jueves, 6 de febrero de 2014

Escribir desde la niebla

 Lo que tus ojos descifran es una realidad aparente. Lo que oculta cada fragmento pertenece a otra existencia. No burles la oscura hechura del pájaro ni la incidencia del hielo en la luz. Cenizas de un cuenco, ramajes que anochecen sobre los caminos, un canto inconsolable de las aves. Somos lo que consienten nuestros sentidos. Escribo desde la niebla para morir en el vacío.

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La escritura es la ausencia

  No quedan caudalosos ríos, pero el éxtasis subyace en la velocidad de la luz. Persisten las magnolias en el jardín de nuestros padres. El niño que yo era retira los alimentos y juega en los campos de alfalfa. Las barracas se hunden en los anegados huertos. El rescoldo del crepúsculo resucita las formas que jamás existieron después de los aludes. El hielo ha quebrado mi mano y la escritura la ausencia de nosotros.

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miércoles, 5 de febrero de 2014

A Chantal, que perdió a alguien

  A Chantal

    Regresará contigo por cada recuerdo, por cada vez que cruzaste el haz de luz. Estabas descalza una vez que te besó. No aguardará en el umbral ahora, pero hará todo lo posible por estar ahí. Los objetos tendrán la forma que él imaginó, un eco, la brizna, los anegados huertos, y su existencia, la tuya, será como esas palabras difusas que ahora resuenan en un lugar. No lo esperes en la misma cafetería. La espera es la intención que os protege. No hay otra vida, sino la del recuerdo que sobrevive entre tanto olvido.

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Creo en Wittgenstein todo padre

 A Marcos y a Sonia

  Mi primo tenía una vaca que pertenció a Wittgenstein. El juego de los posesivos arde en estas notas que acabo de leer. Sí, yo soñé con el filósofo y con algunas enzimas que no aparecen en el Tractatus. Es domingo y las palomas vuelan hacia la costa de los moribundos. Un sitio feroz, os lo aseguro. Lo que hiciera mi primo con la vaca es cosa suya. Echo de menos ese tono cobrizo de la hierba rala. Los tubérculos crecen sobre la mesa y Wittgenstein cierra su cuaderno para contemplar la maravillosa creación que surge de la nada.

Foto de Ben Richards
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Materiales didácticos

Adjunto varios materiales didácticos de Cine y Recursos para la enseñanza del lenguaje audiovisual y el aprendizaje de aspectos lingüísticos.


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Escorpiones que profundizan en mi alma

  Solamente confío en los escorpiones  que profundizan en mi alma. ¿Por qué trajiste aquella rama de laurel al jardín de las Hespérides? No éramos quinceañeros. Amábamos las magnolias, los violines y la inteligencia artificial de algunos insectos alados. No he comido tal cosa en la vida, pero solíamos caer de piedra en piedra, para buscar las sombras y los líquidos. Advertimos que tu compañera de trabajo estaba encerrada en un armario dentro del real manicomio. Quise acompañarla en ese trance y aromatizar el puré de membranas con ese laurel bendecido. No quedaban vegetarianos con los que compartir esa pútrida recompensa. Los manicomios no eran lo que son. Ni los jardines donde morían tantos y tantos poetas.

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El revólver de T.S. Eliot

  Eras demasiado rápida con el revólver. El ídolo de barro te visitó una noche con el comediante. Se excitaron al escarbar en tus sueños sobre Mesopotamia y sobre Gomorra, la vieja. Luego abandonaron tu hogar con el vellocino y una pareja de varanos que trasteaban bajo el diván Botut. En Psalm Bowers, donde vivía mi primera madre, no vendían esa clase de divanes, pero podías comprar calaveras de palomas para lanzarle a los payasos. Una vez me pinté el rostro con un carmín exultante y busqué en las papeleras ese verso de T.S. Eliot que tanto rechazabas por el abuso de la lítote: "En la lejanía de Fake, los templos no han de caer". Hoy no me he subido al furgón no sea que fueras a dispararme.

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martes, 4 de febrero de 2014

Los tordos de Volport

   La maestra de acupuntura te prohibió saltar a la pata coja y leer el cuento de Pinocho. Eras rico bajo la bóveda de los desvalidos. Cristo te golpeó antes de salir del templo con tu negocio de cristales rostros y quijadas de caballo. La maestra te enseñó un crepúsculo de tordos incendiados por la luz insondable. Te lo creíste y alguien como Cristo debía haberte golpeado con más fuerza. Existes porque existen estas palabras. Hoy he leído en la prensa que hay un colegio con niños de cera que se asoman a las ventanas. Los cormoranes vigilan el patio. Una maestra se depila en el altillo con una esquirla de luna. Los niños de cera no han visto el crepúsculo que presagian los tordos de Volport.

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Desquicio de cruzados

  Lo que me vendió el hojalatero fue una piel de acero y una escudilla de plata. No quería nada de eso para la hoguera de los cruzados. Arderían a media noche entre macabros rezos, odiosos e ignorando que el más allá estaba sumergido en cenagosas aguas. Los perros penetraban la húmeda espesura y el canto del chotacabras impedía el avance de la escoria. No me he portado bien con algunos de esos cruzados que, atados al mástil, piden clemencia. No me he portado bien con ellos ni con la madre que quiso cerrar la puerta una vez que la realidad la desquició.

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Cormoranes de Tremens Harbour

   Te has recogido el pelo y te pareces a todas las madres que abandonan sus carricoches en la explanada. Por Tremens Harbour, los vagabundos son devorados por algunos cormoranes erectos y, en las sienes de algunas jóvenes fumadoras, crece hinojo y cáñamo. Te has recogido el pelo y has quemado tu libro de ciencias delante del televisor. Alguien quería venderte un viaje a una carnicería dos calles más abajo y al vientre del enorme pez que se tragó a Jonás, a Jonás, el cojo. No me mires más así cuando esté comiendo.

Perro vagabundo, de Daido Moriyama
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ActivaOrihuela

Del Martes 4 al martes 11 de Febrero


www.activaorihuela.es
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Los payasos caen despacio

  He bebido de este cáliz y la pólvora ha quemado mi garganta. Los payasos caen despacio y, en el hule, se ha derramado el cabello de una anfitriona griega. Detrás del telón, la muchacha ática masticaba las falanges de una mano diestra. Los payasos caen despacio y los vientres se hinchan alrededor de esa pieza sublime. Porque una yegua azul es siempre un culto adictivo. Ese cáliz es una ventana al mundo, la más destacada expiación de todas las que he conocido. Y he conocida muchas; la última me concedió el don de lenguas y una anciana irreverente que cantaba como Edith Piaf.

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Dioses de palo

  El ocelote es un dios perdido que avanza entre otros dioses de palo. Han escarbado en la raíz del problema y la fiera ha emitido su discurso: "Bienaventurados los pastores de este pueblo, se arrancarán los ojos y la luz será una luz blanca, reveladora de participios irregulares y verbos defectivos". No servirá para nada que os ejercitéis en el badén, ni en las lomas de sal, porque la luz tenderá a extinguiros y el ocelote caminará sobre vuestros cadáveres como otro dios de palo.
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lunes, 3 de febrero de 2014

Mi padre desayunó con Bacon

 No te mires al espejo que te señalan los padres. Aquel hombre no llevaba paracaídas. Era tu padre, experto en hiperestesia y en bestiarios medievales. El otro, un amigo llamado Francis, era un amante excepcional siempre que hubiera algún psicotrópico bajo la lengua de aquellos jóvenes que aparcaban sus bicis en los aseos de Central Park. Una vez viste su traje de mujer y sus viseras de nácar. Era Francis, de las botas verdes y de los rosáceos dedos, que desayunó en la misma mesa con tu padre, con el relojero asesino y con el conejo florista. Tú, como no habías hecho la comunión, mirabas la lluvia, la incansable lluvia que nos purgaba con la camisa de fuerza incluso.

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