jueves, 4 de diciembre de 2014

Sex, revolution y literatura

Cuando Angelina Jolie aprendió a leer a Bukowski

Angelina Jolie.

   Tenía miedo de mí mismo y de los cefalópodos que habían salido en ese documental. La miré a sus ojos y ella comenzó a desnudarse. Confesó que no había leído nunca a Bukowski. Que había invertido mucho tiempo en ese diván leyendo revistas de moda. Angelina había traído un bote de alubias. Con ese potingue no podíamos embadurnarnos, pero daba igual. Ella siempre me convencía succionándome la lengua como un insecto alado que emerge de los humedales. Como estábamos hartos de cenar sardinas en escabeche, saqué los pulpos del congelador y Angelina apuró hasta la última gota de brandy. Me dijo que un tipo con grasa de caballo en el pelo intentó meterle mano en el autobús. Tuvo que cruzarle la cara así que todos los ojos abúlicos de la última parada la miraron con demasiado rencor. Mientras me contaba esa aventura, tan sucia como la boquilla de la petaca, yo recordé unas líneas de Bukowski. Ella se puso violenta y se alejó hasta el saloncito. Se puso el televisor y le hizo la peineta a cada modelo de Victoria´s Secret que aparecía en la pantalla. La magra estaba en el puchero y los pulpos, derramados como vísceras reventadas por un balazo, se bañaban en su propia agua salada, en su propio vómito. Eché un trago y me percaté de que Angelina se frotaba contra la tapicería. Dejé que el sofá y ella intimaran, y acabé toda la botella. Y la ciudad despertó. Una luz inmejorable anegó todos los cacharros y su cuerpo, a punto de desprenderse de su corsé, mudó de color. Bajé la mirada y los pulpos, los siniestros pulpos, habían desaparecido de la cocina. Luego, ella vino. Me dijo algo sobre los jardines colgantes y sus labios intrigantes succionaron la claridad y todo mi mundo.
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Schubert y el espacio que queda entre tus labios y los míos

Cartas a Marta, Mundiario

Foto de Natalia Deprina.

   En el espacio en blanco que quedaba entre tus labios y los míos se escribía la palabra que aún nombra a cada cosa. La música de Schubert cerraba tus párpados. Nada era violento sobre la hierba. El aroma a resina nos embriagaba y, cada vez que te besaba, los leopardos recorrían el círculo. Todo estaba inundado por la amable luz. Tus ojos rezaban y tu pecho se agitaba cuando me separaba de ti. La lluvia de hojas amarillas alcanzaba el lago. Éramos el origen de todo y el bosque crecía en ti. Miré a lo lejos y supe entonces que también existías en el interior de los troncos carcomidos.
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Sexo, mentiras y cintas de vídeo

Mi artículo en Mundiario sobre qué piensa una actriz porno cuando trabaja.

Puma Swede, actriz y modelo de Brazzers.

   Supongo que hay mucho dinero de por medio. Me fascinan esos episodios cómicos tan infantiles. El vestuario a veces se caracteriza por una elegancia sublime, pero todo es demasiado superficial y corrupto, como esas mansiones de telenovela donde los cuerpos copulan delante de las cámaras.

   El porno va más allá del sexo. Lo que me intriga es la sensación de derrota de esas mujeres que se dejan hacer. Me pregunto, cuando miro a sus ojos vidriosos, en qué piensan esos cerebros, qué razones les ha llevado a ser objeto de un voyeurismo universal. No sé si lo disfrutan, no sé qué trauma de la infancia ha estigmatizado su crecimiento personal para desembocar en ese bestialismo que las obliga a poner sus mejillas de porcelana contra las losas. Lo que fascina del porno no es la cópula, sino el teatrillo, los complementos de látex, los tacones de aguja, los pensamientos inalcanzables que quedan en el fondo de los cráneos de esas actrices como Puma y que quizá explican esa sumisión ante el objetivo de una cámara.

   La perversión no es el placer. La perversión es el daño y dejar que te hagan daño por dinero. Imagino a cada una de esas actrices dentro de cuarenta años, cuando la silicona ya no sea esplendente en sus cuerpos lisos y trabajados continuamente en el gym. Imagino que envejecen, no como la Bacall, sino como artistas de un trapecio que las consumirá lentamente en residencias con lagos artificiales. Pienso en los mismos versos de Dylan Thomas cuando veo a Puma Swede disfrazada de agente secreto antes de ponerse de rodillas: "Las remendadas mitades cercenadas huían de las brañas del jabalí, el limo sobre las ramas, chupando lo oscuro, besado en el cianuro y soltó trenzadas víboras desde sus cabellos". Admito que son una fuente de inspiración cada una de ellas, cada uno de ellos, desprendidos de un mundo violento y rutinario, cada vez que se postran sobre la cama y ellas gritan desconsoladamente. Porque hay literatura, mucha literatura, que nació de las cintas de vídeo.

   Escucho a Wagner mientras leo a Coe: "A Catherine le llevó un buen rato preparar lo que parecía una comida bastante sencilla, y a las tres de la tarde seguían sentadas delante de las sobras, bajo el resplandor apagado y verdoso de la lámpara que tenía encima". Y Puma vuelve a las andadas, con sus tacones de acero castigando el encerado. Su cuerpo único cae rendido en el sofá. Alguien le ha puesto un plato con leche detrás de la mesa. Tiene que hacer de gata antes de que entren otros dos chavales con pasamontañas. Las palabras de Thomas Pynchon llegan a mí desde el váter. Es una voz tersa que podría cantar ópera perfectamente: "Solo se le ocurrió ponerse las gafas para protegerse de tanta luz y esperar a que alguien fuera a rescatarla. Pero nadie se dio por enterado".

   No puedo rescatarte, Puma. A ti te gusta que te miren. Yo te miro. El daño ya está hecho. Rasgarás hasta las cortinas. Dentro de la ficción, el porno me parece grave y perjudicial como la propia literatura. Pero es adictivo.

   Estás muy sola, pero te gusta el dinero y firmar autógrafos en los pechos de otras mujeres que te admiran. Yo te prefiero en ese sucio comportamiento. Más vale todo lo tuyo que esas pijas Cincuenta sombras de Grey que contaminan el aire y nos hacen más soñadores. Más imbéciles. Odio el romanticismo.
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Una novela negra sobre la estatua de La Cibeles

Mi reseña en Mundiario sobre La navaja inglesa, de José de Cora.


Hace años que no daba con una novela tan elocuente por su intelectualismo y por el desarrollo de una trama detectivesca bajo el impulso narrativo de nuestros clásicos. La navaja inglesa, en Tropo Editores, es el resultado de una madurez evolutiva en un creador que se maneja con habilidad en varios tipos de discurso, desde el expositivo hasta el teatral. Varios asesinatos en el Madrid de Carlos III parecen estar relacionados con la llegada de La Cibeles a la ciudad. José de Cora, escritor y periodista, inspirándose en el valor simbólico y legendario del monumento, construye un relato emocionante que recupera modelos de narración de clásicos fundamentales como El Quijote o La Celestina.

El aroma moratitiano y una predilección por el discurso folletinesco otorgan a La navaja inglesa una relevancia insólita en nuestro mundo editorial. La novela de este colaborador de MUNDIARIO parece beber de arquetipos como los crímenes de Jack, el Destripador, y de ese clímax paranoico y supersticioso que genera cualquier trabajo de Conan Doyle, pero por medio de una prosa que fusiona con suma habilidad lo castizo con lo culterano. Destaca esta obra, además, por ese afán enciclopédico a la hora de explicar los motivos míticos que otorgan ese aura sagrada a la diosa Cibeles y por una delicada prosa para describir tanto las relaciones amorosas como los trabajos forenses que sobresalen dentro de una estructura episódica o multiepisódica, concibiendo la novela como una producción coral y operística.

Aunque, en algún momento, la obra de José de Cora puede resultar laberíntica. La intención es clara. El novelista busca en la forma de su narración el propio entramado de calles y plazuelas del Madrid imperial así como el propio proceso de desenmascaramiento de los crímenes. La escritura de Cora es abigarrada, heterodoxa y pulcra; cada línea está buscada con una finalidad poética. Las referencias a Valle-Inclán en algunas ambientaciones, como si fuesen acotaciones de un esperpento, aportan esa singular visión de una España que vive entre el fulgor del pasado y las desigualdades más abrumadoras.

El gongorismo de algunas sentencias se mezcla con la jerga popular, con una semántica riquísima que se apodera del lector proporcionado un ritmo de lectura que va más allá de la pericia y de la aventura, pues nos involucramos en el afecto hacia la prosa, hacia esas arquivoltas de hipérboles y metáforas que repercuten en una ironía significativa.

La construcción del mito de Cibeles, los lances de los enamoramientos cortesanos, las conductas instintivas del vulgo nos trasladan a esa estética quevedesca que busca la belleza de las palabras en el feísmo, en la descripción de los zafios modales y en la morbosidad de relaciones adúlteras. Un tributo a La Celestina, sin duda. Porque José de Cora, más allá de la intriga, crea una comedia humana, una tragicomedia donde los personajes, como los peleles del esperpento, maquinan y trajinan hasta su propia destrucción.

El erotismo de algunas secuencias contribuye a ese manejo de la ironía que pertenece a esa visión deformada de unos personajes que buscan el beneficio propio. Lejos queda cualquier ejemplificación heroica en el mundo de la corte de Carlos III y, en los bajos fondos, la estatua de Cibeles no deja de ser otraboutade de la nobleza. Actualidad no le falta al mensaje de la novela ni a las conductas de la aristocracia que rodea a la princesa, María Luisa de Parma. Como herencia de Fernando de Rojas, no solo basta indicar la estructura y la caracterización de algunos personajes, sino también esa incorporación al relato de los filtros amorosos, hechizos y brebajes, además de la fatalidad de algunos destinos y de esa recreación entusiasta de los encuentros apasionados.

Este breve análisis no es más que una invitación a la lectura de La navaja inglesa porque, a través de sus páginas, encontramos también la revisión de obras maestras de nuestra tradición literaria. Al autor cabe darle la enhorabuena por la excelencia de su trabajo.
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Donde esté una mujer con apetito que se quite Kate Moss

Mi artículo en Mundiario sobre Sofía Vergara.

Sofia Vergara, protagonista de Modern Family.

   Quería escribir sobre los héroes de la democracia española, pero no está el horno para bollos. Así que, siendo fan de Modern Family, quería que estas líneas estuviesen dedicadas a la mujer jamona por excelencia, a mi Sofia Vergara, la antítesis del Special K y de la Ligeresa. Se puede estar buena, buenorra, sin obedecer a esos cánones suicidas que ofrecen algunas pasarelas de moda donde andróginos zombis desfilan como si viniesen del otro lado del espejo.

   Es hora de reivindicar a esas mujeres apretadas, con sus pequeñas lorzas, con sus problemas de dieta que lucen tipazo cada vez que pueden, a lo Milo Manara, gracias a sus fajas y a sus corsés, esas mujeres que sonríen cada vez que hablan porque se comen a Dios por los pies y compran ropa exultante, indiscreta, con escotazo, no esa ropa insípida y mustia de Desigual. Una vez le preguntaron a mi Sofia, "qué olor le devuelve a su natal Barranquilla", y ella contestó con esa sonrisa espontánea: "El del patacón friéndose". Es hora de que Kim Kardashian, Beyoncé y Marta Torné pasen a ser la tentación que vive arriba, el animal más bello del mundo, lejos de esas quinceañeras patológicas que tragan bolas de algodón para quitarse el hambre y deshacerse de la grasa.

   La sociedad posmoderna es tan creativa que consigue que la enfermedad parezca virtud, que Kate Moss vuelva a los escenarios como un emblema de Vitruvio mientras algunas de sus fanáticas imitadoras fuman como carreteros y se ceban a laxantes para consumirse de dentro hacia fuera. Un desastre. Con lo buena que está la ensaladilla rusa y unas rosquillitas. Y ya no te digo Sofia Vergara.
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Las cuerdas y la fusta, querida, esperan en el suelo

En Mundiario mi epístola a Amy Anderssen.

Amy Anderssen

   Lo que queda de esta tarde, Amy, será para nosotros.

  No me importa que seas una estrella y que, en tu corazón, la servidumbre se haya convertido en virtud. Pero no me gusta que te arrodilles ante mí. Los pájaros que anidan en los olmos vestigiales emprenden su vuelo cuando tus labios sorben el aire de esta habitación. Las cuerdas y la fusta esperan en suelo. Ni siquiera lamentas que el daño infligido nos haya hecho aún más frágiles ante el mundo.

  Esos señores que visten de gris y dan de comer a las palomas no dejan de mirarte y entonces la turbiedad inflama tu pecho y sientes de veras la violencia que emana de los espíritus vacíos. Después del lésbico de esta mañana, estás agotada y, en tu interior, no queda más que restos de un famélico instinto que crees que conduce al placer. No, no es así. Te conduce a la destrucción más primitiva y las cuerdas que he usado para que el ritual fuese más creativo son esa sagrada ofrenda que algún perturbado dios nos ha concedido para que vibremos.

   Temes a las serpientes y yo, que despreciaba tanto a esas odaliscas con silicona que bailan sobre la barra de L´Isle, he aprendido una lección. La mano derecha explora nuevamente la oscuridad de mi boca y, tras el impacto de la enferma claridad, bebes agua de la vasija. Quiero dormir. Deja que la fusta rompa el hielo, que el cisne de ese lago imaginario hunda su cabeza en aguas cenagosas. Te quiero, Amy. No es fácil para mí escribir estas palabras, Amy Anderssen.

   Mierda, se ha fundido una bombilla. Tendré que llamar a Bukowski.
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Mi boca se muere por la tuya mientras fluyen las aguas

Cartas a Marta, Mundiario


   Confusas, nuestras miradas reflejan la sombra del árbol que nos cobija. Mi boca se muere por la tuya. No eres un espejismo. Mi saliva anega tus labios. Todo es demasiado ligero y nuestras manos se elevan hasta ese punto en que fluyen las aguas. Una melodía de Gainsbourg se olvida con facilidad ahora que tu mano explora mi vientre. Me quedo quieta y tiemblo. Palomas blancas resuenan en mi pecho y mi saliva anega tus labios. No dejaré que las alimañas nos despierten ni que este bosque, este árbol, sean otra mentira. Mi boca se muere por la tuya.
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Nada nuevo bajo el sol en el cine de terror

Mi reseña en Mundiario sobre El grito, de Takeshi Shimizu.

Escena de El Grito.

   El grito es la adaptación americana de 2004 de una producción japonesa Ju-on: The Grudge (La maldición). Anoché revise El grito y sus secuelas de 2006 y 2009. El trabajo de Takeshi Shimizu destaca por la creación de unas atmósferas lúgubres e inquietantes para dotar de verosimilitud a las apariciones.

   Sin embargo, coincido con muchos blogueros en que la biografía de los personajes en las tres películas es poco interesante y a veces son meros sparring de dichos espíritus. La recurrencia a los objetos y a reducidos espacios de la casa para que los espectros aparezcan es ingeniosa y, en el caso de El grito 2, es resultado de curiosos recursos narrativos como la creación en la cotidianeidad, a plena luz del día, de indeseables experiencias asociadas a la maldición que persigue a los protagonistas. El argumento no es nuevo y la estética cinematográfica recuerda a la película El resplandor, de Kubrick, o al relato de La caída de la casa de Usher, de Poe.

   Quizá la recuperación de esos referentes sea una virtud del trabajo filmográfico de Shimizu, aunque parezca lo contrario, como esa forma de narrar diversas historias independientes que convergen al final en El grito 2 o ese juego de espacios que alimenta el miedo claustrofófico en el espectador (El grito 3). La propia caracterización de los espectros, que no dista demasiado de las brujas y de los espíritus en algunas películas de Kurosawa, se convierte en una singladura, en una marca, que le da más relevancia al espíritu condenado que a la vida de los personajes que luchan por buscar una respuesta al misterio. Resultan monótonos los continuos flash-backs sobre el asesinato que da origen a las muertes porque el trabajo de Shimizu tiende a pecar en algunos momentos de demasiadas paráfrasis para explicar al posible público adolescente las causas y las consecuencias de la maldición.

   Quizá es difícil innovar en un género que ha dado demasiadas cintas, pero la literatura gótica y romántica nos demuestra lo contrario. El alcance del suspense y del terror psicológico en algunas novelas del siglo XIX y la tradición de Poe, Cortázar o Ballard siguen sobrecogiéndonos. Parece que El grito alarga demasiado una historia ancestral que tiene sus limitaciones y, por muy originales y sorprendentes que sean las muertes de los malditos, la estructura narrativa es siempre predecible: maldición, aparición y asesinato. Nada nuevo bajo el sol.
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Orfidal, Trankimazin y Monster

Mi artículo en Mundiario sobre los nuevos dioses de la sociedad española.


   Lo que me preocupa de veras, además del fracaso educativo y la mudanza de mi vecina stripper, es el avance del soma en nuestra sociedad, aquel psicotrópico que mantenía a los ciudadanos de Un mundo feliz en una somnolencia perpetua bajo la que eran perfectamente manipulables.

  Me cuenta mi farmacéutico que, con el estallido de la crisis, el consumo de antidepresivos y ansiolíticos se ha disparado. Me cuenta mi psiquiatra que los jubilados van a su consulta con el mono por la ingesta masiva de ibuprofeno. Conozco a unos gemelos otaku que pasan más de seis horas delante del televisor. Sus padres, también. En las tiendas 24 horas donde compro pan con sabor a plástico todos los domingos, observo cajas enteras de Monster y Red-Bull completamente vacías. Me cuenta una cajera pastillera que se mezcla con agua para evitar las taquicardías. Pero ella lo necesita cada fin de semana, aunque no vaya a salir con la pandilla. O sea. Tenemos la mitad de la población anestesiada con Trankimazin y Orfidal para poder soportar las hostias que da la vida, que diría mi padre, y a la otra mitad, con una feroz adicción a la taurina y al jarabe de glucosa-fructosa para que sean animales en la noche, animales en la cama, como reza una canción de Lady Gaga.

   Mientras se discute aún absurdamente sobre la legalidad de la venta de yerba, la mayor parte de la población vive dopada para enfrentarse a sus miserias, para poder salir indemne de los escombros en que más de uno ha convertido sus vidas. A veces son psicotrópicos terapeúticos, otras veces, Sandro, el futurólogo, y el porno de Brazzers.

   La ansiedad y el horror al vacío son la herencia cultural de esta sociedad inspirada en las nuevas tecnologías y en la música de Pablo Alborán. Lo confieso. Ahora mismo, soy adicto a Heidi Klum y al Vick´s nasal.
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Un cómic de terror inspirado en el mito del doble

Mi reseña en Mundiario sobre Black Paradox, de Junji Ito.


  Cuatro jóvenes quedan por medio de una página web para suicidarse. De repente, se ven sorprendidos por sus dobles que parecen haber tomado la misma decisión.

   A partir de estas primeras páginas, Junji Ito elabora un discurso surrealista que se puede considerar un tratado sobre las pesadillas porque, manejando símbolos propios de ese subconsciente terrorífico que vemos en películas como El grito o Llamada perdida, nos introduce en la perversa capacidad que tienen los seres humanos para crear sus propios monstruos sin otra intención que cumplir sus deseos más oscuros.

   El mito del doble, la narrativa de Poe y de Mary Shelley, la simbiosis entre lo orgánico y la materia inerte, la hipertrofia de las partes del cuerpo, la violencia psicológica y un estilo sobrio en el dibujo contribuyen a que este relato nos convenza de que la realidad misma no es otra cosa que un sueño maldito e inextinguible. La zombificación de los protagonistas y su determinación a querer morir son claves en la eficacia del suspense.

   Estética mob en la descripción física de los personajes y alguna resonancia a Gantz son aciertos en el caso de Black Paradox, editado por ECC. No podemos olvidar en nuestro comentario la coda que Ito nos regala al acabar la historia principal; un relato breve, La lamedora, que recoge esa tensión paranoica de los personajes de Shimizu. Un tributo, sin duda, a esas brujas de Kurosawa que vienen del más allá para robar el corazón de los más jóvenes.
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Una oda a la musa del papi chulo

Mi artículo en Mundiario sobre Steisy, de Mujeres Y Hombres Y Viceversa.

Steisy, pretendienta en MYHYV.

   Steisy es la musa del papi chulo. Es la niña de teta que se crió en las verbenas de barrio escuchando el temazo de Sonia y Selena y los éxitos del Caribe Mix. Steisy es la estudiante rebotada de colegio de pago que mascaba chicle en la capilla, vestía con hombreras y fumaba detrás del gimnasio con los chicarrones de Bachillerato.

  Sin ser un bellezón como Kim Basinger, le saca partido a su carisma y a la talla del sujetador. Algunas de sus frases son antológicas y podrían formar parte del guion de alguna peli de Almódovar: “A este le hago el Kamasutrra y lo dejo tó loco”, "Me siento patética" o "Hago shows integrales". Steisy demuestra que no todo en la vida son curso de postgrado, sino ser una superviviente que ha hecho de su vida una plataforma de baile en el Buda.

   Amo a Steisy sobre todas las cosas. Su paso por Mujeres Y Hombres Y Viceversa advierte que la choni poligonera nunca muere, que la sombra de Belén Esteban es alargada y que su salvaje castellano es un arma de seducción masiva. Porque no todo en la vida tiene que ser sesudo o místico como el carácter de la presentadora del programa, Emma García, que ni siente ni padece. No. En la vida, necesitamos a Steisy porque, detrás de los centros comerciales, de la máquina de rayos X y de los anuncios de Danacol, no dejamos de ser mamíferos. Steisy es puro ginseng, la píldora de la felicidad que tomo cada mediodía para decir que la vida es espectáculo y, por muy putas que vengan las cosas, hay gente que forja su destino, disfrazada de Baywatch y esperando su oportunidad en Gran Hermano 15.

   Y entonces me vengo arriba y me doy cuenta de que yo soy feliz cuando ella dice en plató: "Hasta que Ángel no vio que yo era más que dos tetas no me sentó". Gracias, Steisy, por esos momentos donde mezclas el sentimentalismo quinceañero de Crepúsculo con tu tralla de chica Playboy que espera mucho de la televisión. Yo también lo espero. No me defraudes. Firmado: Papi chulo.
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miércoles, 3 de diciembre de 2014

El poder de las sectas

Mi reseña en Mundiario sobre Martha Marcy May Marlene, dirigida por Sean Durkin.

Elizabeth Olsen como Martha.

   Thriller psicológico de 2012 que describe el proceso de autodestrucción de Martha, interpretada por Elizabeth Olsen. Su huida de una secta tras un asesinato constata los síntomas de un trastorno mental que se remonta a la infancia. La convivencia con su hermana nos demuestra la consumación del poder manipulativo de las sectas, el declive personal del que Martha es víctima cuando se encuentra completamente perdida en una realidad donde las normas y las costumbres son necesarias para subsistir.

   El trabajo de Durkin destaca por el juego narrativo entre el presente y un pasado donde se describen las artimañas de la secta para minar la autoestima de las jóvenes: un relato escabroso en el que predominan los silencios y la fuerza del paisaje como símbolo de la insondable soledad a la que debe enfrentarse la joven Martha Marcy. Sin duda, la transparencia con la que se narran los funestos acontecimientos y la sencillez para contar una gran historia con pocos personajes corroboran la madurez de una obra que, en alguna ocasión, puede pecar de excesivo formalismo. Hay evidente intencionalidad a la hora de planificar alguna de las secuencias y ese efecto afecta al desarrollo del ritmo.

   No obstante, el espectador queda absorbido por la interpretación de Elizabeth Olsen y por la continua tensión que nos permite indagar en los miedos personales de la protagonista, en su enfermiza concepción de la existencia como un paraíso personal donde no tiene cabida ninguna preocupación, ninguna de las reglas de juego que nos permiten vivir en sociedad.

   Película muy recomendable.
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Un discípulo de William Wyler

Mi artículo en Mundiario sobre el fallecido director Richard Attenborough.

Ben Kingsley y Richard Attenborough en Gandhi (1982).

   No me gusta que la despedida de un maestro como Richard Attenborough se convierta en un mero repaso biográfico a su trayectoria profesional a modo de Wikipedia. Como en el caso de Lauren Bacall, quisiera reflejar la impresión que en mí queda de su trabajo, de su proyección artística y estética, que no es otra cosa que una prolongación de su vida en nuestra forma de sentir el mundo.

   Aún recuerdo secuencias de Gandhi y me sobrecoge esa necesidad que tenía Attenborough de hacer del cine un espectáculo de masas, ese afán wagneriano por construir un relato verosímil donde producción, realización, maquillaje y figurantes se convierten en una tramoya increíble para asumir el reto de narrar una biografía tan compleja como la de La India y de su líder enigmático. Porque el cine de Attenborough es el cine de William Wyler y de David Lean, el cine como sinfonía mahleriana, donde la pulcritud no está reñida con una mastodóntica puesta en escena. Es el cine que ya no se hace por los esfuerzos y costes que exige, pero es el cine que perdura.

   Las obras de Attenborough siempre tienden a ser aleccionadoras porque el maestro entendía esa necesidad filantrópica y humanista detrás del relato, como si la obra tuviera que ser siempre moralizante. Toda obra lo es por mucho que se niegue y, en el caso del director y actor británico, es más evidente. Lo vimos en Chaplin, con un notable Robert Downey Jr. o, años atrás, con Un puente lejano. Hombre de teatro y riguroso actor, Richard Attenborough supo encarnar, como Orson Welles, esa doble identidad donde el actor es director.

   Esa simbiosis siempre es beneficiosa porque, como en el caso de Welles, hay siempre detrás de sus películas y de los intérpretes a los que dirige una impulsividad, una vehemencia, que solamente quien conoce bien a Shakespeare es capaz de concebir. Un ejemplo es esa tragicómica oda a la Segunda Guerra Mundial de Sturges, La gran evasión, con el Steve McQueen menos serio que recuerde y donde Attenborough maquina y dirige, como si en su personaje de Roger Bartlett hubiera también mucho de su vocación.

   Attenborough es otro símbolo del cine como espectáculo y entretenimiento, sin dejar de lado la responsabilidad moral que una producción dirigida al gran público tiene. Su cine ahora, como el de Lean o Wyler, es transgresor, porque, salvo alguna aventura de Ridley Scott, nadie se atreve a convertir el cine en una espartana hazaña en el tiempo, donde tan importante son los preparativos como el resultado.

   Ahora, descansa Lord y disfruta con el vuelo del Fénix.
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Cartas de amor escritas por una ciberlolita

Mi reseña en Mundiario sobre Bionic, de Christina Aguilera.


   Sospeché de la imitación cuando el vídeo de lanzamiento de Bionic me recordaba a muchos de Lady Gaga por su estética y por su fallida intentona de rendir tributo al látex y al sado como hace siempre la cantante de Alejandro. El disco Bionic de 2010 presenta una falta de uniformidad que viene condicionada por esa tendencia enfermiza que muchas productoras tienen a explotar los mismos recursos en diferentes artistas con tal de obtener el mayor beneficio.

   Christina Aguilera cae en la trampa y, como el pop tiene esa capacidad camaleónica de mimetizar cualquier género, en Bionic encontramos techno, rock, salsa y rap, así que, en muchos momentos, parece que es más importante el efectismo de la mesa de sonido y la provocación de las letras que la voz talentosa de la cantante. Donde destaca siempre Christina Aguilera es en la balada porque su voz de cantante negra tiene una resonancia nítida, sin exceso en los matices y temas como Lift me up o All I need sobresalen por encima de otros de corte pueril, discotequero y dirigido a los adolescentes del genio en la botella.

   Por esa razón, Bionic presenta esa evidente dualidad. Por un lado, nos encontramos la pose gaga que obliga a Aguilera a alejarse incluso de aquellos temas cañeros de Stripped para disfrazarse de ama y de sumisa escort que nada le pega, pese a ese juego de lolita que tanto partido le ha sacado siempre. Por otro lado, son las baladas las que salvan los muebles en este disco irregular, con poca uniformidad, con temas difusos que van desde la maternidad al erotismo. Asimismo, nos encontramos una saturación de variables y estilos que parecen demostrar la poca autonomía de Aguilera en la producción así como la escasa confianza en el álbum. Dieciocho temas son incapaces de lanzar un mensaje claro y preciso del origen de este Bionic.

   No es la primera vez que sucede que un fenómeno arrastra a otros o los contamina y, cuando Lady Gaga ha resultado ser la gallina de los huevos de oro, olvidamos la trayectoria de una Christina Aguilera que por sí sola tiene talento y habilidad para continuar con una evolución propia, sin absurdos desmarques. Es una pena que temas como I Am o You Lost Me se mezclen con unos tan superficiales como Glam o Desnúdate.

   Que me perdonen los fans.
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