a indagar sobre libros y otras manifestaciones artísticas. Finalmente, el libro de lectura muta en una prueba de evaluación y, cuando el joven dispone de alguna posibilidad para complacer su inquietud como futuro lector, los best-sellers americanos y sus imitaciones pueriles se apropian de esas motivaciones. Por esta razón, tenemos generaciones de lectores adolescentes acomodados en una decena de libros tan insustanciales como los tuits y los SMS.

  En un mundo de obsolescencias programadas para que se forren unos pocos y de unos horarios laborables infinitos, ¿qué sentido tiene la literatura? En un mundo tecnocrático donde la inteligencia se mide por la cantidad de deberes y epígrafes que el niño es capaz de engullir, no de asimilar, ¿qué sentido tiene leer a Poe? Ninguno, porque es preferible que la lectura se aleje de todos aquellos a los que hay que manipular con la mayor tranquilidad.
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miércoles, 28 de octubre de 2015

Una carta a mi madre María Luisa

Una mujer que resurge siempre de sus cenizas




  Mi padre la esperaba en la Vespa delante de la fábrica de telas. Mi padre trabajaba en una humilde pescadería y, además de oler a tabaco, sus manos desprendían ese tufo rancio y severo que el pescado barato fija en la piel para siempre. La piel de mi madre huele a salobre y a humo. Abandonó la escuela por necesidad, porque mi abuela no podía mantener a todos sus hijos. Mi madre fue de esas mujeres que machacó el franquismo lo suficiente para que ahora no quiera recordar nada de aquellas desdichas, salvo alguna imagen fugaz de mi padre con su bigote de Pancho Villa.

  A propósito de mi padre, murió de cáncer cuando aún no había cumplido los sesenta y nuestra casa se quedó un poco sola, pero más sola se quedó cuando mi abuela, quien me educó bajo la disciplina de la honradez y el silencio, murió años después. Ahora mi madre cuida a una señora que sufre mal de Alzheimer y por las tardes acude a clases de francés y a natación. Porque mi madre es una mujer que tiene que resurgir constantemente de sus cenizas.

  Hemos sido felices, es cierto, pero las tragedias se fueron sucediendo y es este momento pacífico de la escritura lo que me permite curar los recelos sobre cuán injusta y cuán verdadera ha sido la vida a nuestro alrededor. La casa de la corredera, el matadero donde mi abuela y mi madre desplumaban pollos y patos, el huerto del Quitoli donde yo apoyaba la espalda en las matas de las habas hasta quebrarlas y las acequias son imágenes que bullen en mí como si urgentemente necesitaran ser interpretadas. Pero es inútil.

  Con mi madre puedo hablar de literatura, porque ella tiene los prejuicios necesarios para entender cuánto significa para mí el hecho de leer y escribir. Cuando comemos juntos en la casa vacía, sin los nietos, tengo la sensación de que, si ella me falta alguna vez, yo estaré más cerca de las piedras y que será un acto egoísta compadecerme, pero hay tanta maldad y tanta belleza en las ausencias que se recuerdan con dolor.
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Frida Kahlo y la sintaxis de la ruptura a través de las imágenes y las palabras



   La sintaxis está rota, pero con una imprecisión salvable que nos permite reconstruir significados de una enorme profundidad; por esa razón, Kahlo se atiene a la pintura como una forma de adecuar el dolor y la aflicción a una textura en la que la palabra es insuficiente. Todo es inalcanzable al mismo tiempo que asumible, por su desgarradora sinceridad, en esos pensamientos fragmentarios que en su Diario la artista mexicana ni siquiera concreta; tan sólo los esboza, pues no hay intención de definir, sino de recrear una voluntad de rendición, de reclamar el amor de Diego y de expiar la frustración y la impotencia de su minusvalía.

  Las páginas del Diario son un desafío para cualquier lingüista, porque la fractura de su sintaxis es la forma de aprehender un mundo compositivo de mayor eficacia que cualquier estructura estable de oraciones con sujeto y predicado. Es el caótico azar de la violencia de morfologías y predicados, sin aparente conexión, lo que dota de una belleza inédita a esas composiciones que el Diario de Frida Kahlo vislumbra como una manera de aproximarse al sinsentido de una vida; un sinsentido que transcurrre con la temeridad de la muerte, con la adicción a la pintura reivindicativa, habitada por fantasmas y desdoblamientos.
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Leyendo a un tal James Salter, el anochecer parece uno de tantos espejismos

   Y sucede que al leer a James Salter uno se encuentra con párrafos como el que sigue: "De pronto oyó que el suelo crujía. Había alguien allí, una silueta bajo la tenue luminosidad, carente de color. Era su esposa. Se quedó pasmado ante la imagen de ella sujetándose la bata de algodón sobre los hombros, el rostro sin atractivos a causa del sueño. Le hizo una seña para que se marchara". Poco más necesitamos para saber que cada fragmento de la prosa de Salter es un espacio donde aparentemente no sucede nada, salvo la intranquilidad de saber que seguimos vivos y que nuestra lectura consume los días que en breve echaremos de menos. Su prosa escueta y concisa reproduce un tiempo que jamás viviremos, una inmediatez ensoñada donde el realismo es tan veraz que parece incierto, irreal quizá. Salter y estos días de septiembre donde los pájaros comienzan a abandonar la antigua sombra de otros que llegaron más jóvenes meses atrás, con otra fuerza, más fulgor, como el que en nuestros ojos se ha evadido.

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Deconstruyendo a Julia Valoria: música de fondo y señorío a lo Truman Capote



   ¿Quién es Julia Valoria? Si Groucho Marx la hubiese conocido habría dicho que era el quinto de sus hermanos, una Margaret Dumond, cuyo sentido del humor la convierte en un andante antidepresivo en vena que te cambia el día cuando te la cruzas. A mí me gusta Julia Valoria porque tiene lo mejor de lo decimonónico, una elegancia no reñida con el artificio ni el postureo, y cierta decantación al mecenazgo que la colma de una soberbia sana y emprendedora. También tiene lo mejor de la posmodernidad; una concepción frívola de los males y una tendencia warholiana que se refleja en la armadura de sus gafas, en el tinte de su pelo, y en su manera de atraer la atención a través de un verbo fácil.

   A veces, cuando se convierte en el centro de atención de alguna reunión de amigos, desprende ese aroma hipnótico que también Capote tramaba desde su escéptica e irónica visión de la vida. Pero Julia no llega a la insolencia de Capote, ni al sibaritismo de Warhol. Sin embargo, Julia no es mundana, es un personaje literario que se mueve entre la trotaconventos de Juan Ruiz y Remedios la Bella, de García Márquez, un personaje cinematográfico que aspira a Matahari, a espía y amante de Bogart, a una Deborah Kerr en La noche de las iguanas. A Julia debo muchas cosas que me han hecho bien, a Julia debo amar con más intensidad el cine americano, el insomnio voluntario por seguir la pista de Cagney y otros clásicos americanos. Julia se escapó de Sunset Boulevart y aún no lo sabe, pero más vale así que Julia se manifieste desde esa irrealidad espléndida y luminosa con la que carga, como si se tratase de una frustrada actriz americana que aún cree que, frente a su puerta, ha alquilado el Gran Gatsby.
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miércoles, 14 de octubre de 2015

La obra de El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, en el Teatro Español


Álex García, Manuela Vellés y Darío Facal

 Hay dos maneras de adentrarse en el teatro clásico; o seguir fielmente los patrones tradicionales de una representación realista, lo más fidedigna posible a la cultura de la época, o recurrir a la transgresión formal de la escenificación, sin alterar la capacidad persuasiva e ilustrativa de la palabra. Nos movemos en el segundo de los casos cuando Darío Facal presenta El burlador de Sevilla en el Teatro Español.

  Si tenemos que ser puristas obligatoriamente en nuestro juicio sobre las obras clásicas, no podremos avanzar jamás en el desarrollo de otras maneras de percibir la experiencia teatral , y en esto parece que siguen algunos críticos, quienes consideran un malogrado atrevimiento esta puesta en escena.

  Pero yo no lo veo así, porque todo lo que se arriesgue a propósito de un texto clásico me parece poco en estos tiempos donde los lenguajes se volatilizan y en los que la multiplicidad de códigos comunicativos exige otras formas de relacionarnos socialmente, y ya no digamos si nos referimos a hacer teatro. Creo que la innovación y el riesgo son las formas más dignas de reivindicación del pasado.

   La versión de Darío Facal se distingue por hacer visible en el escenario todos los recursos y mecanismos que suelen estar ocultos en cualquier función ordinaria; micrófonos, altavoces, calentamiento de los actores, cambios de vestuario, división de actos y escenas. Este efecto nos coloca en una versión metatextual de la obra de Tirso y, aunque en algún momento parece confusa esa heterodoxia de planos y sutilezas, el texto sobrevive y el donjuanismo no se pierde.

  Lo que podría ser una babel de lenguajes está bien resuelto con una intrigante combinación de efectos visuales que no dejan indiferente a quien conoce el argumento de esta obra. Lo que propone Facal no es descubrirnos al Tirso de El Burlador, sino las posibilidades interpretativas y metacomunicativas que el texto ha adquirido con el paso del tiempo.

  La obra se convierte en pre-texto, texto y contexto en el que las omisiones, las elipsis, los monólogos, las danzas y las acotaciones tienen un mayor alcance connotativo para el que asiste a la representación. El voyeurismo y el extrañamiento a través de carteles, música y gráficos refuerzan, por ejemplo, las posibilidades semánticas de las interpretaciones de Manuela Vellés y Marta Nieto. Seguramente esta versión peca de incluir demasiadas referencias plásticas y visuales en una obra que parece más elemental en su origen de lo que muchos quieren ver a través de sus tópicos fundacionales del Don Juan. No obstante, ese afán de enriquecer y matizar no es malo en el caso de la lectura que ha hecho Facal y de hecho los actores la asumen con seguridad, especialmente Álex García como el noble Don Juan.
 

  Los referentes de Valle-Inclán, Buñuel o Hal Hartley se acoplan en esta particular visión del clásico, logrando otra mirada más artificiosa a la vez que fúnebre de un mito que la compañía representa con eficacia, desafiando  la lectura unívoca del espectador ante los textos del Barroco. Merece la pena comprobar tal experiencia.

  Enhorabuena a todos los actores y al equipo técnico por este atrevimiento que nos permite seguir escribiendo, para bien o para mal, sobre el teatro. Voluntad de dioses y calvario de los hombres, que diría un amigo muy mío.

http://www.teatroespanol.es/programacion_teatro_espanol_madrid/ficha/el-burlador-de-sevilla?id_agenda=360
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sábado, 10 de octubre de 2015

Noche en la que acabo bebiendo al lado del señor Preacher y Truman Capote



A mis compañeros del Club de lectura Tháder

  No dejaba entrar la luz aquella figura, porque la luz lo invadía todo y era todo. Un viejo que se apellidaba Preacher simulaba leer la Biblia, porque jamás había ido a la escuela y extraía de las estampillas del Libro Sagrado algunas enseñanzas que no podía tramar a través de las palabras. Imaginaba las sentencias de los profetas, sentado en el porche de casa, esperando a que, cuando llegara la noche, las libélulas preñaran de una claridad puntillosa la seda de azul que cubría los arbustos y los caminos de herradura.

  Permanezco en el parque cerca de mis hijos, releyendo uno de los cuentos más hermosos de Truman Capote, "La leyenda de Preacher", y presiento que la vida pasa demasiado rápida. Este tópico, que no requiere demasiada atención, cuando se experimenta vivamente, leyendo, intentando ponerte en la piel de ese señor Preacher que imagina la voz de Cristo, parece decepcionante con la existencia misma, que deberíamos atrapar con una intensidad mayor que la propia fe de aquel viejo.

  Es cierto que la literatura es una mentira, es una forma de gobernar el destino que no asumimos, señor Capote. Porque la vida es jodidamente versátil y, aunque parezca que no sucede nada, está cambiando todo, el aire del verano, los tonos sombríos de algunas superficies, mis células, un flujo de oscuridad en nuestra sangre, la certeza de que los pájaros, otros pájaros, regresan al mismo lugar todos los años.

  La literatura es jodidamente falsa y la vida es condenadamente hermosa y caótica dentro de su quietud. Y nos merecemos ansiarla como también merecemos ansiar la falsa de belleza de ese cuento de Truman Capote para que podamos despertar algún día con la sensación de haber hecho otras cosas, además de haber vivido con desesperación algunas veces y, otras, con suficiente alivio.
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La literatura de Günter Grass se movía entre un realismo feroz y otro mágico

Günter Grass.

  He leído mucho a Günter Grass y, aunque no soy proclive a los epílogos ni a los epitafios, lamento su muerte y debo decir que su literatura no era fácil y que su contenido nunca me dejó indiferente. Grass tenía esa dureza de sus contemporáneos, esa sumisión al remordimiento de ser víctima y verdugo de las mayores represiones de la historia del hombre.

  El tambor de hojalata no deja de ser una fábula kafkiana de un mundo que se mueve entre la incertidumbre del futuro y una ralea de pobres y míseros que construyen su felicidad inspirándose en la orfandad y en los prejucios. Aún recuerdo algunas escenas terribles y mágicas de esa novela al igual que en A paso de cangrejo. La literatura de Grass tenía la enjundia, el secretismo de saber que hay algo más allá de las palabras, una sabiduría oculta que solamente una estructura caótica y llena de vericuetos puede remediar en ocasiones, aunque para el lector sea una lucha constante contra la comprensión total y las propias carencias de unas valientes traducciones al castellano.

  Siento que se ha ido un gran escritor que vivió como otros tantos con el peso del remordimiento, que encontró en la literatura una forma de polemizar contra sí mismo y contra una Europa que no cree en el olvido. Algunos de sus comentarios le valieron muchos enemigos al final de sus días, pero sí reconoció que el nazismo había sido el mayor de los errores porque, detrás de su maligna ofensiva, parecía bondadoso y enérgico. No lo olvidaré, como tampoco he podido olvidar a Heinrich Böll o a Stefan Zweig.
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¿Es un día inútil el Día del Libro para quienes aman de verdad la literatura?

Venta de libros de humor en la calle Mayor de Alcalá de Henares.

   Hoy no compro libros, ni firmo libros, ni quiero que me los regalen, porque los libros envenenan las mentes, porque los libros nos hacen reflexionar y esos libros últimamente escasean. El sistema educativo, compinchado con el sistema político, se ha encargado de que la literatura y otras manifestaciones artísticas desaparezcan de las aulas. Hay demasiados alumnos que no leen a escondidas de sus padres y demasiados profesores que solamente leen a la Dueñas o a Ken Follet, y durante las vacaciones. Triste sombra de un país que ha conseguido burocratizar la lectura para que leamos novela juvenil y melodramas de mujeres con menopausias de recuerdos y amores cubanos.

   No me interesan las ferias del libro de este día, ni los mensajes sobre el tema, porque las editoriales han conseguido que los libros dejen de ser peligrosos y reaccionarios, y se conviertan en papel de fumar. Perdón por si no aparezco en ninguna caseta ni en ningún acto. Tampoco soy tan importante.

   Mierda de día, si no vais a hacer todo lo posible porque Kafka o Cormac McCarthy cambien vuestra vida para siempre. Y me temo que eso no va a suceder.
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El crítico Javier Puig nos habla de la literatura de Karl Ove Knausgard

Lector apasionado y sensible a cualquier transformación artística de nuestro tiempo, Javier Puig reflexiona en el siguiente texto sobre la obra íntima de Karl Ove Knausgard. Agradeciendo siempre su amistad personal, os brindo con su magnífico análisis sobre una de las obras más controvertidas de estos últimos años.

Karl Ove Knausgård.

  "La última obra de Karl Ove Knausgard es la ingente Mi lucha, una novela autobiográfica dividida en varios volúmenes, de los cuales en España se han publicado, hasta la fecha, los dos primeros. He leído el segundo, Un hombre enamorado, y en él he encontrado un enorme caudal de fuerza literaria.

  Su prosa, sin pretender el preciosismo, alcanza un gran nivel de consistencia. En realidad, se trata de un diario en diferido. Escribe sobre las vivencias de sus últimos años. Describe pormenorizadamente lo que ha visto, lo que ha percibido a través de su conciencia, y lo recrea sobre su reciente recuerdo. Elige lo que es digno de relatarse, lo que es significativo, y no elude sus contradicciones.

  Noruego, Knausgard tampoco omite las críticas a la sociedad sueca en la que se inserta, a ese afán de perfección excluyente. Él no es un ejemplo de ciudadano normalizado. No oculta sus años de afición al alcohol, su pasión individualista. Su relato de la cotidianidad a veces deriva en verdaderos pequeños ensayos, en la increíble traslación de las frondosas e indagatorias conversaciones con su amigo Geir. Corre el riesgo de resultar demasiado obvio y rutinario en aquello que describe, pero solo cae en ese error en una pequeñísima parte de este extenso segundo tomo. Su lectura es cautivadora. Las vicisitudes que narra resultan muy interesantes, bien porque parten de una situación sugestiva o, en otras ocasiones, desnudo de apoyos relevantes, por su fina perspicacia al describir los detalles de una realidad aparentemente superficial pero que sondea hasta las profundidades que le resultan alcanzables.

  Me parece estúpida la forma de expresarse Zadie Smith con respecto a este libro: “necesito del próximo volumen como una dosis de crack”, aunque sea un contundente y llamativo lema para promocionarlo. Yo lo leído con racional entusiasmo, sin mitomanías, sin dependencias, pero reconociendo un gran mérito en él: no me ha importado permanecer en sus 629 páginas muchas horas, en contra de mi proverbial reticencia a las novelas largas. Quizá porque aquí no se trataba de acceder a un demorado desenlace, sino de traspasar cada situación, cada época personal de un individuo que las describe con un gran sentimiento de implicación, con una inmersión que apenas da lugar a consideraciones pretenciosas, pero que consigue una elevación muy honrada. Ayuda que la prosa sea siempre clara, fluyente, que se abra magistral a la captación de una realidad en la que encuentra matices suficientes.

  Nuestra vida no es solo lo que vemos, lo que sentimos, sino lo que pensamos de ella. Es esto lo hermoso y lo terrible, nuestra humana libertad o nuestra apremiante condena. El momento presente está supeditado al pasado, a nuestro recorrido hasta este presente lugar, a sus heridas y a sus sombras; y está intimidado ante las probabilidades del futuro. Nuestra vida puede simplificarse en un hilo de forzadas certezas o persistentes obsesiones, o puede exigirse la introspección, la comprensión de quien se es, eso tan hondo, casi ajeno, indomeñable. Karl Ove Knausgard, sin pretender visiones absolutas, incide en un relato pormenorizado de los hechos cotidianos, en la conciencia de sus sentimientos, en el afán de conocer su ubicación en su evolución incierta. Nos habla de la insistencia en el intento de dirigir nuestra historia, de los límites impuestos por la realidad, los encontronazos con la gente, los diferentes grados de afecto y su extrema volubilidad cuando se ha apostado mucho por ellos. No pretende certezas, se conforma con perseguir ciertas constataciones, con tener los ojos bien abiertos y las palabras bien dispuestas. El hecho de que sepamos que su narración parte de hechos reales tal vez actúe en nosotros de forma decisiva. Para empezar, no nos planteamos su verosimilitud. Nuestra capacidad crítica se centra en la valoración del acierto al elegir los pasajes relatados y en el nivel de riqueza que alcanza su expresión.

  En literatura lo importante es lo que se ve, lo que se siente, lo que se piensa; es decir, lo que el escritor sea capaz de extraer de su conciencia, de su imaginación, para convertirlo, con una indeliberada o pretendida transformación, en palabras que intenten mostrarlo, explicarlo. Lo que se obtiene es un vehículo de transmisión de experiencias, un mundo en el que lector pueda reconocerse o contrastarse. Lo que narra Knausgard es la configuración de una vida a partir de con quién se está, nutrida en la dependencia de a quién aceptamos o quién nos invade. El novelista ejercita el arte de la observación, aquí no necesitada de montajes, de imposturas, de la necesidad de despistar, sino volcada tal cual en lo que se puede, limitando las elaboraciones.

  No sabemos a qué profundas capas de intimidad ha descendido Knausgard. Supongo que se ha quedado a mitad de camino y ha omitido los más secretos e impertinentes sentimientos pero ha desvelado la realidad humana circundante captada por su perspicaz mirada. Esto tan solo habrá producido dolientes damnificados. Esos seres cercanos: amigos, esposa, suegra, padres, colegas, que, como todos, se sostienen sobre una autoimagen que se han forjado y que pretenden reafirmar en cada encuentro, en cada narcisista imaginación. Recibir el contraste de la sinceridad ajena, aunque no sea despiadado ni brutal, sino tan solo una serena matización, supone un impacto, una destrucción parcial de la propia idea de uno mismo, que cabe encajar con voluntad de renovada recomposición o que puede revolverse en una hostilidad inflexible. Tal vez no sea ético exponer intimidades ajenas como medio de consolidar una carrera literaria o para ayudarse a construir una reflexión sobre la vida propia. Yo no lo haría. Karl Ove Knausgard nos habla de los demás solo en aquello que a él le afecta. Los protagonistas no son ellos sino él mismo. No pretende profundizar en sus psicologías pero tampoco en las explicaciones definitivas de sí mismo. A veces lo parece, porque las sutiles descripciones del entorno y de su sobrevenida interioridad parece que contengan una intrínseca valoración, pero esta apenas ha sido buscada, sino que ha devenido en ulterior imagen, tan incisiva como tamizada por una humilde indulgencia.

  Lo que encontramos en este libro es una prosa de sobria vehemencia, la expresión de una vida pensada que se nos transmite a través de la enriquecida visión que la buena literatura es capaz de desplegar. Knausgard nos invita a conocer su vida, nos la cuenta tal vez buscando un lector que la comprenda mejor que él mismo. Y su historia, aunque recorramos caminos distintos, nos incumbe, porque nos sentimos muy próximos en el mismo laberinto de la vida".
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jueves, 4 de junio de 2015

La revista literaria Empireuma

  Con Miguel Veyrat y Concha García de colaboradores 


Revista literaria Empireuma

  Escuela de muchos artistas y creadores literarios, tras varios años de silencio, la revista Empireuma vuelve a publicarse con un número especial en el que colaboran importantes poetas nacionales. Miguel Veyrat y Concha García participan con algunos textos inéditos junto a otros autores también  de gran relevancia artística por su trayectoria a lo largo del tiempo como Noni Benegas, Dionisia García, Rafael Morales o Catalina Iliescu.

  La filosofía de esta publicación oriolana se inspira en la búsqueda de una calidad máxima en sus escritos y que sea representativa de las diversas corrientes estilísticas que en poesía y ensayo emergen con fuerza no sólo en nuestro país, sino también en otros continentes. Un culto a la estética simbolista, a las raíces profundas y enigmáticas del proceso creativo, lejos de la frivolidad y de modas efímeras, Empireuma siempre ha querido recuperar el valor chamánico de aquellos escritos que persiguen la transcendencia, además de la emotividad.

  Un sincretismo entre pintura y creación rebosa en sus páginas y su constante independencia estilística ha hecho que sobreviva durante mucho tiempo frente a adversidades políticas y económicas. Como expresa su editor, José Luis Zerón en la Introducción a este número 34: "Hay quien nos ha reprochado la excesiva atención que prestamos a las vanguardias históricas y al presente más inmediato, lo que hace suponer que descuidamos la tradición. Creo que los que así piensan han hecho una lectura superficial de la revista. Desde el primer momento logramos conciliar dos orientaciones que se vienen considerando opuestas y que nosotros estimamos complementarias: clasicismo y modernidad. Sin traicionar el espíritu heterodoxo y hasta trasngresor que caracteriza a Empireuma, publicamos traducciones de poetas latinos como Lucano o Catulo, estudios sobre los trovadores y los goliardos y ensayos acerca de autores desconocidos como el poeta malagueño Luis Martín de la Plaza". Ilustradores como Pepe Aledo y reseñas de textos apócrifos a cargo de José María Piñeiro o Javier Puig nos conducen a una revista que va más allá del fanzine o de una mera antología de autores reconocidos.

  Empireuma es una tendencia, una forma de percibir el acto de escribir desde la ruptura, sin alejarse del clasicismo, una denuncia en su conjunto contra los vicios de una posmodernidad que frivoliza con la literatura que nace de un compromiso con el esfuerzo. Enhorabuena a este nuevo número y orgulloso de estar entre estos grandes autores.
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sábado, 21 de marzo de 2015

La frivolización de la cultura contribuye cada vez más al cierre de librerías

Mi artículo en Mundiario sobre debacle en el que se está convirtiendo la venta de libros.

Cita de Vargas Llosa, autor de La Casa Verde.

   En un artículo anterior señalaba posibles causas de la disminución de lectores que, en muchos casos, nada tiene que ver con la aparición de las nuevas tecnologías. Quisiera añadir otros matices contextuales que participan de esta debacle en el que se está convirtiendo la venta de libros.

   La inmediatez y la hiperestimulación de Twitter, Facebook y los grupos de WhatsApp han acabado con los tiempos muertos en los que se leían libros de bolsillo. Personalmente, he leído muchas novelas y libros de poesía en autobuses y trenes durante trayectos que no superaban la media hora. Al igual que yo, lo hacían cientos de estudiantes y trabajadores a primera hora de la mañana. Esa tipología de lector ya ha desaparecido. El dispositivo móvil ha sustituido al libro de bolsillo en esos periodos de tiempo y, por tanto, ha desaparecido un lector pendiente continuamente de novedades y revisiones de clásicos que devoraba libros continuamente.

  Se añade que, ante esta situación, la profesionalización de escritores, agentes, representantes y asesores de marketing ha contaminado involuntariamente la naturaleza azarosa, caótica, trágica y desesperada que tiene el acto de creación en sí. La marginalidad del escritor y su testimonio de exclusión social ya no existe tras la mercantilización del producto y, si existe, es para convertirse también en objeto de consumo. Lo que se produce por tanto es una inversión de roles donde el escritor trabaja para un lector modelo que consume a través de la publicidad y de la promoción. No es el lector el que se interesa por descubrir textos profanos e innovadores yendo a librerías o bibliotecas. 

   Al mismo tiempo, vivimos una época donde la neotelevisión, una televisión focalizada en el reality, ha devaluado la importancia de la cultura como un factor determinante en el prestigio social y formativo del individuo. Películas a un euro en suplementos periodísticos como reclamo de venta o libros por entregas a precios ridículos en tantos y tantos diarios han logrado que la creación se advierta como un trabajo insignificante, rápido y efectista, que carece de valor de esfuerzo y trascendencia.

   Estos hechos están ubicados además en un escenario político y social lleno de patetismo porque se infravalora la formación intelectual como garantía de éxito profesional y social. Porque los condicionantes que promueve la neotelevisión son otros y las editoriales se están acomodando a formatos televisivos con la mejor de las intenciones seguramente, pero cabe preguntarse si ésa es la literatura con la que crecimos muchos: Vargas Llosa, Dostoievsky, Conrad, Lessing, Rosalía de Castro, Panero, Poe.

   Malos tiempos para la lírica donde la lectura en el sistema educativo se está convirtiendo en una prueba de fuego para alumnos y profesores, más que de descubrimiento y de disfrute, porque los informes PISA presionan. Porque todo el mundo, intentando buscar soluciones, lo está jodiendo todo mucho más. Veremos qué pasa. Pero los que escribimos andamos muy desanimados.
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viernes, 20 de marzo de 2015

Por qué cierran las librerías en España

Mi artículo en Mundiario sobre los posibles culpables de este desastre.

Cita de Jorge Luis Borges, autor de El Aleph.

   La Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) en su informe Observatorio 2014 afirma que, en este país, se cerraron más de 900 librerías. Para los que creemos en la redención del ser humano a través de la lectura y de la escritura, es una noticia terrible.

   Las causas siempre se focalizan en el sector de las nuevas tecnologías y redes sociales. A la crisis económica ha acompañado una crisis en el sector y, conociendo como conozco a muchos libreros y después de trece años en la enseñanza pública, quiero destacar otras causas a las que no se le están dando la suficiente importancia.

   El coste de libros de texto en este país obliga a que padres y madres no vuelvan a pisar una librería o secciones de grandes almacenes durante meses. Como consecuencia, muchas familias, así me lo comentan, establecen como único presupuesto en libros de papel aquellos que obligatoriamente el alumno debe usar en clase. Por otro lado, la falta de una reforma educativa significativa ha improvisado planes de lectura en los que los alumnos leen obligatoriamente clásicos y novelas juveniles, si no desean suspender la materia. Se crea así una animadversión hacia el libro como encuentro azaroso, vocacional y maldito entre el adolescente y los enfants terribles de la literatura.

  No podemos olvidar, además, que ha desaparecido de los círculos adolescentes y universitarios importantes debates filosóficos y estilísticos donde predominaba la discusión entre autores y corrientes, así como las fobias y las filias por géneros, temas y formas filosóficas de percibir el mundo. Las nuevas tecnologías y un marketing agresivo por parte de multinacionales han obligado a que el lector activo desaparezca y se convierta en un consumidor de cuatro o cinco libros, generalmente anglosajones. No hay diversidad de lectores, sino que el best-seller se ha convertido en la única forma de inversión por parte de algunos grupos editoriales, dejando de lado textos innovadores, arriesgados,políticamente incorrectos. 

  Salvo Anagrama y Seix Barral, de este cultivo de nuevas formas narrativas se encargan editoriales pequeñas con difícil distribución. Como las editoriales son empresas, ante las cifras alarmantes del descenso de la demanda, las de mayor distribución apuestan por lo seguro: un libro que no incomode desde el punto de vista temático, de género perfectamente definido, y cuya estructura no sea demasiado compleja. Un libro consumible. Dudo mucho que en este país ahora mismo pudieran publicar Francisco Ayala o Miguel Delibes, o un Stefan Zweig.

  Reseño decenas de libros cada año en diversos medios y he llegado a la siguiente conclusión. En España hay autores que escriben muy bien, que cuidan el lenguaje, que prometen mucho entretenimiento, pero sus obras no profundizan en la crisis social y política a la que nos enfrentamos en estos tiempos. Escasean los libros de compleja introspección sobre los males que nos aquejan en nuestro presente, males mediáticos y tecnológicos, problemas éticos y psicológicos que lentamente van definiendo las luces y las sombras de nuestra época. Y ahí hemos perdido a lectores del presente y lo que es peor a futuros lectores que no diferencian entre la calidad de un libro como encrucijada vital y una serie televisiva de ficción.

  Posiblemente, la literatura haya muerto de éxito. Se publica más que nunca y se lee cada vez menos. Porque, pendientes de que la piratería y las nuevas tecnologías no sustituyeran al libro, hemos matado al lector comprometido con su mundo y al autor que generosamente buscaba en la escritura el exorcismo de sus preocupaciones sinceras.

  Pero, bueno, habrá que seguir creyendo. Ahí están Jesús Carrasco o Martínez de Pisón.
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lunes, 16 de febrero de 2015

Jonathan Demme, Werner Herzog y una referencia a las Geórgicas, de Virgilio

Mi artículo en Mundiario sobre las influencias estéticas que provienen de la literatura.

Iceberg en la Antártida.

   En junio de 2008, el director de El silencio de los corderos, Jonathan Demme, entrevistó a otro gran cineasta como es Werner Herzog. Entre muchos de los aspectos que se trataron en aquella sala del MOMA, llamó mi atención que Herzog asegurara que todas sus influencias estéticas provenían de la literatura.

   Con motivo del estreno de su documental sobre la Antártida, Encuentros en el fin del mundo, el director alemán hizo referencia a las Geórgicas, de Virgilio, como fuente nutricia de esa necesidad de buscar los orígenes del hombre en la vastedad de un territorio como el continente de hielo. Esta anécdota no deja de sobrecogerme pues vincula necesariamente la visión estimulante y poética de un artista como Herzog con esa celebración dichosa que el poeta romano manifiesta en sus versos, donde la labranza, la apicultura, la recolección y la siembra son actividades humanas que nos reconcilian con los dioses.

   El terreno blanco, inhóspito y agreste de la Antártida no deja de ser una metáfora de lo inefable, de lo insignificante que somos en esta superficie terrestre, pese a nuestros progresos. La poesía de Virgilo deja claro que el hombre le debe a la tierra todo, que la domesticación y la agricultura son acciones que nos han permitido subsistir y que milagrosamente la palabra y la imagen existen para agradecer a esa vastedad, a esa inabarcable extensión de lo terrestre y lo marino, la belleza de todo cuanto contemplamos, de todo cuanto destruimos.

   Aquí refiero algunos versos de Virgilio a modo de tributo a ese trabajo de Herzog que profundiza en la suntuosidad de las simas, la cual, como la propia escritura, aún nos resulta inaccesible: "También los árboles frutales tan pronto como sienten el vigor de sus troncos y poseen fuerzas propias se estiran rápidamente por su impulso hacia las estrellas y no precisan nuestro concurso. Del mismo modo se cargan de fruto entretanto los bosques y los escondrijos naturales de los pájaros enrojecen con bayas sangrientas" (pág. 115, de Géorgicas, Madrid; Alianza Editorial; 2003).
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martes, 10 de febrero de 2015

Cuando la actriz Ava Addams vence mis obsesiones con la literatura moderna

Ava Addams.

   Lo tengo que confesar y es que la belleza de la mujer, aunque se haya modelado en quirófano, me atrapa como esa metáfora de cartón piedra que encuentro en algunos poemas de Rubén Darío. Algunos días, cuando la concentración falla y la prosa de Mark Twain me resulta irreconducible, ella se aparece como esa poderosa Afrodita que encarna los siete pecados capitales. No quisiera, en este momento de placentera imaginación, dejar de citar a Virgilio cuando en su Bucólica VI escribe lo siguiente de la musa Talía: "Ella se dignó la primera jugar con el verso siracusano (...), y no se sonrojó de habitar los bosques". Qué delicada forma de encubrir la pasión y el sexo -como hago yo ahora con Ava Addams- para que su rastro pornográfico no sea más que una virtud doliente que tarde o temprano dejará de lado.

   Pero es ese frívolo tratamiento del cuerpo en el porno, en el suyo particularmente, la superficialidad de ese lenguaje violento que expresa su cuerpo desnudo, el que deja de lado mis lecturas profundas. No puedo esperar otra cosa de esta vida impura que me regala algunos momentos donde las diosas griegas se transforman en taberneras voluptuosas o en mujeres insomnes que desfilan sobre la barra en la que se derrama el néctar y la cerveza. Así que, cuando la busco interesadamente, Ava Addams es el antojo saciado que mejor se describe, si abuso de la prosa de Javier Marías: "Es una adicción instantánea si la curiosidad se despierta, un veneno más irresistible y fuerte que el de obrar y participar. (...) si contempla, se lo dan todo resuelto, como en una novela o en una película, sólo aguarda a que le enseñen los hechos o cuenten los hechos que no han sucedido, (...)". Yo soy ese contemplador para ti, Ava Addams. Recuérdame leyendo a Javier Marías mientras clavas tus tacones en el apartamento imaginario que he soñado para ti sola. No me saques de tu infierno de Brazzers.
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domingo, 4 de enero de 2015

La piratería ha conseguido que la literatura se convierta en otra frivolidad

En Mundiario mi reflexión sobre la piratería.

La piratería de libros.

   Entro a un Corte Inglés y, en la sección de libros, encuentro la saturación, la repetición de tomos, las trilogías, portadas espléndidas, de diseños talentosos y preciosistas, aforismos en las solapas de otros autores que recomiendan estos títulos nuevos que pueblan metros y metros de toda una planta, decenas de premios, carteles de descuentos, pero la gente pasa, pasa olímpicamente. En media hora no he visto a nadie comprar libros.

   La última novela de Ken Follet aún va por su segunda edición y los presentadores de televisión llenan dos expositores. Un amigo librero me comentaba hace dos semanas tomando café que el negocio está hundido y la causa no es la crisis económica solamente. No es que a él le vaya mal, le va a todos mal. La milonga de que la piratería es una forma de reivindicar la cultura está hundiendo a las librerías y a las editoriales. Los suplementos culturales citan como mejores libros del año a aquellos que, con su apellido, aún brindan oportunidades de ganar dinero a algunas editoriales, porque ya son una marca. Pero me cuentan que la última novela de Javier Marías, Así empieza lo malo, ya se podía descargar gratis a la semana siguiente de ser publicada.

   Lo peor de todo no es el hundimiento del trabajo de edición, sino que, tras la piratería, está la frivolización de la cultura. Las reflexiones literarias, los ensayos, las opiniones, la poesía, lo filosófico, la revisión histórica se están convirtiendo en una realidad infravalorada. Con la literatura aprendemos de nuestra conducta, de nuestros propios males.

   Lo peor de todo, además, es la respuesta de muchos escritores; escritores que comienzan a escribir libros demasiado sencillos, prácticos, de rápida lectura, voluminosos para justificar los veinte euracos de la compra, con buena redacción, pero cada vez más asépticos, sin riesgo, sin la conmoción que necesita este mundo para que estemos jodidamente despiertos. Lo hacen porque temen no publicar, porque piensan que el libro es recuperable aún desde el mercado. Y no es así. Los libros, como los modales, empiezan en la casa y mejoran en la escuela. Pero ese es otro debate que ahora no toca.
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