jueves, 9 de octubre de 2014

No quedará nada de nosotras bajo la sombra de estos tilos



   No quedan rastros de otros seres fabulosos. Las palabras son un reflejo de lo que alguna vez quisimos escribirnos la una a la otra. No hemos sido sinceras porque las palabras son otras máscaras que han censurado nuestros sentimientos y nos han relegado a esta enfermiza melancolía.

   Es inútil el miedo cuando los cuerpos que rozamos dejaron de ser una frontera entre la vida y los recuerdos. No he querido que confundas la luz con los fondos barridos por las corrientes donde los cadáveres de fosforescentes criaturas acaban por extinguirse. Hace años que la nieve no cae masamente sobre nuestros párpados.

  Ayúdame a seguir en esta realidad, en su turbia consistencia, bajo el tilo donde me besas con pudor. Las aguas también envejecen y la claridad surca el joven arco de tu espalda. Deja que mi mano acaricie la tuya y que las garzas fluyan hacia la lejanía. Debemos re-accionar para que, por primera vez, nuestras bocas presientan el abrazo del aire antes de fundirse.
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Un fragmento de eternidad, orfismo y poesía en la obra de Gregorio Muelas


   De nuevo, como sucede en esos momentos de soledad en los que el lector se refugia en los textos para buscar maneras de conocer la realidad más allá de un discurso ordinario, sobrecoge la transgresión que el lenguaje, con su versatilidad, es capaz de lograr. Lo que se revela es un conocimiento simbólico que, para G. Durand, por ejemplo, no está reñido con lo racional. En el caso de la poesía de Gregorio Muelas Bermúdez y su poemario Fragmento de eternidad, editado por Germanía, nos vemos abocados a esa tensión que señala Durand.

   Por un lado, sus versos nos sumen en paradigmas oníricos, propios de ese lenguaje cifrado que el autor ha trabajado duramente desde disciplinas como la música: "Nada/ me hiere más que una mirada indolente,/ que un silencio, que un adiós. Pero sé que todo es final,/ que todo se acaba,/ que sólo existen los instantes/ y que cada instante,/ cíngulo del tiempo,/ es un fragmento de eternidad" (pág. 15). Por otro lado, asistimos a esa eclosión de sentimientos que se mueven entre la nostalgia, la evasión de este mundo o sombra del paraíso, siguiendo a Aleixandre, y una inquietante búsqueda de nuevos mundos en los que inspirarse para soportar la propia existencia: "El ayer que parecía olvidado/ retorna con cada nota apenada, qué lenta y serena melancolía" (pág. 28).

  Lo que me atrae de su lírica es esa heterodoxa expresión donde lo lingüístico y la música quedan a merced de la voluntad de un poeta que convierte la elegía en una visión puramente instintiva, como si una perpetua nostalgia se apoderara de su ser y su escritura fuese la acción de un espíritu que redunda en una visión del hombre en continua lucha consigo mismo. Un hombre que ha de deshacerse de los dioses y de las ataduras de las convenciones para aspirar a ser integrado en un adánico concepto de sí mismo, resuelto para prosperar en la dicha, aceptando sus limitaciones y confiando su felicidad a la palabra que explica el mundo y lo purifica: "Después de Auschwitz/ se escribe poesía/ para decir con eco inextinguible/ que la muerte no es la única salida" (pág. 42).

  El orfismo conmueve en su forma de asumir la naturaleza y de recrear los espacios como pharmakon, como sanación. Asume Muelas la labor chamánica de la música y del verbo para producir un lenguaje rico en adjetivación, cercano a la estética de los novísimos, a unas metáforas que no renuncian al clasicismo y que declaran ese sentimiento de zozobra, de inconformismo, ante un mundo detenido en el hastío y en la destrucción de sus semejantes: "Arcángel negro que haces del olvido/ tu vil arma para tiranizar/ al hombre, que azorado y disciplente/ clama a la eternidad enfebrecido/ ante una torre erguida para izar/ tu enseña con crespón, onmipotente". (pág. 20).

  Existe a lo largo del poemario una sensación de frustración ante la vida, de continua sensación de pérdida de instantes que jamás regresarán. Esa sensación se contempla con los ojos de una mortal existencia, porque es evidente que el ser humano no es consciente de su fragilidad, de la brevedad que comprende su propia vida; solamente la escritura, ese canto desconsolado que Muelas Bermúdez encona, procura que esa biografía sea asumida desde la intensidad, no como placer, sino como conciencia del existir, como amarga y al mismo tiempo dichosa percepción de la muerte. Un final que en su imprecisión, en su misterio, juzga si nuestra vida ha sido derrota o definitivamente un fragmento de eternidad: "Nada, salvo el tiempo, me da miedo/ y desde el desasosiego/ de los días que se marchan sin remedio/ quiero soñar con amor,/ aunque mis manos se queden frías/ y vacías/ después de tanto esperar/ a que la vida desentristezca/ los ridículos recuerdos/ que el corazón no supo olvidar". (pág. 43).
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Impresiones sobre un camino que he recorrido con mis hijos al atardecer


  Hemos cruzado el umbral y la arena ha llenado los depósitos. El óbolo cayó al vacío y las hogueras prenden en las cumbres. Has comprobado que los zorros se sumían en la oscuridad que palpita tras el cáñamo. Mis hijos me cogen de la mano y el sendero no concluye. La casa de las gaviotas está sospechosamente encendida. Una serpiente ha dejado su muda entre los rastrojos. Uno de mis hijos prueba el bocado de sangre y las cenizas se convierten en brasas.

   Los hombres que adiestraron a estos caballos enfermos han emigrado a tierras prósperas. Eran los tiempos hermosos de las cosechas. Ahora que la luz se apaga y nos cuesta respirar, mi hijo más pequeño me acerca la llama. Le tiemblan los dedos. Cuando soplo, la llama sigue viva. No estoy contigo ni con nadie, aunque pueda caminar despacio. No estoy muerto. He querido que mis hijos viesen mi rostro consumido, su lívido reflejo sobre las aguas. ¿Qué me aparta ahora de la muerte? No eres digno de que entres en mi casa así que los perros persiguen la sombra que se pliega en otros caminos colindantes.

  No hay más eco que este fuego recién incendiado. No basta que mis manos intenten recoger más frutos podridos. La noche nos ha consagrado a aceptar la pérdida.
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miércoles, 8 de octubre de 2014

Cuando Lisa Ann y yo conversamos sobre la decadencia inexorable del dadaísmo

Lisa Ann.

  Joder, Lisa, qué le ha pasado a los lenguados. Estaban vivos anoche y ahora los encuentro chamuscados en el centro de una fuente de porcelana.

  Tu cocina y tu sexo son automáticos como esta escritura que elaboro para ti. Odias el dadaísmo y a los príncipes azules. Te gusta ensuciarte y que algunos participios estímulen tu libido. Sueñas con ogros, con la limusina de Cosmópolis y con en ese espantapájaros que representa al amable torturador junguiano que necesitas para elevarte desde mi pelvis.

  Las cosas podrían funcionar de otra manera, pues podríamos ser más simples, mecánicamente perfectos, sin aristas, con una personalidad que abuse de las estructuras de oración simple. Pero no es así, nos gustan los recovecos, ensimismarnos con la quinta de Mahler, Lisa, Lisa Ann, mientras bailas despacio, sin el deshabillé, encima de la barra.

   Las gaviotas mueren en las cornisas y, en los jardines donde vagan los jubilados y los galgos, los fresnos desaparecen en la noche por combustión espontánea. Tu cuerpo se abraza a la oscuridad del mío y tu lengua bífida busca en mi oreja los versos que escuché hace años de la boca del propio Dylan Thomas. Una experiencia mística como ese café junto al chamán de la tribu, Buk, el anciano manco que canta en el metro y lee las manchas de humedad. Pero nada de eso cambia mi afecto hacia ti, tu memorable cintura de criatura proteica que se adapta a todos los relieves y se transforma en la más increíble trepanadora de sueños.

  Porque solamente imagino tu rostro bajo la ceniza de los recuerdos que me han traído a este escritorio. Lo que escribo es porque tú me guías con tu hilo invisible hasta un recóndito desenlace y el laberinto imparable de esta ciudad, a las afueras de Baltimore, está lleno de cazadoras furtivas que me desnudan con la mirada. Algunas son preciosas muñecas fabricadas en clínicas domésticas. Hablando de otra cosa: no pienso devorar esos lenguados y el aparador que trajeron los enanos esclavos me parece demasiado neorromántico. Porque tú odias lo romántico y lo neo. Te va el corsé, el látigo y ese gel con el que nos protegemos de las picaduras de las medusas.
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Ningún pensamiento de muerte puede ser tan ofensivo como los propios recuerdos

  

  Que tus manos nos evoquen nuevamente en ese poema de Paul Celan. Que tus ojos reposen sobre este trazo interrumpido. Alguien ha escrito "herida" en la piel de mis muñecas. Que la letanía del río suceda a cada uno de nosotros. La voz, sola y última, perdure más allá del árbol. Ningún pensamiento de muerte ha sido tan ofensivo como ese recuerdo que evoco junto a otros enfermos. Nuestras manos atraviesan el muro blanco y los pájaros, ausentes como en otro tiempo, podrían ser esas briznas que desprenden suavemente los tilos. Paul Auster está conmigo.

  Buscamos en la nieve las huellas de los ancestros, pero todo ha concluido tras la mirada que alcanza el incendio del crepúsculo. Las aguas del río enfrían tu pecho y vivimos tras la escasez de luz. No sabemos por qué vivir en esta inalcanzable orilla. Los otros nos han mentido. Nuestros cuerpos no son hermosos y merece la pena esperar. La muerte es la arena que cubrirá nuestra boca y el hilo de claridad será suficiente para que no luchemos de nuevo.
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Conviviendo con el mundo de Solaris

Cuando Tarkovsky cambia nuestra vida



   Los recuerdos soberanos han gobernado la nave. Solaris es una frontera que divide la realidad de otra más maleable, quizá aún más verdadera. No importa ya ese pensamiento mudo. La novela de Lem es una inmersión hacia los orígenes que, en otra vida, se tramaron para que todo fluyera en esta existencia con lentitud, con sonoridad.

   La mujer abandona mi cuarto. La vi morir hace años cerca de mí. Los aposentos alguna vez ardieron y el extenuado perro camina por una cornisa hacia la niebla que se sumerge en el oleaje de explosiones solares. No soy un visionario. No soy el hombre que come con las manos y descansa sobre el lecho de paja. La mujer entierra todos mis sueños con un mantra sigiloso y la nave avanza hacia derroteros inescrutables. Tarkovsky dirige su obra maestra para que el arte nos incluya en su maremágnum de estímulos y de pérdidas. Porque, en verdad, hemos perdido demasiado viviendo en la aceleración, en la desenfrenada incandescencia que progresa más allá de nuestros ojos.

   La ciudad nos ha destruido. Busco al chacal que vaga por las carreteras. Solaris me aguarda para morir. Solaris es la esfera donde mis pensamientos más elementales desembocan. El espacio existe en mi interior. Las estrellas y la antimateria son otro sueño que provoco en el lecho mientras mi pulso decrece y los hombres con cara de gaviota me sumergen en el plasma. Las palabras son invenciones. Las palabras no necesitan ya la exactitud. La poesía sobrevive siempre. Tengo miedo, pero el miedo es también una sensación que padece otro que no soy yo.
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Buscando en la escritura automática razones para sobrevivir


   El mascarón. Mirad el mascarón cómo viene del África a New York. Giro la cabeza y descubro al hombre de pelo blanco que carga con sus intestinos en una bolsa de plástico donde se anuncia una clínica de cirugía estética. Detrás de los movimientos de cada sonámbulo hay una liturgia. En los coches, violadores de tumbas escriben canciones inspiradas en algunos versos de Allen Ginsberg. Sasha Grey desfila sobre las brasas, sobre los restos de contenedores incendiados, molicie de los maniquíes que los niños tripudos rociaron con gasolina.

  Tengo miedo a los obreros necrófagos y de que las jóvenes, con sus esplendentes sujetadores deportivos, recojan los excrementos de perros suicidas. Su misión es otra. Deben cabalgar hacia las fronteras donde se asesinan millones de patos con el fin de que sus ojos enfebrecidos, dilatados por tanto ejercicio, disfruten de los escnearios sangrientos. Sasha Grey toma el té con el sombrerero loco bajo la cocina de arena. Es la reunión de los animales muertos traspasados por la luz. En los comedores, las vendedoras de enjambres y peyote caen rendidas y las arenas sepultan sus párpados incandescentes.

   No duerme nadie por el mundo. Nadie. Nadie. Los mamíferos destetados cojean hasta los puertos donde incendian enormes pelícanos centenarios que se arrojan al mar de las langostas. El señor con una camisa de tulipanes estampados come con las manos fémures de hiena en una tasca cerca de casa. En los templos ya no hay muchachas que recen para que el amante de los armarios olvide el cuento de los osos vagos. Sus dedos rozan ahora las entrepiernas varadas en los prostíbulos ambulantes. Desquiciados empresarios juegan con sus móviles antes de ser atropellados por camiones cargados de algas. La aurora de Nueva York gime por las escaleras. La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces.

   Los bebés mastican vinilo tras los escaparates. Una muñeca hinchable se ahorca bajo la sombra del tiranosaurio y las señoritas de Aviñón caminan tras el hedor del clamoroso árbol como los sapos recién aplastados por la mano que mece la cuna. Ojos despiertos. El conejo mira el reloj. Las importadas vísceras tienen vida propia. Regresan a las bolsas de plástico. Los sonámbulos escupen a la cara de Sasha. En el aparcamiento, las niñeras caminan sobre el vidrio de los vasos mientras leen sus breviarios de muerte. Aspiran la ceniza y el polvo lunar que desprenden las hogueras vandálicas.

   Nunca he conocido a la gorda que va delante de la muchedumbre y que deja cráneos de paloma por las esquinas. Que alguien me regrese. Lorca se baña en la danza curva del agua en la orilla. Sasha me despide con su mano quieta, colmena de moscas y filósofos desaparecidos. No existo en lo que queda de esta pesadilla. Me borraron los escribas antes de la tormenta definitiva.
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Cómo decirte que aún no he aprendido a respirar junto a ti



  Hemos sido atraídos por la calma de la marisma. Los reflejos  y las huellas que las arenas asumen son un lenguaje inhóspito. Nada queda después de tus labios. Reconoces la frontera, la última oportunidad de extraer los significados que nos engendraron. Estamos desnudas y la blanca sombra nos delata bajo su leve fulgor. Renacemos con el sonido, hirientes, sin memoria, buscando en la profundidad la belleza que nos hace tan vulnerables.

  El viento es un eco y los pájaros no han amanecido en la levísima ardora. Unas manos acarician mi vientre. Nada ha vuelto a ser como antes, cuando, junto a la hoguera, nos habíamos untado con la sangre del ciervo y todo cuanto poseíamos era sagrado. Las rocas son los altares y el barco que, en otra vida, manejamos ahora permanece sobre la quietud del lago como un extraño cuerpo que ya no exigimos para morir aquí. Las orillas son solamente una y nada de lo que queda nos parece suficiente para lo que hemos soportado. Los juncos son un espejismo como la vibración de esa rama que sostiene la vastedad. Deja que invente un nombre para ti antes de que las aguas nos cubran. Aún no he aprendido a respirar a tu lado, Marta.
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jueves, 2 de octubre de 2014

José de Cora: La historia de La navaja inglesa no sucedió, pero pudo haber sucedido

Entrevista en Mundiario a José de Cora.

José de Cora.
   
  Publicada por Tropo Editores, La navaja inglesa es una novela ambientada en el reinado de Carlos III y cuyo argumento gira en torno a una serie de asesinatos que parecen estar relacionados con la llegada a Madrid de la estatua de La Cibeles. Como destacamos ya en Mundiario, la novela se caracteriza por un lenguaje pulcro, innovador, lleno de sutilidad poética, por un tributo personal que José de Cora rinde a la estética de Valle-Inclán para crear su simbólico mundo de personajes, cuyo comportamiento está movido por una instintiva forma de sobrevivir en aquel Madrid apócrifo de decadente imperialismo. La siguiente entrevista a José de Cora, escritor, periodista y colaborador de MUNDIARIO, revela algunas estrategias técnicas de su excelente trabajo narrativo.

- ¿Cuál es la motivación de una novela ambientada en el reinado de Carlos III y en el trasunto mistérico que hay tras la diosa Cibeles?

- Fueron varias, además de la primera y principal, que consistía en conseguir una novela pulcra, lo mejor escrita posible y entretenida. La excusa es Cibeles y el desconocimiento que existe sobre lo que representó y las influencias que tuvo en el catolicismo, un tema inédito en la literatura mundial. Carlos III me dio el escenario gracias a su decisión de instalarla en el centro de Madrid, ciudad a la que también rinde homenaje el argumento. Otro fue, por ejemplo, conseguir una novela de géneros: histórica, policíaca, esotérica, erótica, sádica, mistérica, mitológica, costumbrista y por momentos, humorística. Un género de géneros.

- Arriesgas en la estructura con múltiples episodios y cambios de plano que aportan un gran dinamismo a la narración y arriesgas en el lenguaje, manejando todo tipo de jergas y registros.¿Qué intención subyace en ese trabajo tan personal y transgresor?

- Aunque es cierto que la narración pasa de un escenario a otro como secuencias de una serie televisiva, la razón última es que estaba obligado a hacerlo así, porque la acción es única, como en los órdenes clásicos. La fuente y la diosa lo dominan todo y nada hay en la novela que se salga de ese plan único. Al final el lector se da cuenta de que es así y que era necesario avanzar en varios frentes para que todos confluyan para desatar el nudo gordiano de lo que se cuenta. En cuanto al lenguaje, siempre procuro acercarme al momento histórico que viven mis personajes. Me desagrada profundamente encontrar novelas históricas en las que todos los personajes se expresan como contemporáneos del autor. Creo que esa forma de escribir trivializa el argumento y lo hace increíble.

- Leer tu novela ha sido volver a leer a Dickens, a Conan Doyle, pero también lo esperpéntico y esa narrativa fantástica de Cunqueiro están presentes en tu discurso narrativos. ¿Qué influencias hay tras el trabajo de La navaja inglesa?

- Supongo que muchas. Todos arrastramos el caudal de lecturas de nuestra vida, aunque para La navaja... me fijé en los autores de esos años, 1775-1780, y en los que me gustan. A Cunqueiro le reconozco influencia y enseñanza, pero para este trabajo tendría que añadir a Valle Inclán y al padre Isla, cuyo Fray Gerundio de Campazas es siempre una fuente inagotable de léxico. En cualquier caso, por muy difícil que resulte creerlo, son los propios personajes, los ficticios o los reales, los que una vez metidos en la novela, se revelan con sus propios modismos, con su propio estilo, casi siempre por encima de la voluntad del autor. Si el personaje está bien creado, rechaza las formas de expresarse que no van con él.

- En ocasiones, la trama queda diluida por los lances amorosos de los protagonistas, por la corruptela de la propia sociedad, por la descripción de los bajos fondos de ese Madrid picaresco. Tengo la sensación de que la trama es un pre-texto para establecer un discurso narrativo mucho más heterodoxo y global.

- Tanto el sexo, el sadismo, la sangre y la violencia, como el Madrid de los salones, las procesiones, el teatro, mercados, tabernas y los barrios más miserables de aquella ciudad, aparecen en la historia porque lo exige Cibeles. Si faltase alguno de esos elementos, el retrato de la diosa sería incompleto y la novela, coja. Ésa ya no es una decisión mía, salvo en el momento de concebir la trama alrededor de ella. Desarrapados, poderosos, enloquecidos, románticos, emasculadores, frenéticos sexuales, impotentes o criminales son tipos que se desprenden del culto a Cibeles, que es arrebatador. Ella es la que permite que existan todos en el mismo momento, pues de otra forma faltarían el desencadenante que les da sentido.

- ¿Qué importancia tiene para ti la documentación o la fidelidad al relato de la historia? ¿Consideras en tu caso el acontecimiento histórico como una anécdota para narrar una biografía de personajes ficticios?

- En este caso, la fidelidad es doble. Por un lado está el ambiente madrileño del siglo XVIII y por otro, el de la tradición de la diosa. Ambos son elementos a los que he procurado dar la máxima fidelidad. Sin embargo, lo que es absoluta ficción fue unirlos. Hacer que la diosa tuviese una influencia tan brutal en personajes del XVIII finisecular de Madrid.

- Hay una exploración muy acertada hacia las logias, hacia el ocultismo, una indagación sobre los orígenes mistéricos de la diosa Cibeles. Resulta fascinante. ¿Hasta qué punto es verosímil esa realidad social en el Madrid de Carlos III o es una invención puramente literaria?

- En parte ya queda dicho en la anterior respuesta. La historia de La navaja... no sucedió, pero pudo haber sucedido. Creo que sin ser plenamente consciente de ello, Carlos III reprodujo lo vivido en Roma el año 204 antes de Cristo, cuando traen a Cibeles a la ciudad y se desencadena una oleada de fervor a su causa debido a los supuestos favores que concede a los romanos, asediados por guerras, pestes y hambrunas. Las circunstancias históricas son muy distintas en Madrid veinte siglos después, pero ése fue mi trabajo. Montar una historia en la que el lector acaba por reconocer que pudo haber sucedido, y cada vez que me lo dicen, me llenan de satisfacción.
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Cuando la música de Charlie Parker se pliega sobre la espalda de Puma Swede

Puma Swede.

   Todo es inconsistencia y los peces siguen observándonos en esa breve pecera que permanece sobre la mesa caoba. Lucifer tiene un póster en la pared de nuestro dormitorio. Los barrenderos preguntan por ti cada vez que salgo a la calle para inflar los globos de la carroza. No hay Santísima Trinidad que pueda sacarte de tu ensimismamiento. La música de Parker te ha dejado sumida en un letargo eterno o glacial.

   Sigues abierta de piernas y descubro, tras leer algunos párrafos de Sexus, que toda la energía de este mundo, incontenible y fugaz al mismo tiempo se concentra en ese punto en el que mi placer reside. El coño. No hay mayor vórtice donde el caos y el orden confluyan. Hasta la música de las esferas emerge de ahí con sus flujos impagables.

   Las visiones que tengo se parecen a la de ese prisionero que buscaba en el ajedrez una forma de supervivencia. Construyo la piel de un tigre y, antes de llegar a la mandíbula, me detengo por temor a que el felino soñado sea tan real como esa rubia cabellera que, sobre mi espalda, templa toda la euforia. Los barrenderos compran arenques en los puertos de Bay Bowles y conversan con las moscas sobre las vírgenes suicidas que la policía encontró al otro lado del río. Colgaban las cuatro de una viga y el padre lloraba bajo una higuera.

  Los espíritus necesitan dormir sobre la hierba y tú, Puma, Puma Swede, lo haces sobre este colchón de saldo, esperando a que la música de Parker abra tu corazón, pero no, no es así. Entre tus piernas, existe la luz del mundo y ese ojo que ve más allá de lo que mis manos tocan. Temblor de labios. Ningún barrendero podrá besarte, aunque unten con mandrágora sus escobas y amen desesperadamente el jazz más versátil.

   El coño, luces de feria, los monstruos cargando con tiestos y tambores a la espalda antes de morir en el circo. Tu cuerpo se arquea cuando la música cambia de dimensión porque la luz máxima que vive dentro de ti nos acerca más a Dios.
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miércoles, 1 de octubre de 2014

Cuando pensamos en la muerte


  Explico a mis alumnos que no era solamente el miedo lo que llevó a los Homo Sapiens a pintar en las cuevas de Chauvet, sino también la búsqueda de lo desconocido. El mismo artificio de aquellos hombres es semejante a la escritura que lucha incansablemente contra el significado. Su temor al vacío es el mismo temor a la muerte que aún hoy conservamos para sobrevivir cueste lo que cueste.

  No olvido a los que se marcharon, a diferencia del Calígula, de Camus, pero a veces el miedo a morir lo presiento como una muestra más del egoísmo. No nos da miedo que otros se vayan, sino que su ausencia defina otro tipo de vida en nosotros, un esfuerzo ingente por mudar las costumbres, porque esa ausencia se convierte en un pensamiento turbador y es inexplicable, desasosegante, que no hallemos un espacio físico donde el reencuentro no sea el recuerdo ni los esbozos de esos mismos recuerdos que se van diluyendo poco a poco.

  Lo inefable es explicar la ausencia, el origen de un sufrimiento que atribuimos a que ellos nos importan demasiado, los muertos, pero lo que nos sobrecoge es el cambio, que los procesos lleguen a su fin y nuestra cómoda existencia se convierta en un nuevo paradigma. Fogwill intenta describir la muerte en su relato "Restos diurnos" y, aunque no lo consigue, la belleza de su inspección es una forma de superar lo inefable, el mal de ausencia: "La muerte es una prolongada suspensión. Cesa todo. Siente cómo se despega del cuerpo: es una lámina invisible que se ha deshaderido y ya no envuelve, y el cuerpo, vuelto ahora un objeto, doblado sobre sí junto al cuerpo de la otra, quebrado, ensangrentado, inútil".
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La prensa rosa de Telecinco gira en torno a la vida privada de dos adolescentes


  Hay una montada cada tarde en Sálvame que el programa parece una clase Tercero de ESO en un día de viento. Telecinco encontró hace unos años en este formato la fórmula mágica del éxito de audiencia, un programa dinámico, con una planificación y un cromatismo que recuerda al mejor Almódovar. Ahora, junto a la vida novelada de cada uno de sus tertulianos como si fuesen un personaje de Madame Bovary, las cuatro horas diarias de prensa rosa se inspiran en el comportamiento pueril de dos padres adolescentes, Chabelita y Alberto Isla, cuyos movimientos del súper a casa son retransmitidos como si se tratasen de un golpe de Estado.

  Me sobrecoge la rentabilidad mediática que le están sacando a los chavales. Adolescentes rebotados de instituto, con American Express en el bolsillo, juegan a mantener en vilo a los colaboradores del programa. Kiko Hernández y Jorge Javier Vázquez son el Carl Bernstein y el Bob Woodward de un caso sin precedentes en nuestro país (me parto): la repentina separación sentimental de Alberto Isla e Isabel Segunda. Twitters, mensajes de móvil, relaciones amorosas en descampados, predictors en directo y el Casino Las Vegas como telón de fondo han contribuido a crear un imaginario simbólico genuino donde Alberto Isla juega a ser Garganta Profunda, pues nos va revelando cada día al móvil de Kiko Hernández las miserias que encontró en Cantora como que el tito Agustín Pantoja lo espiaba cuando él intentaba sobar a Chabelita en el dormitorio imperial.

  Y lo mejor es que yo lo veo, que yo lo cuento,que yo escribo sobre ese hecho que tiene a toda España pegada a la pantalla, como si esos personajes torturados por los celos, que tan bien inventara Corín Tellado, hubiesen pasado del folletín a los mass-media. Veremos cómo acaba el culebrón. Aconsejo a los guionistas de todo este circo que metan a un torero y a una pitonisa hábil con el vudú. A ver lo que sale de esta coctelera.
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En educación es tan importante conocer a Batman y a Jay-Z como saber sintaxis


  Como muchos compañeros, no uso libro de texto. Uno de los motivos del fracaso educativo es esa sumisión del profesor al libro. Solamente hay que ver las mochilas de algunos adolescentes par darse cuenta del negocio que han montado editoriales y Administración. Y los resultados académicos empeoran.

  Diferentes corrientes de innovación metodológica están defendiendo la creación propia de materiales y la búsqueda de recursos prácticos que animen al adolescente a trabajar en el aula. Como profesor de Lengua, no entiendo que los objetivos didácticos de muchos docentes estén fijados por el índice de un libro de texto y por un Currículo Oficial que sigue fiel a una tradición ilustrada donde predomina el conocimiento memorístico e histórico mientras nos enfrentamos al siglo con mayores cambios tecnológicos y culturales de cualquier época. Esta última frase no es mía, sino de Habermas.

   Tan importante es conocer el trabajo cinematográfico de Cristopher Nolan y el arte del videoclip de Michel Gondry como saber manejarse con la sintaxis y reconocer las clases de palabras. Tan necesario es saber cumplimentar correctamente un formulario, sin faltas de ortografía, y analizar el cine de Tarantino como reconocer la profundidad de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique. La actualización de contenidos es más motivadora para profesores y alumnos que la devoción por una ortodoxia de objetivos y epígrafes que apenas se renuevan cada año.

  El hip-hop, el rap o el flamenco son formas culturales donde se puede explorar el conocimiento de la lengua. Aprender a comentar una película como si se tratase de un texto literario no es ninguna herejía. Al contrario, seguramente podamos rescatar a esos alumnos que hibernan en sus pupitres sin saber qué finalidad subyace en el aprendizaje memorístico de las características del Romanticismo. Creo que a la ESO le sobra disciplina mental y le falta creatividad para comprender la riqueza cultural de un mundo que, en el caso de mi asignatura, está experimentando una eclosión ingente de variadas publicaciones, libros, revistas y cómics. No soy quien para dar ejemplo de cómo se han de hacer las cosas. Sé cómo las hago yo y que Batman, como Dostoievsky, cambiaron mi forma de mirar al mundo.
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Masivo consumo de vídeos donde las mujeres son torturadas y tiroteadas

  Entro en Youtube y accedo por diversos enlaces a unos vídeos donde unas superheroínas son torturadas con golpes en el estómago. Pincho en otra ventana y compruebo que las reproducciones de películas snuff se cuentan por millares. Busco otras referencias asociadas y descubro fragmentos de telefilmes donde algunas modelos y actrices son tiroteadas, simulando muertes convulsas, con chorros de sangre que manchan paredes y espejos.


  El debate no es, en este momento, por qué existen dominios con esta clase de contenidos, sino qué clase de estrategia opera en nuestro cerebro para que, finalmente, se produzcan este tipo de vídeos, esta criba de contenidos basados en el asesinato y en golpes hacia las mujeres, qué perversas fantasías se desarrollan en una mente para que alguien decida montar películas de esta clase y subirlas a la web.

  Lo que me fascina es la elucubración, el preludio, el punto de partida que conduce a su consumo febril. No sé cuál es el siguiente paso. Seguramente no hay nada más detrás de estas simulaciones de muerte y torturas. Seguramente un asesino no dejaría pruebas tan evidentes de sus oscuras intenciones, de sus actuaciones futuras, de sus traumáticos sueños que desembocan en este sangriento masoquismo.

  Quizá no haya más que una perversión sexual, una parafilia, que encuentra placer, mucho placer, en la contemplación del daño y la tortura. La Internet se ha convertido en ese espacio de sublimación para dar rienda suelta a aquellos pensamientos que nuestra moral judeocristiana reprime. Qué obtienen, además de pasta, los actores y actrices de tercera que montan estos propios vídeos basados exclusivamente en esta provocadora insinuación de muerte.

  Me preocupan las miles de descargas y que existan internautas que una y otra vez reproducen estos vídeos para excitarse en sus solaces momentos de onanismo. Como si la insatisfacción de sus vidas les llevara a buscar en esa severa simulación de la violencia y del crimen, un espacio recóndito en que refugiarse para que sus fantasías más atroces sean una realidad mediática compartida por tantos y tantos seres humanos.
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