jueves, 5 de diciembre de 2013

Reseña sobre La memoria del cuervo

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Los diez mandamientos del fracaso educativo


1) Unas leyes educativas que defienden la igualdad cuando, en nuestro país, existe educación privada, concertada y pública fracasan seguro.

2) Una educación, donde lo más importante es "acabar el libro" que aprender a escribir, a calcular y a razonar, fracasa seguro.

3) Unas leyes que defienden la atención a la diversidad con ratios en aumento y sin profesor especializado fracasan seguro.

4) Un sistema educativo que es responsable de la disciplina que los alumnos no han recibido en casa fracasa seguro.

5) Un sistema que tiene doce asignaturas por curso en etapas de ESO fracasa seguro.

6) Un Ministerio que respalda a lobbies editoriales y a gestoras educativas afines a la LOGSE fracasa seguro.

7) Una educación basada en el culto al libro de texto y en la repetición fracasa seguro.

8) Unos profesores sin evaluación externa y sin penalizaciones por su falta de renovación fracasa seguro.

9) Un sistema educativo sin oposiciones más exigentes y donde se valore la competencia y el currículum del profesor fracasa seguro.

10) Unos gobiernos que amparan la endogamia contractual en las Universidades que han de formar a los futuros docentes son responsables de este fracaso.
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miércoles, 4 de diciembre de 2013

La manera de resistir

    La felicidad debe ser entendida como un estado de alerta para cerciorarnos de que nuestros cuerpos son proclives a la destrucción. El hecho de aprovechar cada momento, por muy egoísta que resulte, es la manera de resistir ante la muerte.

Ib y su marido, óleo de Lucian Freud (1992)
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Dark Lane, de Juan Cicuta

Mi reseña en Culturamas sobre el cortometraje Dark Lane, dirigido por Juan Cicuta.

    El pasado viernes 16 de noviembre se proyectó, en el Aula CAM de Orihuela, el cortometraje Dark Lane, dirigido por Juan Cicuta. Conocí al director hace unos meses cuando llegó a casa con Martín, el bajista de Comisión Warren (aún no recuerdo con qué intención vinieron), pero me entusiasmó su humildad, la aceptación de sus limitaciones técnicas y su afán por crear desde la imagen.

   Dark Lane es un cortometraje con pretensiones de hacer cine, pero sin pretensiones de dejar huella, porque Juan Cicuta lo ha manifestado en público y me lo dijo, sentados en un viejo sofá, mientras Martín miraba a una pantalla: “Manuel, Dark Lane es el inicio, una aventura para hacer otras cosas más serias, un intento de buscar un lenguaje”. 

    Y, tras verla por segunda vez el pasado viernes, intuí, en la cinta, un talento, una necesidad de querer mostrar un lenguaje personal ,donde lo extremo del gore más cutre y del costumbrismo más zafio adquieren esa perplejidad que te impide decir que “no merece la pena tanto esfuerzo”, porque en Dark Lane hay talento, hay orfebrería, tosca, pero orfebrería, porque el director se implica vivamente con su proyecto, se moja, está al lado de los actores y de las actrices, coge la cámara y desenfunda desde un capó o tirado en el asfalto de madrugada, con su reparto, perdidos todos en un pinar.

    Juan Andrés Gálvez Pujol es un director de cámara en mano y a cuestas, sin presupuesto, sin apoyo técnico, con un compromiso sincero hacia el cine en el que cree, un tipo de cine que no está exento de complejidad argumental y secuencial; ese cine, con apariencia de boutade y opereta, que, sin embargo, revela una historia entre el acierto y el disparate, dotando de suficiente personalidad a unos protagonistas que, en menos de treinta minutos, se exponen al vampirismo de los Cárpatos y al vampirismo de las mafias, de la prostitución y del narcotráfico.

   La influencia de Acción Mutante, de los alucinados Jesús Franco y Tinto Brass, y de esas películas de Romero, donde el mundo zombi declara la guerra a los humanos, están presentes en las maneras del Cicuta (no tengo dudas). Y, si la película pecó de obscenidad en algún momento, fue porque los personajes y el mundo nocturno que viven lo exigen, porque la personalidad de Cicuta es inquieta, perversa y nada conformista. Su alucinación y su trance- a la hora de escribir y a la hora de rodar- no entienden de las convenciones que involuntariamente están presentes dentro de esa hermosa irracionalidad.
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“Tras, tras, cucutrás”, de Juan Clemente

Mi reseña en Historias para no dormir(se) sobre la difusión de la poesía infantil a cargo de la Editorial Kalandraka.

Reseña | Fuente: Muñoz Grau

    La difusión de la poesía infantil a cargo de la editorial Kalandraka ha sido relevante a lo largo de estos últimos años. De hecho, su compromiso con la formación de la sensibilidad literaria en edades tan tempranas ha sido reconocido recientemente con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial en 2012.

    Tras, tras, cucutrás, de Juan Clemente, es un ejemplo significativo de poesía para niños por sus temas anecdóticos, por su animalario misceláneo y atractivo, por la percusión de sus rimas y ritmo. Pero el poemario merece toda la atención de lectores adultos, porque el contenido y las ilustraciones, como otro texto rico en matices poéticos, emergen de una fascinación contagiosa hacia un mundo lleno de ecos musicales, de perplejos juegos de palabras y dibujos trabados en el lenguaje del collage.

   La escritura de Juan Clemente se basa en una repetición enfebrecida de palabras con rotunda sonoridad, imitando canciones populares de juego y entretenimiento que nos resultan entrañables, pues recuperan la tradición oral del ritmo, incluida en nuestro acervo popular desde hace siglos: “Pinuno es un tuno/ pindós tiene tos, / pintrés al revés,/ pincuatro, pazguato, (…)nariz de madera,/ adentro y afuera,/ nariz de pimiento,/ afuera y adentro.” (pág. 16). Reminiscencias en los versos de una infancia que creíamos irrecuperable y perdida: “¡Pobre perro, perro pobre!/ ¿Dónde el rabo? ¿El rabo dónde?/ ¡Roque santo! ¡Santo Roque!” (pág. 20).

   Ese sentimiento de nostalgia, de viva añoranza de lo que fuimos, explora, para el lector infantil, ese ritmo vertiginoso que la palabra ejerce cuando el “Pirulín, pirulero”, “Mambrú”, “Lo pitiminí”, el “tararí que te ví” se incluyen dentro de un bestiario evocador, lúcido y noble, que nos transmite la fuerza indómita de la inocencia. En definitiva, la fábula como un espacio creativo: “La oveja y el lobo/ se van a casar,/ en un prado rosa/ a orillas del mar” (…) El lobo y la oveja/ besitos le da,/ y el rabo asoma/ debajo del frac”. (pág. 51).

  Las ilustraciones de Aitana Carrasco, trabajadas desde texturas porosas y apergaminadas, conservando la influencia surrealista de sus motivos, nos devuelven, en este caso, a la tradición del dibujo decimonónico que ilustraba prensa, cartelería y algunos álbumes infantiles. Esas ilustraciones nos permiten avanzar en la anécdota, en el microcosmos descrito en cada poema, con el fin de transformar su contenido en un nuevo texto donde nada queda cerrado a la ilusionante experiencia del lector.
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"Luz de los escombros" en Travelarte

   Algunos de mis poemas publicados en Travelarte.

Fotografía | Fuente: Luis García Pérez








                            



                                    I

     La ardiente zarza se fundió con la niebla
     cuando escribiste -el dolor no tiene raíces-.
     Y las aves enmudecieron.
     Y de la profundidad del pozo, de la hendidura,
     emergió el verbo:
     Lejos de sus huesos, han de enterrar cada cuerpo.


                                     II

     Las márgenes del cieno conservan su escoria.
     No soy digno de que entres en mi casa
     pero convocas pájaros migratorios.
     Ascienden los tordos entre los vapores
     que exhalan tarquines desde la víspera.

     Una palabra tuya bastará para sanarme:
     El barro nunca es la vida.

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Diálogo con José María Piñeiro

Mi reseña en MinutoCero sobre el autor del poemario Profano demiurgo. Editorial Compobell.

   Conocí a José María de la mano de José Luis Zerón hace muchos años. Su introvertido carácter se ha compensado siempre con una ilusionante y reflexiva elocución a la hora de hablar sobre arte en público y entre amigos.

   Es sobre todo esa faceta de humanista la que siempre me ha fascinado de la personalidad y de todo cuanto ha escrito José María a lo largo de su dilatada trayectoria como crítico, autor, fotógrafo y pintor. Humanista heterodoxo, ha cultivado toda clase de género y su labor como ensayista y fotógrafo artístico me siguen deslumbrando.

   Su nuevo trabajo literario, Profano Demiurgo, editado por la Cátedra Fernando de Loaces, no sólo recoge su poesía más significativa, sino también toda una poética que define el lenguaje en sí mismo como otro mundo posible dentro de la realidad, más allá de lo observable y lo vivido. Su composición nos introduce en la literatura misma como reflexión de la experiencia, como síntoma de la plenitud que encarna el hecho de vivir por el lenguaje que Piñeiro investiga desde su intrincado juego de posibilidades expresivas y desde la profundidad sensitiva que acapara y embauca.

    El prólogo de José Luis Zerón destaca la virtualidad simbólica de la escritura de José María y su apego a la escritura de los otros como forma de decir sobre el mundo, basando su experiencia poética en su arriesgada experiencia como descubridor de lo mejor de la vanguardia: “Pero es, en mi opinión, el surrealismo el que sustenta en mayor medida este libro. En él destaca la importancia del sueño. El sueño está presente en casi todos los poemas; como diría el escritor rumano Mircea Carterescu “no como una huida de la realidad, sino como una parte de la realidad misma, teorizada de forma inseparable con todo lo demás”. También es frecuente la visión del universo como un libro, como una vibrátil urdimbre de signos, muy en consonancia con surrealistas tardíos como Octavio Paz o Edmond Jabés”, escribe Zerón.

    Los referentes que evoca su poesía corresponden a un mundo de soledad, al asilo de la reflexión artística, donde la carnalidad del mundo que contempla - con esa iluminación de anacoreta- es inseparable de su voluntad creativa. El lenguaje es su entorno y todo aquello que imagina. Hace poco intercambié unos correos con el autor a propósito de una entrevista y de la reseña de Profano Demiurgo. Los siguientes fragmentos de su testimonio sobre el acto de escribir definen lo que su poemario significa para el autor como muestra de su evolución como artista y como crítico.

Para mí la escritura es un placer revelador …

Decía Barthes que la lectura es lo que nunca acaba. Por otro lado, en unos ensayos que acabo de leer recientemente de Juan Benet, este viene a decir que dar constancia de lo actual implicaría producir una escritura continua. Dos opiniones que convergen sobre dos actividades semejantes pero distintas. También es verdad que ninguno de los dos fue poeta. Y en la poesía la escritura tiene su prueba de fuego: qué se puede decir, de modo esencial e inteligible, entrañable y memorable a la vez.

Para mí la escritura es un placer revelador, una labor de desciframiento fluyente que describe estados del espíritu y mundos, a la vez que me procura con ello una conciencia de lo que me deviene, de lo que ha sucedido y de mi extrañeza y el lugar detallado que he tenido yo en tal experiencia. La escritura poética es en la que uno se implica más, en la que uno, literalmente, desnuda el alma. De ahí que broten las impotencias y el desasosiego. Pero creo que es, precisamente, en el terreno de la poesía donde tales impotencias, donde hasta el propio silencio, pueden hacer danzar sus constelaciones rotas”.

Las vanguardias son una herencia formidable …

Las vanguardias han supuesto una explosión de posibilidades expresivas en todos los ámbitos lingüísticos: literarios, fílmicos, plásticos, musicales, etcétera. En este sentido son una herencia formidable y nosotros hemos asumido unas prácticas estéticas que tienen sus orígenes en ellas, muchas veces, sin saberlo. En su momento su carácter destructivo fue creativo.

Pero también es cierto que su mensaje, con el tiempo, se ha pervertido o empobrecido. La famosa sentencia de André Breton: La belleza será convulsiva o no será, se transformó, lamentablemente, en una profecía dramática. Echémosle un vistazo a todo el siglo XX, plagado de conflictos, crisis económicas, guerras mundiales y locura a granel. Pero, a pesar de ello, pienso que cuando un artista actual hace cosas que nos irritan, incluso nos repugnan, eso que hace guarda una razón profunda que atañe directamente al ser y al devenir de la sociedad actual”.

Disponer del caudal lingüístico que está a nuestro alcance es un lujo intelectual …

Yo celebro íntimamente, hedonistamente, el gusto por el manejo de las palabras. Disponer del caudal lingüístico que está a nuestro alcance es un lujo intelectual. Y las palabras no son entes vacíos, sino vehículo de relaciones y de significados, portadoras de memoria. En este sentido son una herramienta para designar lo que escapa, lo que divisamos, lo que se transforma, la suma de nuestros sueños. Son, pues, un reflejo de esa multiplicidad fantásmática a veces, lujuriosa y fulgurante otras que es la realidad. En mi poemas, lo metaliterario no es sino la afirmación de ese instrumento que me permite ser lúcido y demostrarlo a través de unos productos llamados textos. Que el poeta hable con el lenguaje mismo no tiene porqué ser interpretado como una manía solipsista. Quizá el mundo se haya vuelto tan intratable que no le quede otro confidente más fiable sino aquel con el que intenta expresarse”.

Confieso ser un perezoso monumental …

Confieso ser un perezoso monumental. Durante años he llenado libretas enteras con poemas, esbozos de poemas o proyectos de poemarios que se han quedado todos en un informe ensayo de nada. Disfrutaba con la elaboración teórica de los poemas más que con la conclusión de los mismos. Entonces yo me soñaba el Poeta del poeta.

Pero hay estados más definidos en el proceso creativo. Sientes en tu cabeza que un material adquiere autonomía y, por puro efecto de la ley de gravedad, apenas escribes la primera palabra, surge el resto. En casos así, el poema no materializado aún, requiere métrica, pues lo que percibes antes que palabras concretas, es ritmo. En otras ocasiones, el poema viene ocasionado por sensaciones e impresiones varias: un paseo, la visión de un cuadro, el recuerdo de algo. O sea, que a veces he escrito poemas casi de la nada, y en otras, han venido motivados por una sensibilización con el entorno”.

Tanto Profano Demiurgo como El último vigía son epígrafes que hacen alusión a una misma figura …

Bueno, en parte, se debe a la génesis del libro mismo. Su estructura la ideé hacia 1988. Entonces llamé al poemario El último vigía. Tanto Profano Demiurgo como El último vigía son epígrafes que hacen alusión a una misma figura: el poeta. Pero los poemas que componían aquel primer ensayo, fueron, evidentemente, depurados, cuando no, sustituidos por otros nuevos. Creo que la simultaneidad de poemas en donde bullen las imágenes y otros más serenos o transparentes, obedece a esta convergencia de escrituras que he practicado y vivido a lo largo del tiempo. Esta luz divina que disfrutamos aquí, en el Mediterráneo, nos ofrece el don de lo apolíneo y lo harmónico, pero no nos impide ser barrocos. Échale un vistazo a un paso de Semana Santa, por ejemplo. Ambas cosas coinciden. Me sentiría satisfecho si en Profano Demiurgo he logrado algo parecido: cierta atemporalidad de la escritura que permita la convivencia sugerente de mundos dispares”.
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Eitana, de Javier Arias Artacho

Mi reseña en Historias para no dormir(se) sobre Eitana, la novela histórica de Arias Artacho.
Ediciones Martínez Roca, 2011.

Reseña | Fuente: Muñoz Grau

   Las posibilidades de adecuar un contexto histórico a un esquema narrativo se está resolviendo en nuestro país con una cantidad de publicaciones, en muchas ocasiones repetitivas, carentes de concreción antropológica, fallidas por su frivolización del relativismo y con una inflación de datos históricos que resta creatividad y oficio a la voz del narrador.

    En el caso de la novela histórica de Eitana, Arias Artacho se ciñe con inteligencia a la creación de un melodrama ambientado en una Roma en decadencia, con un personaje femenino que sufre los estragos de un destino implacable, no ajeno al que pudiera en aquel momento sufrir cualquier esclavo de origen judío.

   Si bien la novela no profundiza con suficiente madurez en la psicología de personajes secundarios que prometen más de lo que demuestran, el ritmo es ágil y dinámico, pues Arias Artacho focaliza su talento en la estructura lineal de la argumentación, sin digresiones, y con los datos históricos necesarios para que los personajes principales sean los protagonistas de la historia. Por suerte, esta novela no es el pretexto para un ensayo divulgativo y enciclopédico sobre la historia de Roma, en el que se están convirtiendo algunas tramas narrativas que quedan meramente en esbozos una vez publicadas, por presión de las editoriales, imitando erróneamente esa genuina tradición anglosajona que convierte la Historia en un género narrativo per se; recordemos adaptaciones cinematográficas como Ben-Hur o la narrativa de Graves, por ejemplo.

   Arias Artacho no peca de estos excesos históricos; asume los conocimientos sociológicos suficientes de la época para una ambientación prácticamente casual, sucinta, porque es Eitana, la judía esclava, la que se convierte en el objeto y en el sujeto de la acción principal y de todas aquellas tramas secundarias que están justificadas por la atracción psicológica de la protagonista. De hecho, el costumbrismo se desarrolla con la motivación de las inquietudes que la biografía de los personajes permite: “La domina se dejó caer sobre la muchacha y dejó reposar la cabeza sobre su pecho. Estaba bellamente peinada, con una trenza que recorría la parte superior de la cabeza, como si fuese una cresta, hasta enlazar en la nuca con un rodete. Otras mujeres a su edad preferían peluca, pero Paulina no deseaba disimular su edad” (p. 280).

   Una de las características sociológicas que la novela desarrolla valientemente es la redención de la esclava a través del cristianismo, después de perder todo y a todos, apostando por una lectura religiosa, además de la literaria, donde la fe en Yahvé es la sublimación ante el sufrimiento de la experiencia. En el otro extremo, los ídolos de barro, que han conducido a Roma a su propia destrucción. Artacho defiende esa tesis desde el inicio de la novela, así que la esclavitud de Eitana se convierte en un rito iniciático con escabrosos momentos de humillación que la protagonista supera desde el amor epifánico hacia los suyos, arraigado en una promesa de libertad que los favores que Yahvé le infunde: “Roma se desangraba con heridas negras, entre escombros y desorden. Había templos demolidos, calles acumulando añicos y enormes edificios en pie, pero con la mueca oscura del desastre. Los hombres deambulaban por las calles habilitados a aquel caos, colándose entre las sombras de la catástrofe, apurándose a sus madrigueras como si no hubiese existido ninguna otra ciudad, como si aquel Averno les hubiese pertenecido siempre” (p. 290).

   Este dualismo del bien y del mal tan significativo en la novela es el que devalúa la calidad psicológica de los personajes, pero que es tan necesario en un melodrama, y aquí el género está bien pergeñado para el entretenimiento, acercando esta novela a la tradición de la aventura con un final moralizante en el que el cristianismo sobrevive siempre frente a una adversidad traumática y sin escrúpulos: “Todavía tengo sus gritos perforándome las orejas, mientras yo lloraba arrodillada en la cocina y él me amenazaba con seguir su castigo conmigo. Dos surcos de lágrimas comenzaron a rayar el semblante de la amanuense judía” (p. 216).

   Las descripciones y el detallismo de espacios, prendas y atmósferas se compensan con el de la gestualidad que opera en esa tensión dramática según va evolucionando la historia y que caracteriza tanto al género del melodrama.
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domingo, 1 de diciembre de 2013

Alarma en las redes sociales

Mi artículo en Mundiario sobre entrevistas a asesinos en televisión. Gracias.

Television
Artículo | Fuente: Mundiario

    La alarma en las redes sociales por la posible entrevista en televisión al culpable de un triple asesinato cunde, según pasan las horas, después de conocer algunas filtraciones en radio y en prensa. Como decía evangélicamente mi profesor de Gramática Histórica, don José Perona, para justificar la verosimilitud de la ciencia ficción, "todo está escrito". Hace mucho que las metáforas de Huxley, Bradbury o del propio Lumet, al dirigir aquella reveladora película "Network", dejaron de serlo.

   Que directivos endeudados decidan entrevistar a implicados en delitos de sangre, a sus familiares o a imputados políticos forma parte ya de la recurrente programación. Lo que manifiesto es que todo forma parte de un desquiciamiento patológico, no de una búsqueda de audiencias históricas.

    La complicidad política tiene estos contagios. La falta de voces críticas y alternativas ante la política de los dos últimos gobiernos de este país es un ejemplo significativo del comadreo que Gobierno y oposición tienen con los medios televisivos y de prensa escrita. No se explica de otra manera la proliferación de blogs y periódicos digitales con mayor independencia en sus apuestas y argumentos.

   La entrevista a un asesino en televisión puede ser otra forma de inmunizarnos, quizá la definitiva, contra el dolor, contra la protesta y contra cualquier voluntad de inconformismo. Más de uno se estará frotando las manos.
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La presencia fantástica en Eliade:

Hermenéutica de lo irracional en el folclore


Artículo publicado por la Revista de Antropología Experimental de la Universidad de Jaén.

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La ternura del dragón, de Ignacio M. de Pisón

Mi reseña en Historias para no dormir sobre La ternura del dragón, Ignacio Martínez de Pisón.
Barcelona, Seix Barral, 2011 (1ªedición 1985).

Reseña | Fuente: Muñoz Grau

    No podía ser de otra forma. Martínez de Pisón lo sabe como el propio Julio Cortázar en aquella casa tomada. El frecuente trasiego en las habitaciones -como espacio y tiempo literarios- define un ejercicio de introspección sobre quiénes nos precedieron, sobre el lastre de sus obsesiones y manías que se quedan en la memoria, sobre aquello que, como una alucinación inmóvil, permanece pese a la dicha de la infancia.

    La casa deja de ser una realidad fiable para convertirse en ese laberinto de espejos que se reflejan sucesivamente multiplicando personalidades y objetos.

Entrar en casa de sus abuelos fue para Miguel lo mismo que entrar en una novela, porque sólo en una novela era imaginable encontrar aquel mundo magnífico, fascinante como un reino de leyenda. La oscuridad antigua y enigmática de la antesala aparecía atravesada por un haz soberbio de luz limpia en el que el aire flotaba majestuoso y casi visible” (pág. 7).

    En La ternura del dragón, la niñez debería ser ese espacio perdido de la memoria, que a su vez se pierde en los confines ilimitados de un espacio concreto, en los rasgos de un rostro de tiza, en un objeto que permanece con nosotros pese a los años; pero, en el caso de Miguel, toda su imaginación remite a una casa antigua, a unos cuartos de techos altos, a una Zona Prohibida, inexpugnable y sin posibilidades de conquista, que acaba siendo un fraude cuando la presencia de los adultos irrumpe en ese escenario invocado.

   Así que cualquier esclarecimiento de lo que fuimos durante la infancia debe asumir el falseamiento del recuerdo y, por qué no, de la escritura. El pequeño enfermo que reside en la casa no es aquel que, en el presente, tiene voluntad de celebrar con alegría las hazañas engrandecidas de su niñez, sino más bien la necesidad de revelar, desde la incertidumbre, el apasionamiento hacia lo desconocido del mundo de los adultos que se mueven por los pasillos, derrotados, el recelo de los inquisidores que regían la política y la sociedad en los tiempos recios de la posguerra, la invisibilidad de una madre desplazada del propio cuarto que el niño habita, hastiado, y donde fluye toda una imaginación que, perversamente, la realidad va desechando lentamente.

Permanecieron casi un cuarto de hora explicándole que eran muy felices y que se iban a vivir a Tenerife, (…). Todo el tiempo fingieron creer que él les contestaba, interpretaban cada uno de sus suspiros o de sus más leves movimientos de cabeza como un comentario o una respuesta” (p. 113).

    Así que la infancia de Miguel en la casa de sus abuelos es un territorio simbólico que, al igual que en una novela, hay que escrutar y reinventar. La ternura del dragón advierte que ese terreno no está exento de las realidades monótonas, sinceras y útiles que los ancianos y otros sobrios familiares representan, rompiendo el encantamiento de su principito.

   La novela de Martínez de Pisón guarda el regusto de la ambigüedad, la simbología de esos recodos que el lector debe descubrir con ayuda de los personajes, pues, al hilo argumental, se superponen hechos inacabados, objetos simbólicos, apariencias, porque el niño Miguel, como ese narrador incansable, se resiste a dejar de fingir aun cuando el mundo de los vivos intente impedirlo.

Cerró los ojos, unió los labios en un gesto ambiguo. Una breve brisa agitó los visillos con sonido de páginas inquietas” (pág. 134).
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Ciencia Ficción. La creatividad de un artista

Cortometraje de Pablo Riquelme


Mi reseña en Historias para no dormir(se) sobre el cortometraje Ciencia Ficción, del joven director oriolano Pablo Riquelme.

Reseña | Fuente: Muñoz Grau

    No son los inicios de Pablo Riquelme, porque este joven director oriolano ya tuvo sus titubeos, algunos acertados, otros fallidos, con cortos y un largo, La Armengola, donde mostró más intención que oficio. Pero es seguramente con este nuevo cortometraje donde se exhibe ya una tendencia estética, una apetencia por el género de lo ficticio, concretamente, por una reflexión sobre la creación de lo imaginario dentro del propio cine, pues hay una mayor madurez en esa compleja conciliación de forma y contenido, aunque aún con carencias. Pero Pablo es muy joven, progresa rápido y se está entregando al cine desde la idea, desde el marketing y la producción. Un ejemplo de talento en ciernes y de valiente emprendedor.

   La cinta de Riquelme es relevante por su planteamiento argumentativo, pues reproduce la crisis de creación y de identidad, consecuentemente, de un guionista obsesionado con los mundos alternativos de criaturas fantásticas e indómitas. Esa referencia metacomunicativa como tributo al cine no es novedosa, pero salvable, en el caso de Ciencia Ficción, por un notable Darío Pascual que se amolda perfectamente a las motivaciones del director, por la participación de un gran Manolo Ferri en el stop motion y por esa caterva de monstruos malintencionados, de cartón piedra, que representan simbólicamente la perversión y la imaginación delirante de un guionista que ama un género al que no está dispuesto a renunciar.

  La espontaneidad de la planificación es eficiente, en ocasiones previsible, pero se ajusta perfectamente a la progresión de la narración, a diferencia del uso gratuito, en alguna secuencia, de la sugerente música de Francisco Mora. Destacaría de forma positiva la ocurrencia irónica de las digresiones en este breve corto; metáforas correctas del febril proceso de creación de este guionista, con una comicidad nada burda y muy bien traída.

    Pablo Riquelme demuestra manejo, oficio, técnica con intención depurada, orden y escuela, pero, esa ortodoxia también se vuelve en contra cuando la ambientación de los encuadres está saturada de referencias cinematográficas a películas de ciencia ficción, que parecen gustar más al director que al protagonista, de una escasa verbalización en personalidades demasiado caricaturizadas y con poca maldad psicológica. Quizá el desenlace de la historia necesitaba más tiempo y una mayor eficacia en la sorpresa para expresar el ensimismamiento del guionista por los monstruos que aloja en su mente.

    No es poco, sin embargo, lo que ha emprendido Pablo Riquelme. Ha logrado dirigir, planificar y mostrar la inquietud creativa por la que pasa un guionista vocacional que se enfrenta a las directrices del mercado. La dirección de los actores es impecable y algunos encuadres, como el suspense sostenido, merecen un film más que un corto. La ambición por los efectos, por la selección de planos así como el desarrollo de esa inquietante obsesión creativa deduce rigor y madurez en la apuesta.

   La devoción por la ciencia-ficción, por el cine de Carpenter, de Spielberg, de Ivan Reitman (recuerdo ahora Evolution), entre otros, rezuma en la concepción de la obra y eso, creedme, no es malo; al contrario, Pablo Riquelme apuesta por el género, comenta el género y parodia el género en unos tiempos donde necesitamos reírnos con el horror y la viscosidad de aquellos filmes de los ochenta que tanto nos han entretenido.

  Celebro que un joven director comience a hacer cine de una eficaz calidad técnica, con proyección nacional, pero al que le falta, quizá, una revisión a ese cine clásico, a esos guiones americanos de los cuarenta, donde se decía todo sin mostrar nada. Mayor necesidad de literatura, una carencia de esta nueva generación de directores (y no lo digo yo solamente). Me quedo con lo bueno de la cinta, con ese debate de la búsqueda de la creatividad, al que Pablo ha confiado su talento, entre perturbador y sarcástico.

Enhorabuena y esto promete.
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Los libros mojados, de Murgui Muñoz

Mi reseña en Milinviernos sobre Los libros mojados, de Antonio Murgui Muñoz.
Germanía Ediciones, Alzira, 2012.

Reseña | Fuente: Milinviernos

    La tradición narrativa de nuestro país, a partir de la posguerra, se ha caracterizado por una literatura, con un marcado estilo sobrio y realista, abandonando el ideario modernista y neorromántico, utilizando el recuerdo como una forma de denuncia de unos tiempos deprimidos y estigmatizados por el régimen franquista.

   Los libros mojados, de Murgui Muñoz, revela, a través de la dolida introspección del personaje de César Frías, la infancia y la madurez de diversas generaciones que sobreviven bajo el auspicio del instinto, enfrentándose, con mejor o peor fortuna a las adversidades que acontecen en sus recias y sombrías vidas: “La humilde casa familiar ha cambiado mucho desde que fuera adquirida por el padre de César con un extraordinario esfuerzo económico a mediados de los años sesenta. (…) Desde allí Cesáreo Frías Montero enviaba vistosas postales a su joven esposa y a su todavía desconocido, pero siempre evocado en las mismas, hijito; (…) Labrado con enorme esfuerzo por unas encallecidas manos analfabetas, aunque extraordinariamente hábiles y eficaces para otro tipo de trabajos, duros y extenuantes, a los que nunca hizo ascos, (…)” (págs, 20-21).

    La muerte de la madre de César Frías es el aciago acontecimiento con el que las existencias fantasmales e insignificantes de todo un clan cobran relevancia y adquieren su impronta de historia significativa en el curso de tiempo. La literatura de Murgui denota esa silenciosa visibilidad de que las familias, las anónimas familias de clase obrera de los años más duros del franquismo, son las que han logrado el cambio social y político entre diferentes generaciones: “(El tío Roberto) Nunca leyó una sola línea sobre conceptos como lucha de clases, el esclavismo o el servilismo, pero su providencial intuición no necesitaba del rimbombante plumaje de la palabra o de la letra escrita. Su propia intuición y prodigioso sentido de la anticipación, le dictaban cómo actuar de forma más razonable en cada momento” (pag. 94).

   Por su sobriedad y realismo, la dura reflexión que, sobre la enfermedad de su padre, César masculla en su interior redunda en ese carácter simbólico de acabamiento cauteloso en que los hijos contemplan la muerte de sus progenitores. Con impotencia y resignación, aceptan la sucesión de los roles, la pérdida del padre, de la madre, que rinden cuentas por fin a una muerte, siempre prematura, silenciosa y sin homenajes.

    Por esta razón, la novela destaca por sus reminiscencias al estilo de Delibes o Aldecoa, con una sobriedad de estilo que no anula la emotividad y la sinceridad que otorga la posibilidad de mundo imaginado por Murgui, sin demorarse en heroicidades ni idealismos a la hora de configurar a sus personajes. Su carnalidad empatiza enseguida con el entorno social que los lectores reconocen en sus propias familias, en el relato truncado y severo de biografías que nuestra memoria rastrea de vez en cuando, destacando los fracasos antes que la dicha: “Como raro espécimen, considerabas la estrella de tu colección una moneda de cien pesetas con la cara de Franco en aleación de plata y níquel, cuyo valor real, según tu padre, era superior al que alcanzaba en el mercado. El ritual terminaba una vez efectuado el recuento. Entonces, en un acto de catarsis, derrumbabas los pequeños montoncitos y mezclabas con las manos la chatarra, solazándote durante un tiempo con el estrépito metálico que producían las monedas al fondo de tus manos entreabiertas” (pág. 165).

  Destacable es la parte del relato que el autor ocupa en la escuela de su adolescencia, estigmatizando la falta de creatividad y la mecánica nada estimulante de aprendizajes punitivos por una pedagogía que pesaba sobre los alumnos con el fetichismo de la amenaza y de la superstición: “El entarimado suponía una ventaja para las proezas de la vista en las clases de Francés. A nadie le molestaba tener a la altura de la vista los torneados muslos de la Marisa. Sin embargo, era cosa sabida que aquel armatoste no estaba ideado para ese loable fin sino para endiosar todavía más, la figura de los profesores. Desde aquella especie de catafalco, añadían a su indiscutible soberanía moral, una superioridad física que a algunos le venía como anillo al dedo, especialmente a Mediometro, un falangista recalcitrante que se limitaba a subrayar el libro (…)” (pag. 71).

    La aspereza y la decadente descripción de los espacios reflejan que la creatividad de este autor tiene una motivación, difusa, pero visible en su traumática percepción de la rutina en la que se sumerge la familia. La novela de Murgui se atiene a una doble vertiente emocional; por un lado, aduce el desapego hacia una realidad social que considera propia de vencidos, añosa, lejos del esplendor y de la fortuna, pero, por otro lado, revela la necesidad irrenunciable de rendir un tributo a los ausentes como reconciliación del propio autor consigo mismo: “He percibido, casi con arrobo, un destello de amargura en tus palabras, que sin duda corresponden a una explosión de la rabia, la frustración y la incomunicación contenidas durante años. Pero no te reprocho nada” (pág. 198).
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Sobre El apartamento, de Billy Wilder, y un espejo roto

Reseña de José Antonio Cayuelas Grau y mía, en Historias para no dormir(se).

- “Yo vivía como Robinson Crusoe, era un naufrago entre ocho millones de personas hasta que un día vi pisadas en la arena y la encontré a usted.” Jack Lemmon a Shirley MacLaine en “El apartamento”.

    Creemos que al mirarnos en un espejo plano nos vemos cómo somos, pero no es así. Los libros de ciencia nos hablan, para referirse a la imagen de un espejo, de la imagen especular, una imagen simétrica a la de la persona que se refleja en ella, donde la mano derecha que vemos es nuestra mano izquierda. Lo diestro y lo siniestro se confunden, al igual que lo cómico y lo trágico.

    De igual modo hace Billy Wilder con su película “El apartamento”. En ese espejo roto se nos muestra a “la víctima y al aprovechado” y se pasa de un hombre corriente, insignificante en la multitud, a un “mensch”, o lo que es lo mismo, un ser humano.

“- La amo, señorita Kubelik.

- Cállate y juega.”

    Pero el amor redime al hombre. El personaje de Lemmon es una mota de polvo servil que, a la vez que escala profesionalmente, desciende en su moral, pero ahí está la angelical MacLaine que se encarga de dar luz a la vida de Lemmon. Precisamente, el papel de Shirley MacLaine es el de una ascensorista, sube y baja entre las laboriosas abejas obreras, ensimismadas en su trabajo, y la abeja reina, depravada en su conducta, un magistral Fred Mac Murray muy alejado de sus composiciones para multitud de comedias familiares. Wilder y su colaborador en el guión I. A. L. Diamond no dan punzada sin hilo.

    La dualidad de acción también se manifiesta en la dualidad de escenarios. La Nueva York que todo lo engulle se refleja en esa monumental oficina del piso 19 donde los empleados son un objeto más tras la máquina de escribir y teléfono en contraposición a ese reducido apartamento atiborrado de elementos para deleite de sus usuarios y remanso de soledad de su dueño.

    Y todo ello transcurre en Navidad, donde, de nuevo, la alegría se confunde con la tristeza.

   En palabras de Fernando Trueba: “El apartamento habla de seres anónimos, de gente corriente, pero sin ninguna ostentación sicológica. Habla de las dificultades de la vida, de la imposible felicidad, de cómo deseamos lo que nos hace daño, de la rapacidad del sistema, de seres a la intemperie en noches frías, de soledades compartidas, de la guerra de los poderosos contra los humildes, de la humillación cotidiana. Como la vida, hace reír y llorar.” Es el espejo roto que nos muestra la dualidad que somos y vivimos; y acabando con las palabras del reconocido admirador de Billy Wilder: “saca lo mejor de nosotros mismos, nos hace mejores. ¿Se le puede pedir algo más al arte?”
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