jueves, 27 de noviembre de 2014

La BSO que convirtió al personaje de Batman en un mito

Mi artículo en Mundiario sobre la BSO de El caballero oscuro.



   No solamente es la ilustración sonora de una de las mejores pelis de superhéroes que se han estrenado hasta ahora, sino también una narración audiovisual que nos permite completar lagunas y elipsis en algunas secuencias de El caballero oscuro. El dominio de esa ingeniería de efectos por Hans Zimmer y Newton Howard es incuestionable, pues su tenacidad obsesiva resuelve la banda sonora de esta película de 2008 desde una interpretación maldita del héroe.

  El acierto del director, Christopher Nolan, fue alejarse de las referencias de Kane, Miller y Azzarello para construir un Batman con tal autonomía que el Hombre Murciélago y su antihéroe, el Joker, interpretado por Heath Ledger, parecían personajes extraídos de un imaginario personal, como si nunca hubiesen existido en los cómics. Ese logro enriqueció la figura de Batman, a cargo en la película por el camaleónico Christian Bale, y destruyó la infantilización que se tiene de los superhéroes como simples referentes de consumo para adolescentes y comunidades frikis. La composición de Zimmer y Newton Howard retoma el clasicismo de melodías amparadas por ese tono mahleriano que ha influido tanto en otros maestros de bandas sonoras como Bernstein o Jarre.

   Sin embargo, esas melodías apenas adquieren una evolución lineal cuando las estridencias, los silencios y los ecos perturban esa tendencia evolutiva en el desarrollo de cada tema. Se muestra así una clara división estructural a lo largo de la banda sonora; por un lado, un inquietante zumbido metálico y una percusión ensordecedora nos presentan la perturbada psicología de un Joker paranoico. Por otro lado, los momentos épicos de la banda sonora representan el valor de ese héroe que se pregunta si las intenciones terroristas de este payaso no están motivadas por el propio protagonismo del Hombre Murciélago.

   Guitarras eléctricas, timbales y la presencia dominante de instrumentos de cuerda consiguen crear esa recelosa presencia del Mal, cuya procedencia desconocemos, pero que llega a la ciudad como un auténtico ángel exterminador. El piano y los cellos producen en nosotros una estimulante reacción melancólica ante la muerte de la joven Rachel (Maggie Gyllenhaal), que condiciona la evolución del personaje de Batman. Es destacable esa intención mahleriana de crear en una misma sinfonía toda clase de posibilidades comunicativas, una ambiciosa propuesta que se lleva a esta banda sonora y que nos hace reflexionar sobre la legitimidad de las acciones de Batman; acciones que parecen ser el reclamo para un mayor aumento de la violencia dentro de la ciudad.

   La música de Zimmer y Howard describen la oscura psicología del héroe y de su álter ego, el Joker, dos almas turbadas, con identidades confusas, que usan métodos ilegales para conseguir sus objetivos. El énfasis de las guitarras eléctricas es una alusión constante al peligro que se cierne sobre los ciudadanos en un Gotham que, desde los cómics de Bob Kane, se asume como la arena de lucha donde el Hombre Murciélago se entrega en cuerpo y alma contra el crimen para que sobrevivan los sueños filantrópicos del padre. Además, la ciudad, corrompida por las mafias y custodiada por bandas que lideran espectrales seres, es ese inframundo en el que el héroe se siente realizado. Allí, en los hipogeos de Gotham, Batman es capaz, por unos momentos, de exorcizar algunos de sus pecados, como el de sentirse indefenso, incapaz, cuando no pudo cambiar el destino de sus padres, asesinados delante de sus ojos.

  La banda sonora de Zimmer y Howard es sobre todo un canto elegíaco con un telón de fondo marcado por el propio espacio industrial y urbano que simboliza la ciudad; son frecuentes ruidos de fondo como chirridos, desafinaciones, golpes metálicos y risas. Predomina el contraste entre lo orquestal y un soterrado dodecafonismo con el fin de crear la espantosa virtud de la locura, el caos, con el que muchos asesinos justifican penosamente la anarquía que pone en jaque al sistema establecido. Why so serious?


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Crisis de la prensa rosa

Mi artículo en Mundiario sobre Chipiona, el esperpento, los Pantoja y la Kedá.

Kiko Matamoros y Lidia Lozano, colaboradores de Sálvame.

   Quedaron para el olvido las dietas a pomelo de la Preysler y los casoplones de Nati Abascal. Ahora la prensa rosa, sin el brío de Carmina Ordoñez, se concentra en la Macondo del Sur, Chipiona, punto neurálgico del amarillismo durante este estío. Hijos de folclóricas y de toreros han reemplazado el caché y la pata negra de sus ancestros, matadores de pedigrí y tonadilleras de la Hispalis mozárabe, por una ralea de niños malcriados, carentes de talento, que han sabido construir unas biografías inspiradas en Los ricos también lloran y en Pasión de gavilanes.

   Porque lo que sucede en Chipiona es más cutre que el anuncio del Danacol. Embarazos prematuros, whatsapps de follamigos y ataques de cuernos se han convertido en la tramoya de este teatro de marionetas donde las productoras televisivas están invirtiendo mucho dinero para que este corrillo de muñecos sin cabeza y chochonas de feria dure hasta que todo sea tan miserable que ya nada quede por vender.

   Los desnudos en Interviú y algún polígrafo del que Kiko Rivera llamó pelopolla darán por acabada esta telenovela. Chipiona es la nueva Marbella de Gunilla, pero con el chonismo de los rave poligoneros, de los muchachos que, sin el graduado escolar, adictos al rebujito y al PER, cumplirán los veintitantos sin dar un palo al algua. Ya no necesitan entrar en Gran Hermano porque la Kedá se ha convertido en la fábrica de la tele, en la taberna fantástica donde los maromos de la zona conocen al matriarcado de los Pantoja y los Ortega. Y la vida pasa. Y Sálvame se ceba con estos fantoches sacados de Luces de Bohemia, alojados en las rancias costumbres de la Andalucía más retrógrada y supersticiosa, pero con un Audi y pinchando en las discotecas porque no se vale para otra cosa. Y es triste. Y qué burro soy. Porque yo sigo a estos personajes, porque hay mucha literatura de folletín detrás de sus vidas confiscadas por la prensa rosa y el mal gusto. Ellos se dejan, porque las vacas gordas no duran para siempre. Especialmente, si esta camada, a diferencia del genio de sus padres, no sabe hacer la o con un canuto.
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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Poeta en Nueva York y Chris Cunningham

Mi reseña en Mundiario sobre las semejanzas que presenta la escritura de García Lorca con el arte visual de Chris Cunningham.

Alien, de Chris Cunningham.

   Recuerdo esas palabras de Virginia Woolf ahora que encuentro semejanzas enfermizas entre Poeta en Nueva York, de García Lorca y ese tremendismo cautivador que prende en la fantasía personal de Chris Cunningham: “Una sola mirada habría bastado a ese observador para tranquilizarle y, al mismo tiempo, sin embargo, darle un motivo diferente de ansiedad”. Esa vibración sensitiva que la escritora aplica a un personaje tan disciplinado como Vanessa en Momentos de vida es semejante a esa reacción que, como espectador y lector, experimenta cualquiera de nosotros al intentar sobreponerse a ese poder chamánico que las imágenes surrealistas de Poeta en Nueva York imponen a nuestra disciplina mental, poco adiestrada a la inteligencia creativa que han censurado medios de comunicación y plataformas digitales. 

  La analogía que he establecido desde hace mucho tiempo entre los vídeoclips dirigidos por Cunningham y los versos de García Lorca está inspirada en la desrealización, como denomina Clemente Millán a esta obra del poeta granadino, cuando la arquitectura de la ciudad y sus hipérbólicas formas determinan el aislamiento comunicativo entre seres humanos. El progreso de las estructuras económicas y la ingeniería mediática han conseguido que las estrategias más estimulantes sean aquellas que manipulan nuestras decisiones respecto a lo que debemos o no debemos consumir, desplazando nuestras iniciativas creativas a una zona límbica. Los ensayos de Habermas y Baumann inciden en la propiedad líquida de ideologías y sentimientos, en la rápida caducidad de sus banales contenidos. Ni la educación, ni los lazos de parentesco dentro de la comunidad, solventan esta intencionada subversión. Desde la escritura de imágenes, esa denuncia encuentra su espacio creativo en la fantasmagoría que Cunningham y García Lorca construyen, aludiendo a esos arquetipos del miedo a lo desconocido que se alojan en nuestra memoria procedimental, aquella que nos marca para siempre, pero que es intraducible.

   En los dos creadores, el manejo de la hipérbole expresa la despersonalización del sujeto e insiste en esa expresión formal de lo monstruoso para despertarnos de nuestra soñolienta conformidad de consumidor de clase media. Cunningham y Lorca invierten sus esfuerzos en la explicitación de nuestras figuraciones espectrales en torno a la muerte y a sus concepciones más ancestrales. Los dos artistas muestran en su obra toda esa fauna poliédrica y anómala para redefinir la normalizada sociedad posmoderna dentro de una sincera confesión de reprimidos sentimientos. Amputados constantemente por señalizaciones, leyes y por un laberinto de infinitas posibilidades comunicativas, guiadas por la deshumanización de los entornos y por la mcdonalización de nuestras conductas: hipersexualización publicitaria, individualismo dentro de nuestras relaciones interpersonales, self-service en todos nuestros actos de consumo, relativismo de las leyes, anomia de los medios de comunicación, entre otros muchos mecanismos de control que Castilla del Pino describe en ensayos como La incomunicación.

  Los vídeos de Cunningham exploran los recovecos más perversos que subyacen en nuestra memoria y que el propio García Lorca utiliza como un despliegue sintáctico de metáforas y paradojas para que el lector urbanitas se reconozca en las entrañas de esa asfixiante alucinación. El escritor mexicano Sergio Pitol sostiene que la creación arraiga en ese espesor imaginario de sombras difusas que auguran nuestra creación, proyectando al exterior una energía. Una energía que no nos defrauda en absoluto, pues nos permite comprobar que, más allá de nuestra cómoda supervivencia en estas polis esterilizadas, persiste una trama que nos coacciona sin que seamos conscientes de los efectos.

   Somos arrastrados a una profunda sedación donde lo que existe lo hace en duermevela, sumido en los efluvios de un sortilegio de mandrágora, mientras que los que sufren permanecen en la invisibilidad. Poemas como Crucifixión, Paisaje de la multitud que vomita o La aurora son una traslación semántica de esas creaciones que Cunningham realizó para músicos como Aphex Twin o Björk: la creatividad está consolidada desde esas alucinaciones enfermizas, inspiradas en Lynch, Cronenberg o Scott. Las mutaciones, los zombis de arena, los marcianos y las marionetas colisionan contra nuestra realidad narcotizada e insolidaria. Asimismo, reverberan poderosos antojos y espejismos en los poemas de García Lorca: gato laminado, hipopótamo con las pezuñas de ceniza, colinas de martillos, el terror de la rueda, naufragio de sangre, niños de cera, insectos vacíos.

   Esta analogía entre el poeta granadino y el video-artista londinense profundiza en el valor de manifestaciones estéticas que, manejando el surrealismo, contribuyen a que huyamos de la nulidad a la que estamos predestinados desde que nacemos en una soceidad mediatizada. Se reconoce en esa proyección de visiones turbadoras que no hay mayor afán que utilizar el miedo para que nadie se atreva a cruzar el umbral hacia esa multitud que vomita mientras viste de Dior y devora platos precongelados.
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Todos queremos nuestro minuto de gloria

Mi artículo en Mundiario sobre El selfie.

Selfie de Mona Lisa

   Amiga, lo que molaba en mis tiempos de instituto era ponerle cuernos al colega de clase cuando posábamos para la foto de final de curso. Pero ahora leo en prensa que uno de cada cuatro jóvenes europeos se ha hecho un selfie, que Wikipedia se niega a borrar el selfie de un mono y que una secretaria del Parlamento suizo tuiteó su selfie completamente desnuda. Esos Nokia de última generación, con váter y GPS incorporados, han conseguido que todo ser humano tenga su momento de gloria en la Internet, que su selfie sea esa marca de protagonismo para lanzar a las redes sociales como hacen Tyra Banks, George Clooney o ese barbilampiño de Abraham Mateo.

   Que nadie te regale flores, que nadie te mire con ojos ávidos de placer y que nadie te pregunte por ese libro que estás leyendo mientras tomas un café en La Cúpula de París nos ha hecho vulnerables (aquí, el autor estuvo a punto de escribir “nos ha hecho gilipollas”) porque queremos que nos bailen el agua, que pulsen ese megusta del Facebook y ese favorito de Twitter. Ser la hostia en Instagram. Ya no hace falta superar el casting de Gran Hermano. Con tu móvil, estás condenado a ser popular, aunque sigas envejeciendo y ese autorretrato, almacenado en millones de tarjetas y discos duros, te delate con el paso del tiempo. No has hecho ningún pacto con el diablo, amiga, y verás, por desgracia, que tu selfie perdura, pero que tú no eres Dorian Grey, y te saldrán bolsas en los ojos, lorzas como morlacos donde llevas el piercing y una hipoteca que ahora pagan tus padres por ti. Triste. A ese zombi que tienes como novio, también.

   Y te mirarás en el espejo, amiga mía, y querrás hacerte más selfies para creer que tu vida no es tan miserable. Pero no eres Miley Cyrus, ni tienes cinco millones de amigos como Shakira en Facebook. A veces te mira el vecino de enfrente después de bostezar. Tampoco tienes el trasero de Kylie Jenner, la pequeña de las Kardashian, para hacerte un selfit, ni tienes un playa privada como Mariah Carey para hacerte un selfbeach. Eres una consumidora de móviles que Samsumg necesita para que otros disfruten la vida que no tienes.

   Pero lo que digo yo, amiga, no importa. Ahora bien, qué rabia dan esos novios que no se miran ni se tocan por debajo de la mesa. Solamente están pendientes de su WhatsApp y de los favoritos de sus selfies. Qué han hecho con nosotros, amiga. Dímelo.
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Un músico que describe las fronteras y su crisol de contrastes

Mi reseña en Mundiario sobre Cliff Martínez.


   Lo difícil que resulta que la música de una banda sonora tenga vida por sí misma, que la calidad de sus temas construya un relato propio al margen de la película. En el caso de Traffic, Cliff Martínez lo consigue a través de una compleja búsqueda de atmósferas y texturas envolventes que nos trasladan a espacios insólitos, oscuros, inexistentes quizás en la propia realidad que su música confunde con el limbo, con carreteras abandonadas que desembocan en barrancos sepultados bajo el polvo.

  Y es ese efecto imaginativo lo que define la música de Cliff Martínez desde un lirismo soberbio, acusado por la impronta de Brian Eno y de compositores de música contemporánea como Ligeti o Gorecki. Todo es insinuante en esa banda sonora y la destacada película de Soderbergh, con su trama de narcotráfico y su cromatismo evocador, queda solapada en algunos momentos por esta música que es capaz de incorporar su particular visión de las cosas, de seducirnos valientemente para que produzcamos nuestra realidad imaginada.

   En mi caso, se trata de un mundo desolador, inscrito en la noche, a las afueras de una ciudad. Unas gentes que caminan por los arcenes buscando el maná, cargados con unos hatillos, rezando para que la policía no los encuentre y los deporte en el mejor de los casos. Una definición precisa, dentro de esas atmósferas tan sugerentes, del choque de culturas, de los límites traumáticos que suponen las fronteras. Horizontes invadidos por los fantasmas de los ancestros y por chacales, cuyos ojos incendiados una y otra vez penan entre los túmulos de arena. Pese a la dureza del mensaje de esas músicas evocadoras, existe una preciosista elegancia en esa búsqueda de sonidos acústicos y electrónicos a cargo de Cliff Martínez con el fin de denunciar el mal que se aloja en esa belleza congénita que subsiste siempre en esos paisajes desérticos de la frontera.

   Niebla, lejanía y carreteras para expresar esa lírica sin contención, sin vitalismo, llena de estímulos elegiacos que este músico nos traslada sin reserva. Para que soñemos mientras los bruñidos reflejos sobre las arenas quieren decirnos algo. Quizá, terrible.
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Una obra de Norman Mailer sobre la infancia de Hitler

Mi reseña en Mundiario sobre la novela El castillo en el bosque.

Fotograma de La semilla del mal, de D. S. Goyer (2009)

   Una oscura historia sobre la infancia. Una oscura historia sobre la infancia de Adolf Hitler. Norman Mailer ficciona sobre materiales biográficos de los orígenes del dictador y de todo su árbol genealógico, estigmatizado por el recelo del incesto y sus posibles raíces semíticas.

   Dividida en catorce libros y un epílogo, Mailer trabaja desde una estructura lineal, sirviéndose de esa división en libros para describir con rigor ceremonioso las impresiones psicológicas, ensoñaciones y costumbres de las relaciones interpersonales que suceden en la familia del pequeño Adi. Es esa estructura la que convierte involuntariamente a la narración en una especie de tratado psicológico de unas vidas lúgubres, ancladas en la superstición y en los prejuicios, abocadas al fingimiento y a preservar las apariencias, aunque el dolor del engaño sea insoportable para las mujeres de esta estirpe, sobre todo para la madre del dictador.

   "(...), los movimientos intestinales de Adolf empezaban a dominar la vida de Klara en la casa de Linzerstrasse. Antes de que aconteciera el episodio con Lutero, ella, desde luego, se había encargado, por muchas veces que Adi no manchase los pañales, de mantenerle limpio; de hecho, como he señalado, este acto se convirtió en un coqueteo entre madre e hijo. Le limpiaba con tanta minucia que al niño le brillaban los ojos. Descubrió el cielo." (pág. 111).

   Mailer no quiere encontrar el posible trauma que movió a ese niño a convertirse en el tirano genocida. El castillo en el bosque es un relato sobre una biografía inventada que un demonio o cachiporra, en primera persona, nos refiere con una insana ironía, profundizando en las obscenas vivencias de la familia paterna de los Hitler. Sin embargo, no cae en el error de revelarnos posibles respuestas a ese mesianismo diabólico. La novela no es un tratado psicológico del fundamentalismo nazi, sino una historia de perversiones, celos y deslealtades entre los Hitler, donde las mujeres acatan los deseos lascivos del abuelo y posteriormente del progenitor de Adolf. El incesto por parte de la familia paterna y materna se cruza en la concepción del pequeño Adi, justificando la tesis de Himmler que defiende la enorme valía del Fühher cuando sus genes han tenido que superar esa impura mezcolanza del incesto.

   Lejos de la maestría demostrada en Los desnudos y los muertos, persiste en Mailer esa inquietud periodística que cruza lo expositivo con lo literario al igual que hiciera Truman Capote en A sangre fría. El artificio supera con creces las expectativas argumentativas de una novela que opera siempre desde anécdotas y cuadros costumbristas. Se construye así lentamente esa psicología promiscua al mismo tiempo que egoísta en el padre de Adolf, Alois, una herencia genética que descubrimos ya en el abuelo Johann Nepomuk y su apego a las tabernas.

   La traducción de Jaime Zulaika en Anagrama destaca por esa sobriedad en el tono y en el ritmo de la frase que persigue Mailer. El uso de las epístolas, las descripciones sucintas de los espacios y la recreación de una atmósfera enrarecida a lo largo de El castillo en el bosque producen en el lector un continuo efecto exasperante y descorazonador. Seguramente la miseria y los logros de esta familia en nada se diferencian de otras que convivían en ese tiempo, lo que nos sobrecoge aún más cuando tratamos de encontrar una justificación social o psicológica a la depredación instintiva que crecerá en Adolf Hitler.

   “Empezó a berrear pidiendo leche menos de treinta minutos después de que Klara se hubiese sumido en el mejor sueño que había conocido en años.

   ¿Debemos suponer que un niño no puede tener reacciones muy profundas porque su vida media no dura más de treinta minutos? Debido a aquella traición, quizás no volviera a amar a su madre tanto como antes. Sin embargo, sus sentimientos se fortalecieron. En su amor había ahora sufrimiento, y una rabia que se manifestaba mordisqueando la teta con los dientes. De hecho, durante unos días se sintió próximo a Lutero, y cuando se adormilaba dormía toda la tarde al lado del perro. Ciertamente, veía al animal como a un hermano, y su afecto fraternal duró hasta que Adolf empezó a aprovecharse demasiado y a aporrear a Lutero en la barriga, a tratar de meterle los dedos en los ojos y, en ocasiones, a darle patadas en las costillas. Si el perro empezaba a gruñir cuando se acercaba, corría lloriqueando donde Klara” (pág. 115).

   Sin embargo, nada es casual en el texto, cuando vislumbramos que el nacimiento de su hermano Edmund desplaza a Hitler dentro de la familia. Cuando la descripción exhaustiva del trabajo de apicultura que comparte padre e hijo parece llevarnos a sospechar de alguna clase de fantasía sádica donde las obreras se sacrifican por la abeja reina. Resonancias oníricas que nos intranquilizan y que dotan al sueño y al subsconsciente de un protagonismo mayor en el nacimiento de la bestia. Así lo evidencia la espléndida metáfora que expresa el propio título de la novela.

  “La depresión puede degenerar en aberración. Muchos atardeceres, sentado en la tapia del cementerio, Adi se preguntaba qué haría si el brazo de Edmund saliese de repente de la tumba. ¿Echaría a correr? ¿Intentaría hablar con Edmund? ¿Le pediría perdón? ¿O le acribillaría el brazo con su arma de aire comprimido?” (pág. 437).

   Ese inquietante relato sobre los insectos, esa constante indefensión que padecen las mujeres y la felonía continua de varones oportunistas definen a la familia de los Hitler. Pero toda esa evidencia, según el demonio que narra, es insuficiente para que un dictador masacre a toda Europa. O tal vez no.

  “Después de la matanza, las mismas obreras barrían los cadáveres fuera de la colmena. Alois tampoco le habló de otras complicaciones. Siempre había la tendencia, en cuanto empezaba de verdad el clima caluroso, de que la mitad de la colonia se pusiera a enjambrar, es decir, a irse volando, a desertar la colmena y retornar al estilo de vida anterior en el hueco de un árbol. En un santiamén perdías tus ganancias. Tampoco le habló de princesas que a menudo eran eliminadas por la corte de abejas en torno a la reina” (pág. 171).

   El propósito de Mailer es mantener el suspense de un interrogante todavía sin respuesta. Quizá el genocida no se hace, sino que pertenece a un lugar insondable, remoto. El Mal no se hereda, sino que es algo metafísico que escapa a la propia genética, a la propia causalidad de la historia. Como declara el propio demonio:“Ahora bien, ¿qué nubla más un estado de ánimo que vivir con una pregunta que no obtendrá respuesta?” (pág. 18).
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Demon´s dance, de Jackie MacLean

Lírica improvisada para los amantes del jazz


Mi artículo en Mundiario sobre el gran Jackie McLean.


   Melódica fantasía de ese Jackie McLean que nos vuelve a mostrar que el virtuosismo es transcendental para alejarse de esas rutinas previsibles que organizan nuestra vida. Demon´s Dance es un prodigioso manejo de la improvisación, a la sombra de Parker, sin renunciar a esa entregada forma de ponernos la piel de gallina cuando la grabación está pensada como si de un directo se tratase. El soberbio manejo del saxo de McLean y su acompañamiento orquestal convierten nuestra vida en esa eterna banda sonora que, como suceda con trabajos de Charlie Mingus, está condenada a no morir, a resistir todas las modas y tendencias, a que cada tema siga sonando como un estímulo inédito. Una danza tribal que no pertenece a este mundo, porque ha nacido en la marginalidad, en la confrontación social entre blancos y negros, bajo el auspicio de la creativa ebriedad que sucede en humeantes antros de los fondos más chabacanos.

   Un ritmo trepidante y fluido en algunos temas como Boo Ann´s Grand o Demon´s Dance contrasta con unos pausados y destacados solos de saxo en Toyland o Floogeh, así que el músico y su diálogo personal con el instrumento destacan sobre la complejidad del tema en su conjunto. La banda, aunque sea magnífica, es lo de menos. De acuerdo a las maneras del bebop, lo que prima es la elocuencia del saxo y su versatilidad. El piano de Lamont Johson, impresionante en algunos momentos de Boo Ann´s Grand, ilustra esa osadía que tiene McLean de enfrentarse a un terreno insondable como es el de apurar las posibilidades instrumentales del saxo. Sin duda, se trata de una valiente exploración del silencio y de ese vértigo que experimenta el jazz cuando busca lo que no existe, lo que no se conoce, mostrándolo como un lenguaje que, en el caso de este disco, recuerda momentos que no hemos vivido todavía.

   Al abrigo de la música de ese Harlem siempre decadente que lo vio nacer, McLean reproduce la dicha de quien apuesta todo por resistir a la desesperación enfermiza de quienes no encuentran su lugar en el mundo. Como describe el bloguero José Ángel González, se trata de un saxo alto blanco con el sonido más negro que se haya escuchado. Sin renunciar a la vanguardia de Mingus, Demon´s Dance me sigue pareciendo providencial para ligar el jazz, no sólo con la poesía, sino con la vida. Me cuentan que anda por ahí un disco inédito de McLean con Tete Montoliú. Quizá el Santo Grial existe.

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martes, 25 de noviembre de 2014

Ríndete

  No temas esa luz. Hiéreme cuando las aguas nos alcancen. Vibra con la piadosa creencia. Los perros son animales finalmente infieles. Has declarado la guerra y el soplo de aire es tan abrasador como la punta de la lanza. No temas la luz. Ríndete a la oscuridad; es un regalo mayor que el del adiestrador de insectos.

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lunes, 24 de noviembre de 2014

Júralo

   Luz de los escombros; desconfía de los malos augurios. Las cuerdas giran a tu alrededor. Estás encerrado en un cuarto invisible que avanza, que avanza sin cesar. Tus manos penetran en mi cuello y el azul ha desaparecido del horizonte. Arden ramas y esos perros fallecen en la oscuridad. no seas ridícula, desnúdate y que todo germine tras la fuente seca. Invisible. Amanece de nuevo tras el espejo, en el fondo de un vaso. Mátame y júralo para siempre.

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domingo, 23 de noviembre de 2014

Ciencia, pedagogía y literatura

Mi reseña en Mundiario sobre El universo para Ulises, de Juan Carlos Ortega.

Portada de El universo para Ulises, de Juan Carlos Ortega.
Portada de El universo para Ulises, de Juan Carlos Ortega.
   Lo más díficil en divulgación es conseguir que un modelo explicativo con pocos conceptos y relaciones sea capaz de descifrar toda una serie de complejos fenómenos que aparentemente parecen inescrutables. El ensayo El universo para Ulises, de Juan Carlos Ortega, publicado por Planeta,  explica la evolución de la Ciencia desde la Antigüedad hasta nuestros días, revisando aquellos aspectos históricos y culturales más relevantes dentro de esa épica de descubrimientos y avances.

  Lo que conmueve de este trabajo es el estilo sencillo y afectuoso que convierte al divulgador en un cuentacuentos hábil que, busca en la complicidad de su hijo Ulises, un motivo para desentrañar los apasionantes misterios que rodean el origen del universo. Las propuestas científicas que se explican no esconden el particular tributo que Juan Carlos Ortega rinde a su hijo como reflejo de ese don genesiaco que nos asiste tras la combustión de las estrellas. El preciosismo de su prosa en algunos momentos, junto a un uso aparentemente cómodo de la ironía, nos permiten descubrir los entresijos y vislumbrar entre bambalinas algunas anécdotas que condicionaron la mayor parte de los descubrimientos, pues el azar y una pasión caótica inexorables persisten en la expansión de las galaxias, en el enfriamiento de las estrellas y, por analogía, en las averiguaciones de los científicos a lo largo de nuestra historia.

   El modelo explicativo de Juan Carlos Ortega se focaliza principalmente en las leyes de Newton, en la velocidad de la luz y en el origen de el Sol. Son estos tres elementos la argamasa que necesita su ensayo para intervenir con emocionantes confesiones en su ambiciosa perspectiva de estudio. El milagro de su ejercicio es su habilidad para fundir cuantiosas ecuaciones e ingentes cantidades de experimentos en ejemplos caseros y en imágenes costumbristas que trasladan esas arduas investigaciones a juegos y figuras que apenas se alejan del imaginario que caracteriza al humor de Juan Carlos Ortega.

  Lo asiste siempre una prosa sencilla, llena de matices para no perder el hilo entre la teoría y su aplicación didáctica, pendiente siempre de Ulises y del lector, pues su discurso no deja de ser nunca aleccionador, hermosamente aleccionador, y cada apartado se convierte en una epístola para su hijo. Porque la mejor herencia es precisamente el universo que se contempla bajo la senectud de la paternidad o bajo la ingenuidad de un principito, cuyos ojos hambrientos se asoman al mundo con ganas de saber. Hay un tono nostálgico en sus reflexiones, reminiscencias a Saint-Exupéry que enfatizan esa intención divulgativa del texto, pero inspirándose en el asombro, que tanto preservaron  los antiguos griegos, moviéndose Ortega en un planteamiento deductivo que traduce los inextricables enigmas en metáforas de una realidad insondable.

  Tan solo la poesía y la ciencia como poesía razonada permiten que algunos, de la mano de Ulises, digamos que merece la pena seguir viviendo para reconocer que los átomos de nuestro cuerpo alguna vez formaron parte de una estrella. Enhorabuena, Juan Carlos, y gracias.

"Querido Ulises:

   El universo es un lugar rematadamente extraño. El problema es que no hay nada con lo que podamos compararlo. Solemos juzgar la rareza de las cosas en función de otras que nos parecen normales. Una bicicleta, un poema o una catedral gótica pueden resultarnos chocantes, pero sólo si hemos conocido bicicletas, poemas o catedrales góticas que no nos han llamado especialmente la atención" (pág. 13).

"Nos movemos entre la defensa de la sociabilidad total o la del autismo perfecto, pero existen caminos intermedios, posiciones mezcladas que pueden regalarnos auténticos momentos de alegría. Lo ideal es estar con la gente, dejarse contagiar por su alegría y procurársela también nosotros, pero sin tener miedo a no ser como ellos. Estar con los demás sabiendo retirarse a tiempo. Imagino a Aristarco y también a la mayoría de los sabios como magníficos seguidores de esta actitud: encantados con la gente sin dejar de ser lo que eran, un modo de estar en el mundo que podríamos llamar sociabilidad individualista y que consigue que seamos capaces de atrevernos con todo" (pág. 54).

"Los átomos de hidrógeno de las estrellas se transforman, como acabadas de ver, en átomos de helio. Éstos, a su vez, van convirtiéndose, gracias a la fusión nuclear, en elementos más pesados, como el hierro y el carbono, sustancias de las que tú estás hecho. Cada átomo de tu cuerpo y del mío, y también del de todos tus amigos, fue creado dentro de un sol lejano" (pág. 247).

"Considero que nadie en su sano juicio puede tener la certeza de haber dado con una explicación acerca del enigma de la libertad. Nadie sabe por qué podemos tomar decisiones, por qué una parte de esta ciega maquinaria cósmica puede actuar al margen de ella, poniéndose un poco por encima y alterando la realidad a su antojo" (pág. 342).


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sábado, 22 de noviembre de 2014

No es el cuerpo

 No es el cuerpo, ni la memoria, ni esa hierba que pisas, ni el barro que modelas bajo la pérgola. Hemos visto caer a nuestros padres y esa contundencia del dolor no es comparable a nada, ni a la nieve, ni al cuerpo, ni a la memoria del cuerpo amado, ni a a la hierba que pisas y donde se juega.

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viernes, 21 de noviembre de 2014

Permanecemos

  Permanecemos aquí, entre los amigos y entre los hijos, porque es ya inútil luchar. Nada nos traerá a la infancia, la ceniza no se convertirá en fresno. Cierra los ojos y escucha el silencio de la rama y las orillas.

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Mano de una madre

  A Fernanda y para sus hijos y sobrinos.
  
  Qué luz, en qué mar. Todavía nos asiste el cielo. Las arenas movedizas son el clamor del suicidio. La escritora quema sus carpetas. Buster Keaton apunta hacia el río con un cañón. Las olas se mantienen a flote más allá de las olas. No somos más que toda sombra, que toda canción de cuna, la mano de mi madre que nos arrastra.
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jueves, 20 de noviembre de 2014

A esto he llegado

  A esto he llegado, a  que mis hijos crezcan, y los fresnos persistan en el mismo lugar cuando yo cogía la mano de mi padre. Todo lo que queda ya deja de ser hermoso. Es hermoso para el que viene y aún no sabe que se marchará. Las palabras que quedan serán escritas por otra mano. Que Dios no me alcance jamás.

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