lunes, 25 de mayo de 2015

Pasaje de la noche, de Miguel Veyrat

Mi reseña en Mundiario sobre el último poemario de Miguel Veyrat


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   No es fácil este ejercicio de análisis que, como algunas veces he reseñado, cuando nos adentramos en la obra de Miguel Veyrat, se queda en la mera superficie. No es fácil este ejercicio que el poeta sevillano me impone, después de que mi vida de limitado creador se cruzase en algún momento con la suya, y me detuviera a leerlo con una devota inclinación a escrutarlo dentro de mis posibilidades.

Pasaje de la noche, editado por Barataria, retorna a ese poeta que utiliza las alegorías para cerciorarse de que el texto literario no deja de ser un texto entregado por los dioses, cifrado en la lentitud aparente de un universo que nos sobrecoge y que no deja de expandirse.

   Lo que consigue Veyrat en sus poemarios es que el simbolismo sea ese medio de expresión que desafía cualquier certeza sobre nuestro mundo, un profético desenmascaramiento de lo que se oculta tras lo consciente y lo voluntarioso. Pasaje de la noche no renuncia a ese Miguel Veyrat sobre el que tantas veces me he pronunciado, pero aparecen nuevos rasgos formales y temáticos en este poemario que lo diferencian significativamente de anteriores trabajos como Poniente.

  En primer lugar, Veyrat no se resiste a la muerte, a la que contempla como liberación espiritual, del ser, de la esencia material que apresa esa conciencia creadora que continuamente vivifica al hombre contemplativo. El mundo que lo inspira, el mundo que subyace bajo el texto poético, no debe ser, sin embargo, el mundo contemplado, sino el mundo redimido, aquel que la palabra transforma por necesidad para evadirse de su breve consistencia, de sus previsibles razonamientos, de su limitada horma.

  Esa necesidad de buscar, más allá de la realidad, lo que es propio del último hombre y asumirlo como materia que ha de ser transformada en una palabra exorcizada, lejos del “orcismo” (entendido como “ortodoxia o mandato”), revela el interés que el poeta tiene por desposeer-se del mundo, de la realidad, no aprehendida como una entidad vulgar, sino como un hecho agotado en sí mismo y predecible: “Y sin embargo será preciso vivir por ahora/ en el mundo real de abajo -ahí/ donde azota la soledad el dolor el crimen/ el hambre la traición como en olas/ de la mar humana que se estrellan/ contra la costa para regresar sin fin/ y disolverse tras recitarlo todo en la órbita/ luminosa de asteroides de cometas/ confirmando la lucífera perfidia de Apolo” (pág. 89).

En segundo lugar, los signos apocalípticos rezuman en diferentes versos, como si ese pasaje de la noche, imitando genialmente a Novalis o a Blake, necesitara de la serena mirada de una criatura que gira la cabeza y divisa con cansancio y escepticismo el castigo sobre Sodoma, sobre una realidad de la que se huye porque es demasiado evidente, demasiado visible y fulgurante. Las apariencias no son versátiles. La palabra sí lo es: “Las obras del hombre son también/ seres para la muerte. No serán/ siquiera fuegos/ fatuos por los grandes espacios/ siderales. Pequeñas/ pompas de jabón grasiento/ estallan desde el jadeo/ insuflado a su caña/ gris (...)”. (pág. 18).

  Si el mito ha sido en la obra de Veyrat una forma expresiva de rotundidad para demostrarse a sí mismo que la palabra es origen y desenlace de una plegaria que los hombres cantan a los dioses, una justificación de los males que la propia divinidad impone a la comunidad, en Pasaje de la noche, encontramos un regreso al mito como celebración de la dicha por haber vivido en un tiempo que el poema encierra en su propia anatomía. El mito es verdad del tiempo y un horizonte de expectativas donde lo apocalíptico reduce el mundo a cenizas para elevarlo de nuevo en su flujo de fuego constante a otra esencialidad. La palabra es tiempo también y el mito como tiempo necesita los referentes para asumirlos como materia de creación y destrucción.

En el caso de Pasaje de la noche, toda esa materia resurge como nostálgica puridad de lo que existe. Las cosas han de regresar a su estado original y la poesía concede la oportunidad de que algo así suceda cuando leemos textos como el que sigue: “El poema es ahora el templo de los que se fueron./ En él Orfeo está flotando/ cuando se rompe el pacto de las tensiones entre el/ gran arriba y el gran abajo/ consagrado a permanecer. La levedad burlada del/ Hades cayó por su propio/ peso aunque amor humano se llamase. La tiniebla/ no lo reconoce. Con el día/ como único destino el poeta vuela condenado a la/ hoguera deslumbrante sin/ el goce fresco del misterio -la penumbra de Eros” (pág.65).

  Qué queda tras la lectura de una obra que transfigura el mundo para consumar toda una filosofía que califico de existencialista, puesto que no se libra de preocupaciones universales como la condena a sobrevivir. Qué queda. No es la añoranza, ni la emoción, lo que conmueven en Miguel Veyrat, sino esa certeza de que todo es incierto y mutable, aunque todo ha de regresar a la misma corriente, a las mismas aguas oscuras y purgativas. No puedo estar más de acuerdo con las palabras de Isabel Paraíso respecto a ciertas literaturas y Veyrat no escapa a esta sentencia: “El hombre normal, en el curso de su evolución, supera ese estadio infantil. Lo supera, pero el recuerdo de su temprano deseo permanece en su inconsciente. Por eso ante aquellas personas que han llegado a una realización de esos deseos arcaicos, retrocedemos horrorizados con toda la energía de la represión, acumulada en nuesto interior desde la infancia”. 

  Es necesario regresar a la poesía de Veyrat para lograr el exorcismo, para sobrevivir y sacar a la luz aquellos impulsos del niño que solamente desea jugar con la arena, con la minúscula e inmensa arena, feliz por su ignorancia congénita, por no descubrir más que la verdadera irracionalidad que deslumbra antes de ser adulto. Otra apariencia en el crisol de reflejos que concierne a una obra como Pasaje de la noche.

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